A  CRUZATIERRAS

Eugenio López García © agosto 2012

Y se sienta al final de la barra,

al final de la vida, al final del amor.

Roja e hinchada como una herida infectada,

las patas colgando, la barriga abultada,

los pechos caídos como matas resecas.

Ya no es hermosa, un tenue brillo en el pelo

delata el rastro de una antigua belleza.

Largos tragos de veneno,

sola, muy seria,

mientras, tras la ventana, el sol calcina las piedras,

y un camarero con gafas

barre el detritus del suelo.

HABÍA una muchacha sentada en el bordillo de una acera,

a la sombra de un arbolillo zarandeado

por las calientes bocanadas de un viento seco.

Morena, guapa, de aspecto limpio y perfumado

como una flor al amanecer.

Podría haberse tratado de una joven madre

esperando a las puertas del colegio,

de una maestra de infantil,

o de una secretaria esperando el autobús.

Pero era sólo una puta del polígono.

Cerca de ella los barrenderos barrían

los desechos de la fábrica de papel,

y a lo lejos el campo ardía convertido en un erial.

Miré a mi alrededor, y no hallé cosa en que poner los ojos

que no fuese recuerdo de la muerte.

UN DISPARO EN LA OSCURIDAD

El mendigo entró a los baños públicos. El mendigo se llamaba don Hilarión Régules Viguri. Vestía un traje gris marengo raído y una corbata deshilachada con unos elefantes azules con la trompa para arriba. Se acercó al mostrador donde una belleza morena y blanca estaba leyendo una novelita de amor titulada “La prometida perfecta”.

- Buenos días, preciosa-.

- Buenos días, don Hilarión-.

- Oye Conchita-.

- Qué-.

- Mis efectos personales, por favor-.

La chica le sonrío por encima de las gafas y de debajo del mostrador sacó una bolsa de basura que contenía una toalla, unas chanclas, un frasquito de champú y una pastillita de jabón. Como el mendigo no tenía casa, la muchacha le hacía el favor de guardarle sus pocas pertenencias, deferencia que no tenía con ningún otro vagabundo.

- Gracias guapísima-.

- De nada, don Hilarión-.

Después de una cena caliente en el albergue de la beneficencia, el mendigo bajó silbando por el paseo marítimo hacia la playa de la Caleta. El sol ya se había puesto en el horizonte, y bajo el último rubor del día una pareja hacía el amor en la arena. El mendigo se quedó mirando el voluptuoso cuerpo de la muchacha, que estaba a horcajadas sobre su amante con el pelo sobre la cara, y un gran culo y unas turgentes tetas agitándose frente al mar con todo el fuego de la juventud.

El mendigo pensó que la vida se abre paso incluso entre las grietas de las tumbas.

La vida de don Hilarión no había sido fácil. Tuvo una inmobiliaria que quebró, a la inmobiliaria siguió inexorablemente su matrimonio, porque la pobreza es una riada de fango que lo arrastra todo a su paso. Una hija con anorexia y brotes sicóticos que posiblemente ya estuviera muerta, a la que nunca supo demostrarle su amor. Un cáncer de colon que había abandonado al destino y que acabaría matándolo pronto. Llevaba mucho tiempo sin defecar, su barriga parecía el vientre de un perro muerto en una cuneta, a veces le daban mareos y desmayos, como toques de corneta de la muerte en el patio de armas de su paupérrima existencia. A sus cincuenta y dos años, don Hilarión era ya un muerto viviente, quizás como todo ser vivo en última instancia.

El chico que hacía el amor con la chica le guiñó un ojo cuando pasó junto a ellos. La chica, con un desmayado jadeo, escondió la cara ruborizada tras sus largos cabellos. El mendigo le hizo al chico un gesto de aprobación con el dedo pulgar hacia arriba.

El mendigo se acercó silbando a un grupo de vagabundos que fumaban porros y cantaban flamenco bajo la luna que asomaba ya su pálido rostro sobre el horizonte. Un merchero con un ojo desertor le pasó la pava a don Hilarión cuando éste llegó a su altura. Don Hilarión, sonriendo, negó con la cabeza. El merchero rió con sus dientes podridos.

- A ver, donde está mi colchón- Inquirió don Hilarión dirigiéndose al grupo de vagos.

- A mí no me mires- Dijo un drag queen muy alto y delgado, con la cara llena de granos, natural de Tribaldos y al que llamaban el francés, que antes de drag queen había sido guardia civil de tráfico.

- Creo que lo tiene el madriles- Reveló un camarero en paro natural de Alicante, que se llamaba Toribio Cebolla, con los ojos hueros y la piel renegrida, que ahora se dedicaba a la chatarra.

Don Hilarión recorrió la fila de vagabundos que se extendía a lo lejos por la playa como una comuna de focas esperando a ser masacradas.

- Madriles, mi colchón-.

- Se lo he guardao yo, don Hilarión, picha, querían robárselo aquellos negros de allí- Dijo incorporándose un poco un gitano con más cicatrices que el corazón de una madre, que llegó a Cádiz huyendo de Madrid, donde estaba en busca y captura por haberle pegado una patada en el coño a una negra que lo denunció por robarle en su piso de Humanes. El madriles se ganaba la vida vendiendo mecheros por  bares y  pequeños comercios. Cada vez se vendían menos. Los mecheros habían dejado de tener valor, de ser un objeto personal de distinción para convertirse en un artículo más de usar y tirar, como casi todo en la vida moderna, como el amor, la amistad, el trabajo, el arte, el sexo, en fin, todo, ya los regalaban hasta en los estancos.

El colchón lo formaban dos cartones atados con hilo pita. Don Hilarión cogió sus cartones y los extendió junto al madriles. A continuación fue en busca de su manta, que había enterrado en un lugar determinado de la playa. La desenterró, la sacó de la bolsa y la sacudió para limpiarle la arena.

Don Hilarión se tumbó mirando las estrellas.

- Don Hilarión, picha,- le dijo el madriles (el madriles le hablaba siempre con una mezcla de respeto y de complicidad de colega)- si usté quiere el domingo pillamos unas cañitas y nos vamos a pescar a un río que conozco donde hay unos lucios así de grandes, pasaremos el día de puta madre, relajaos, unos porritos, unas risas, unos cantes, luego encargamos una paella y a las dos nos vamos a comer al bar, y luego, cuando refresque, al caer la tarde, nos volvemos pa’ casa-.

A don Hilarión le gustó la idea. Pensando en cosas agradables, como el café con churros que le esperaba al día siguiente en el albergue para desayunar, se subió las gafas rotas con el dedo corazón de la mano derecha.

Al madriles le gustaba aquella gente de la Caleta. Eran sanos, positivos, sin malos rollos, nada que ver con la gentuza psicópata de de su barrio. Aquí se sentía uno como en familia. Miró al mar, y decidió darse un baño antes de dormir.

Don Hilarión, por su parte, con los ojos cerrados,  estaba pensando en la ardiente muchacha de la playa.

Ocurrió sobre las tres o las cuatro de la madrugada, cuando ya todos dormían apretujados como garrapatas. Así, de repente, de forma inesperada, como suceden siempre esas cosas.

- ¡Alto! ¡alto!- Gritó el policía de paisano, persiguiendo a un gallumbero que había sido interceptado cruzando el estrecho con un alijo de hachís. El policía llevaba la pistola en la mano. Al llegar corriendo a la altura de los vagabundos, tropezó con el cuerpo del madriles y al caer se le escapó un tiro. Don Hilarión pudo ver el fogonazo, como una efímera constelación formándose en la oscuridad del Universo. Después, la nada.

¡AH!, ¿pero eres tú?

¿Qué masacre ha cometido con tu belleza el tiempo?

¿Dónde están tus largas trenzas, tus anchas caderas,

tus pechos redondos, tus labios de fresa, tus ojos de fuego?

Te vi entrar por la puerta del restaurante

con ese pelo hirsuto como un rastrojo seco,

con esa piel arrugada como un papel en el fuego,

con esos ojos ajados tras esas gafas de aumento,

y pensé por un momento que eras una vieja más

de esas que vienen a esperar sentadas

la sagrada hora del bingo.

Mientras la tarde se va apagando

por la cara oculta de los rascacielos,

y el mundo sigue girando con su vertiginoso ritmo,

ya sin tus dulces y desmayados pálpitos,

ya sin mis febriles y violentos deseos.

QUIZÁS sea por haber estudiado la vida en la escuela de Parménides,

donde el sol permanece anclado en un eterno mediodía,

y la belleza clavada con alfileres sobre cartulinas negras.

Irrumpen de repente por la puerta de mi celda

los voluptuosos torrentes de tu juventud,

y siento que me ahogo en la cálida corriente de tu carne.

Ofende tu sensual dulzura a mi severidad metafísica,

a mi lujuria de monje, a mi oscuridad de necrófilo.

Y salta entre mis dedos tu luminosa corriente, desnuda y seductora,

sin dejarse atrapar nunca por mis dogmas polvorientos.

Presiento que estás tan lejos de mí como la vida de los libros,

que todavía esperas ese beso por sorpresa en un portal,

que apenas te rozan las flechas de papel que te escribo.

Me ves enterrado hasta las cejas en mi escolástico pesimismo,

desde tu altura de pájaro, en la cumbre del futuro,

polinizando el aire con el aliento de tu piel.

Y entonces comprendo que,

por mucho que corra por laberintos matemáticos,

jamás podrá Aquiles dar alcance al amor.

SI NO TE MATA EL WHISKY LO HARÁN LAS MUJERES

El fan tomó el disco entre las manos, con delicadeza y devoción, como si fuera una hostia consagrada.

- ¡Por fin lo hemos conseguido!, nos ha costado ¿eh?-.

- Si, varios meses, es que estaba descatalogado- Se justificó la dependienta de la tienda de discos, con una dulce sonrisa en sus labios carnosos.

- Parece mentira que no haya forma de encontrar un disco del que fue el cantaor más grande de todos los tiempos, qué pena que nos dejara tan pronto.-

- ¿Murió joven?-.

- ¿Eh?-.

- Que si murió joven-.

- ¿Quién?-.

- El hombre ese del disco-.

- Ah, a los sesenta y dos años- respondió el fan mirando el canalillo de la voluptuosa dependienta- fíjate tú si era joven, y es que los excesos de la juventud al final pasan factura, le gustaba mucho el whisky y las mujeres, fíjate tú que mezcla más explosiva, y encima fumaba como un carretero, y claro, las giras, las juergas, las mujeres, las noches, porque si a él le gustaban las mujeres, ellas a él lo adoraban, se enamoraban de él como monas en celo, y eso que parecía poca cosa, tan frágil y delicao como era que parecía un junquillo, y vete tú a saber qué más cosas se metería pa el cuerpo el nota que en gloria esté, porque eso de la fama es el mayor vicio que existe, era un mujeriego empedernido, pasaba hasta de los hijos, dicen que un padre busca siempre la escalera más alta para traerle la luna a los hijos, pero él las únicas escaleras que buscaba eran las de las alcobas, hasta que se lo comió la tierra, que parece que siempre está hambrienta de los mejores, pero a ver, siempre fumando, siempre bebiendo whisky, siempre chingando, ahora, que a ver quién aguantaba la voz cuarenta segundos seguidos pasando de los agudos a los graves sin inmutarse, a ver quién es el guapo que hace eso, dice mi amigo Filemón Caparranas Farina lo hace, digo Farina lo hace, so tonto, eso no lo hace ni tu puta madre con una polla en la boca-.

(Se veía que al fan le faltaba un punto de inteligencia. Tenía una protuberancia en la parte posterior de la cabeza, entre la calva y la nuca, se trataba un tumor benigno, pero con muy mala leche, que le comprimía el cerebro. A veces le daban ataques epilépticos, otras veces se quedaba dormido de pie con los ojos abiertos como las liebres, otras veces perdía la ilación del lenguaje, fo fo fo so so so- intentaba decir folios-, none ta mi tata- preguntaba por su taza del real Madrid donde tomaba su leche con galletas. Llevaba puesta siempre una camiseta del Real Madrid con unas manchas de aceite de mejillones sobre la pechera. Se llamaba Luisto  Minguilla, y era muy conocido en el barrio, ayudaba al quiosquero a colocar los periódicos y recogía el cartón de los comercios. Sus padres tenían un estanco y una concesión de loterías)

La guapa dependienta le preguntó por cortesía:

- ¿Y de qué murió?-.

- ¿Eh?-.

- Que de qué murió-.

- Quién-.

- El hombre ese del disco-.

- Que ¿de qué murió?, de una deficiencia respiratoria, tenía los pulmones deshechos con tanto tabaco, con tanto whisky y con tantos excesos con la voz, y como dice el grupo ese de rock que sale tanto por la tele si no te mata el whisky lo harán las mujeres, ahora estará allí arriba cantando con los ángeles, y seguro que ninguno canta como él, aunque a lo mejor está aquí abajo (y señaló el suelo de plaqueta gris con sus renegridos dedos índices), porque con lo que le gustaban las mujeres al jodío seguro que prefiere estar en el infierno, je je je je je je, fue una pena que muriera tan joven, pero así es la vida, un freixiené, una ilusión, como decía el poeta aquel, era un genio, no le des más vueltas, aunque su música ahora ya no esté de moda, ahora se lleva la música chunda chunda de esa que ponen en los coches de choque y que los críos se bajan de internet, ya no hay finura en nada, ni en el cante, ni en el fútbol, ni en los toros, en nada, mira Juanito, el genio de Fuengirola, dime tú si hay un futbolista como él hoy en día, ninguno tiene las pelotas que él tenía, y con la música pasa igual, ya no queda talento ni compromiso, pero bueno, mientras haya alguien que recuerde a aquellos genios, es como si no hubieran muerto del todo-

- Sí, eso sí es verdad, Luisito- Asintió la joven dependienta con su voz de miel.

- Pues claro que es verdad, dice mi amigo Filemón Caparranas que no era para tanto, que cualquier cantante de ópera tiene más variedad de tonos, que su música era un poco frívola, sobre todo cuando se puso a hacer películas comerciales para el régimen, digo frívola, cacho alcornoque, tu puta madre sí que es frívola y tiene más variedad de ladillas en el chocho, cacho merluzo, tú qué sabrás de música, si tú sólo sabes recoger las berzas podridas que tira la gorda de la frutería, anda, anda, tira pallá, cacho tonto, que al final te voy a dar dos hostias, ni cantantes de ópera ni flamencos puros ni pollas en vinagre, como él no ha habido otro ni nunca lo habrá, su música siempre estará viva aunque él haya muerto, qué sabrás tú de música si eres medio ciego y medio sordo, pedazo mendrugo, analfabeto, que te voy a pegar una patá en el culo como sigas diciendo tonterías…, bueno, Patri, bonita, muchas gracias por haberme conseguido el disco, digo yo voy donde mi amiga Patri que me consigue todo lo que le pido, yo no voy al fnac ni a esos sitios tan fríos y tan impersonales, bueno, ahora voy a encerrarme en mi habitación para escuchar mi disco cien veces seguidas, no ha habido otro como él en el mundo ni lo habrá nunca, ¿qué otra cosa mejor puedo hacer con mi tiempo?-.

- Pues nada, Luisito-  Convino la dependienta, mirándolo como quien mira a un insecto dentro de un frasco.

- Pos eso, Patri, bonita, ale, me voy con mi música a otra parte- concluyó dirigiéndose hacia la puerta con sus andares de bobo- y que les den por donde amargan los pepinos a tos los tontos del pijo que prefieren a Juanito Valderrama, he dicho y amén, ale, je je je je je je -.

Epitafio: Hice lo que pude.

Fotografía contraportada: “Cerrojazo a la esperanza” de Fernando Nieto.

Estoy solo y no tengo miedo.

YA apenas nos conocemos.

Me fatigo como si subiera una cuesta

cada vez que tengo que decirle algo.

Circulamos en sentido contrario

por una carretera que no va a ninguna parte.

Cada día hay menos de mí en ella,

cada día queda menos de ella en mí.

El amor es ahora un viejo con alzheimer

abandonado en los oscuros pasillos de un geriátrico.

Pero así es la vida.

Un ramo de flores secas en un jarrón.

Un corto viaje desde la inocencia hasta el desengaño,

pasando por el miedo, la culpa y el error.

EPITAFIO A UNA VIEJA ENVIDIOSA

Aquí yace la envidia cochina.

Tenía mal aliento,

el cuerpo de morcilla,

emponzoñada la sangre

y el alma seca y carcomida.

Hablar mal del vecino,

reír con la telemierda,

levantar falso testimonio

y enfermar con la dicha ajena,

consumieron su hedionda vida

y las tres cuartas partes

de su miserable hacienda.

Ahora se respira un aire más limpio,

sin sus fétidos resuellos,

sus obtusos rebuznos

y sus avinagradas muecas.

Una boñiga de perro en mitad de una acera,

fue el blasonado estandarte

de su estéril y nociva existencia.

SE dio la vuelta y me miró como si se despidiera

de la tumba de un ser querido.

La vida la llamaba con toda la fuerza de sus soles y de su savia.

¿En qué nuevo corazón prodigaría en adelante

su dulce abundancia de luz y belleza?

Poco a poco se había ido alejando de mí,

por más que yo, buscando ciego su alma,

devorara su carne a mordiscos desesperados.

Vagando ahora entre el gris monóxido de las horas muertas,

me pregunto si existieron

aquellas triunfales auroras del pasado.

VIEJA CON PLUMAS

Era una tarde ventosa de primeros de junio.

La vieja subió el camino de grava en pos del hotel

donde se celebraba la boda.

Llevaba un vestido de flores, las piernas arqueadas

como dos ramas torcidas

y unas plumas en el cogote que se agitaban con el viento.

La vieja no veía bien tras sus gafas de aumento

y en una bifurcación del alcorce se puso a dudar.

Una paloma voló sobre su cabeza de momia,

y la vieja recordó aquellos tiempos

en los que las pasiones teñían de rojo las páginas de la juventud.

Finalmente siguió su camino,

un poco encorvada, el bolso de plástico,

una verruga en el belfo,

la piel arrugada como un pergamino.

A lo lejos se acercaba la noche

sobre las cenicientas colinas de los cigarrales

y el calor levantaba tolvaneras

que no iban a ninguna parte.

SIGUE siendo hermosa,

por más que la tralla del tiempo

haya ido agostando su verdor

y las tragedias de la vida

macerando la carne firme de su alma.

Sus ojos son ahora dos llamas

que se apagan en el ocaso,

y sus labios enervados

apenas contienen ya besos.

Pero sigue siendo muy hermosa,

yo qué sé, será por esas cosas

de los bellos sentimientos.

LA llamaban la Mocha.

Era guapa, limpia, con cara inocente.

Pero, por esas esotéricas conjunciones de los planetas,

había quedado para enderezar plátanos en el parque

a cinco duros la paja.

Llegó al pueblo un forastero que la llamó por su nombre:

Aurora, ¡vaya, pero si Aurora soy yo!, se sintió casi humana.

Se marchó con él y volvía para las fiestas

con sus grandes ojos, su pelo largo y sus botas altas.

Después, ya no se supo nada de ella,

tal vez fuera feliz, seguramente desgraciada,

dicen que el río de la vida

tiene en su curso pocos remansos

y excesivas cascadas.

ESPEJISMOS

-¡Aquí! ¡aquí!, ¡estoy aquí!-.

La mujeruca cruzó la plaza desierta con sus chirriantes ortopedias. Al arrastrar los pies levantaba nubecillas de polvo del suelo de arena y cantos, inmundo de papeles rotos y colillas pisoteadas. Serían las cinco de la tarde de un caluroso día de verano. El sol quemaba los respaldos de hierro oxidado de los derrengados bancos y confería a la plaza una claridad angustiosa, como la de una enorme sala de autopsias. Los altos edificios abandonados, negros de hollín y miseria, no proyectaban sombra. Los cristales de las ventanas rotos, las fachadas sucias de grafitis dementes e ilegibles.

-¡Aquí! ¡estoy aquí!-.

La mujeruca era rubia de bote, tenía de treinta a treinta y cinco años. La expresión vencida, de cadáver abandonado en la cuneta. Sólo se escuchaban sus gritos y el chirriar de sus piernas ortopédicas. El cuerpo de la mujeruca era retaco, parecía un rompecabezas incorrectamente acoplado. Resoplaba por el calor y el esfuerzo, y al respirar se le llenaban los pulmones de nausea.

La mujeruca era un ser pequeño, insignificante en medio de aquel desierto de fuego y soledad. Recordaba a una de aquellas viñetas existencialistas que aparecían antiguamente en los periódicos.

-¡Aquí! ¡aquí! ¡estoy aquí!-.

¿A dónde iba?, ¿a quién le gritaba?, ¿a un fantasma?, ¿a una ausencia?

En la plaza no había pájaros ni fuentes, sólo un quiosco clausurado con tablones rotos y descoloridos. Parecía un desolado escenario de posguerra nuclear.

La mujeruca se fue cansando y poco a poco fue comprendiendo que su esfuerzo era estéril.

-¡Esperadme!-.

Un silencio de cementerio sucedió a sus gritos sin respuesta.

Tras los quebrados cristales de los edificios abandonados reinaba la oscuridad.

A lo lejos, más allá de la plaza desierta, continuaba el calor, el yermo angustioso, la arena ardiente, los árboles calcinados, la inmensidad sin salida.

El sol extendía líquidos espejos en el asfalto hirviente de una carretera lejana, por la que circulaba un viejo camión cargado de tablones de aglomerado. Los espejos parecían agua haciendo hondas, mareas inasibles, irreales, que siempre se alejaban, recordando a todas las cosas de la vida.

LOS PÁJAROS DEL AMOR

“Así que yo le ataco en donde más le duele, la cartera, porque tiene el corazón en la cartera ¿sabes?, mira, ahora mismo me voy a un centro comercial a comprarme ropa hasta donde dé de sí la tarjeta, ¿pero qué se habrá creído el viejo mierda este?, habla de ella como si fuera una diosa, que si es muy guapa, que si es muy joven, que si es muy inteligente, él dice que es sólo una compañera de trabajo, ya, pero yo sé el puterío que se traen en el trabajo ese de los cojones, verás, cuando lo llama por teléfono con la excusa de consultarle algo, a él se le cae la baba como a un viejo que se caga encima, calla, calla, Faustina, me dice el viejo rijoso este, baja la televisión, sí, sí, Rosarito, sí, sí, claro que sí, como tú digas, Rosarito, estás ganando muchos puntos, bonita, será cabrón sinvergüenza, María Inmaculada Virtudes del Rosario, se llama encima la ramera asquerosa esa, como que yo estoy ciega, mira, hoy tienen una comida de empresa, y claro, ella irá pintarrajeada como una mona y enseñando las tetas por el escote y el tonto los cojones este no atinará ni a meterse la cuchara en la boca, y luego beberán dos copas de más, se reirán, bailarán haciendo el tonto, y sabe dios donde acaben, ahora, que a mí eso ya me da igual, mira, verás, he estrenado este vestido de flores por encima de la rodilla porque a él siempre le jodía mucho que me pusiera faldas cortas, que se joda igual que yo me jodo, donde las dan las toman, ¿no tú?, me he ido a la peluquería a ponerme estas mechas fucsias pa’ alegrarme un poco el día, hala, y Roberto, el peluquero, que es un chico encantador, me ha dicho que he debido de ser una mujer muy guapa, también él tiene un tipazo, no te creas, un hombretón como dios manda, con sus músculos y esos tatuajes que se llevan ahora, y no te vayas a creer que por ser estilista es maricón necesariamente, un hombre así es lo que me hace falta a mí y no el viejo impotente este que tiene una barriga que parece la panza de un burro muerto, así que después de la peluquería me he ido a comer al chino y ahora voy a coger el autobús hasta el centro comercial y si me encuentro por ahí un amante no creas que pienso hacerle ascos, que yo también soy capaz todavía de ligar, y más que él si se tercia, oye tú, mira, anoche cuando me dijo que hoy tenía la comida de empresa yo disimulé, muy bien, Isidoro, que te diviertas hombre, estoy cansada, me voy a dormir, y cuando subí al piso de arriba me quité los zapatos para que no me oyera y me puse a andar y andar para arriba y para abajo por mi habitación, pensando, sufriendo, que parecía que el cuerpo se me caía a pedazos, sin pegar ojo en toda la noche, pero no quiero darle la satisfacción de verme sufrir, es que es muy malo el cacho cabrón este, no ves que fue jesuita y encima es catalán, los religiosos seglares son los peores, no veas, bajo ese barniz de integridad moral esconden a un monstruo peligroso y vengativo, es un sapo inmundo que hiere mientras sonríe, que se vaya con su puta de una maldita vez si quiere y a mí que me deje tranquila, eso es lo que pienso cuando ya no puedo más viéndolo comer con esa sonrisa de serpiente que hasta la calva se le ilumina como una bombilla de noventa vatios después de haber hablado con ella por teléfono, es que Rosarito es una mujer excepcional, dice ahuecando la voz, cerrando los ojos y con esa sonrisa viciosa que parece un cura cascándosela en el confesionario, ay, lo que pasa es que tengo pánico a la soledad, ¿qué hago yo ya a mis años?, ¿a dónde voy?, ya no tengo ilusión para empezar una nueva vida con otro hombre, tendré que leer libros de esos de autoayuda, ¿no tú?, dicen que algunos están muy bien, a veces hasta he pensao en retirarme a un convento, la soledad me aterra, para qué te voy a mentir, eso de comer sola con el ruido de la cuchara en el plato, ver la tele sola, sentir cómo la oscuridad se va apoderando de la habitación cuando cae la tarde y tú sin nadie a quien le importe si ríes o lloras, si vives o has dejado de respirar, pero todavía hay muchos hombres por ahí que también están solos y yo esta tarde voy a ver si encuentro alguno, para pasar el rato solamente, no se lo digas a nadie ¿eh?, que en este pueblo son muy cotillas, mira, como hace él con su puta en el hotel ese de color rosa que hay subiendo la cuesta de la carretera, uf, vaya calor que hace, tú, como pega el sol, ven, ven, vamos a la sombra, ni los pájaros cantan del calor que hace, ¿sabes que existen unos pájaros, se llaman agapornis, creo, que se aman toda la vida y que no pueden vivir el uno sin el otro?, no sé por qué el amor es tan difícil para los humanos, después de cuatro mil años de civilización todo debería resultar más fácil, digo yo, es esta carne que se va muriendo de dentro afuera aunque sigamos fingiendo que el fuego nos hace crepitar, pero todavía me siento mujer y necesito el sexo, en la cama funciono mucho mejor que él, qué quieres que te diga, que parece un sapo gordo con la boca abierta y la lengua fuera a ver si caza una mosca, mira, ahora seguro que le está cogiendo la mano por debajo de la mesa y la está mirando fijamente a los ojos como si fuera un mureco en celo y diciéndole pero qué guapa estás así pintada, Rosarito, me dan ganas de tirarte los tejos, bonita, pero qué tontos sois los hombres, perdona que te diga, los hombres pensáis con el pijo, aunque éste el pijo lo tiene ya como la cecina de León, lo que pasa es que al tonto los cojones le halaga que le digan que todavía es un hombre interesante, pero si no vale ni pa tomar por culo el pollino de mierda este, si mide medio metro con esa calva que parece una piedra de afilar y esos ademanes calculados y melosos de cura sodomita, ay, por qué me casaría yo con este piojo impotente habiendo tenido tan buenos pretendientes, es que las mujeres de jóvenes somos así de brutas, verás, nos gusta lo canalla, lo raro, lo peliculero, luego, cuando le hemos visto el plumero a la realidad, nos arrepentimos pero ya es demasiado tarde, mira, si tuviera valor le diría a la cara, se acabó, Isidoro, recoge tu colección de mariposas y vete ahora mismo con tu puta calientapollas, aquí no vuelvas jamás, disfruta de su culo grande y de sus tetas obscenas, algún día te darás cuenta de que bajo esa carita de ángel hay sólo un desierto infinito, que nadie te va a dar más amor del que yo te he dado, que esa mosquita muerta es en realidad una vividora que ya ha estao con tres hombres diferentes y dicen que hasta con una mujer, que voy a ser capaz de rehacer mi vida sin ti y sin nada tuyo, porque todavía siento un estremecimiento cuando me roza la mano de un hombre, que voy a buscar a un hombre que me merezca y que me quiera de verdá, ya no te necesito para nada, tengo mi vida y una madurez psicológica que tú nunca has tenido, que tengo que encontrar a mi verdadero amor aunque tenga que recorrerme todos los centros comerciales, todas las plazas, todas las esquinas, todos los cines, todos los bares del mundo, que valgo más que tú mil veces, que ya nunca más me quitarás el sueño, que al fin de cuentas soy un ser independiente capaz de vivir de pie por mucho que me pese la rueda de molino que me has colgado del cuello con tus repugnantes traiciones, bueno, perdona, te estoy aburriendo, oye mira, no merece la pena hablar más del pelele este, oye que me alegro mucho de verte, Catalino, si quieres podemos quedar algún día nada más que para tomar algo por ahí, yo desde que me prejubilé de maestra tengo todo el tiempo libre, ¿eh?, ya, claro, bueno, ya no te entretengo más, que me alegro mucho de verte, oye tú, ven, anda, dame dos besos, mua, mua, mira, voy a ver si me echo un novio joven y guapo esta tarde y el curacho este que se vaya a tomar por culo con su puta culona, y mientras tanto a ver cuál de los dos es capaz de hacer más daño, yo creo que nunca me ha querido este tío, por lo menos no como yo lo quise a él, bueno, en fin, ale, a vivir se ha dicho, que son dos días…”

LÁGRIMAS EN EL ANDÉN

Él se llamaba Carlos Tenias Aceituno, era representante de productos fitosanitarios y desde que enviudó vivía solo en su chalé del Señorío de Illescas. Económicamente andaba bien, aunque en lo demás se arrastraba como un cangrejo trepando por el cieno en la orilla de un río. Tenía el hombre cara de cabezudo, el pelo revuelto y blanco como el mocho de un plumero, los ojos pequeños y alucinados, la sonrisa de payaso, la boca torcida en una grotesca mueca porque le faltaban dos dientes en la parte superior izquierda. Su edad frisaba en los cincuenta. De vez en cuando se iba de putas, pero sentía el corazón vacío como un estómago que llevara años sin recibir alimento.

Ella se llamaba Paola Sansegundo Vivó. Trabajaba de recepcionista en una clínica dental en Aranjuez. Su voz, por teléfono, era como una caricia, como un hidromasaje en un jacuzzi. Tenía veinticinco años, su cuerpo, más bien relleno, irradiaba una tierna sensualidad, algo angelical, deseable y luminoso. Su cara era blanca y aniñada, con los ojos oscuros y grandes, la boca roja y densa, el pelo largo sobre los hombros redondeados y una orquídea tatuada en su cuello escultural. Era muy hermosa.

Se conocieron en el colegio para niños especiales donde Carlos llevaba a su hijo, Juanito, que era autista y anoréxico, y Paola a su hermana pequeña, Teresita, que era esquizofrénica. Mientras esperaban en la puerta del colegio, resguardados del sol o de la lluvia bajo la marquesina del tranvía, se miraban de vez en cuando y se dirigían algunas palabras convencionales.

- Vaya calor que hace hoy-.

- Sí, es verdad, yo odio el verano-.

- Pues mañana y que llueve-.

Un buen día, el hijo de Carlos, que tenía ya trece años y era alto y delgado como una secuoya tísica, de repente rompió la fila y echó a correr calle abajo bajo la lluvia. Carlos y una de las monitoras, una gorda con gafas de aumento y la cara roja como un salmón ahumado, corrieron tras Juanito que, con sus largas zancas y su camiseta de la selección española de fútbol, iba sorteando los coches que frenaban en seco.

- ¡Cogedlo! ¡Cogedlo!- Aullaba el padre, ya sin resuello, que se iba quedando rezagado.

Dos moros que se dirigían a la obra con sus bolsas donde llevaban sus tarteras, le pusieron la zancadilla y lo inmovilizaron en el suelo, propinándole de paso múltiples patadas y puñetazos.

De vuelta a la fila, el padre miró hacia arriba y preguntó a su hijo:

-¿Pero por qué has hecho eso, Juanito?-.

- ¡Porque me ha dao la gana- contestó el muchacho tras una pausa, con su pelusa adolescente y su voz enronquecida por su incipiente virilidad- vete a la mierda hijoputa!-.

El caso es que cuando Carlos y Paola comenzaron a salir, comprendieron que Juanito suponía un grave problema en la incipiente relación y decidieron quitárselo de encima recluyéndolo en un internado en el Escorial para deficientes mentales diagnosticados.

Al principio todo transcurría como en una romántica novela de amor. Paola abandonó el piso de sus padres y se fue a vivir con su novio al chalé del Señorío. Cuando hablaba de él a alguna amiga, lo hacía en estos términos, mientras le brillaban los ojos:

- Es un hombre un poco raro, pero me gusta por eso, me parece más interesante, conmigo se porta siempre muy bien, en todos los aspectos, je je je, por otra parte, Puri, al ser mucho mayor que yo me inspira mucha ternura.-.

Paola lo daba todo en el amor, se entregaba sin condiciones. Ninguno de los dos podía sospechar entonces que en esta vida todo se acaba y al final nadie pertenece a nadie, si acaso al polvo y a la tierra.

Habían pasado ya tres años de relación, cuando Carlos empezó a notar cambios significativos en el comportamiento de Paola. Volvía más tarde, se arreglaba más, estaba más fría con él en la cama.

Cierto día le vio una pulsera de abalorios azul turquesa, que nunca antes le había visto, en su delicada muñeca izquierda.

- ¿Y esa pulsera?-.

- ¿Eh?, ¡ah!, es mía, me la regaló Nuria, una compañera de trabajo-.

- ¿Cuándo?-.

- ¿Eh?, no sé, fue antes del verano, no empieces o me voy y no me ves más, no eres mi padre para tener que darte explicaciones, eres un celoso de mierda-.

Él empezaba a sospechar. Tomando una cerveza en el bar del polígono al salir del trabajo, cierta vez le confesó a un amigo:

- No sé, Gervasio, a lo mejor estoy loco pero yo creo que se ha debido de liar con otro, lo intuyo, lo huelo, ahora se pone siempre mallas ajustadas y se pinta hasta las uñas de los pies, cuando antes no se pintaba nunca-

- ¡Bah!, eso son paranoias tuyas, Paola es joven y por eso se arregla, pero si te tuviera que decir algo te lo diría, no te estaría engañando, Paola no es así, mira la mujer del Mariano, esa sí que es un zorrón, Mariano se la encontró entrando con otro tío en el hotel que hay al lao de la gasolinera nueva de Rivas, menuda escena, tío-

Pero Paola, si ahora hablaba de él a alguna amiga, lo hacía con la mirada apagada en estos términos:

- Estoy harta y aburrida de sus rarezas, no habla conmigo, no hace nada, viene de trabajar y se tumba en el sofá a ver la tele, si le digo que me saque a cenar por ahí me dice que está cansado, yo soy joven, Puri, coño, tengo sólo veintiocho años y necesito salir y estar con otra gente, además es tan viejo que me da un poco de asquito, ya empieza a oler a viejo, hasta le huele mal el aliento y no se corta las uñas de los pies, es como un vampiro que me chupa las energías positivas, y de lo otro, sin embargo, de chupar nada de nada, ya me entiendes, Puri, je je je je-.

- Ji ji ji ji, pues déjalo por otro más joven, mujer, que la vida no se ha hecho pa relaciones tomentosas, bastantes tormentos nos da ya la vida, las relaciones tormentosas hay que dejarlas antes de que te destruyan-

- En eso estoy, hija, ya te contaré-.

La pobre Paola, cuando consideró que había llegado el momento, como en el fondo era una criatura íntegra y noble, no sabía cómo decírselo. Quería herirlo lo menos posible y daba mil vueltas en su cabeza para encontrar la manera de no hacerle daño, al fin y al cabo él siempre había sido bueno con ella. Le habría donado cualquier órgano que ella hubiese necesitado, incluso el corazón, se lo habría sacado del pecho y lo habría puesto a sus pies como quien hace una ofrenda.

Hasta que una noche se armó de valor y le dijo mirándole fijamente a los ojos:

- Tenemos que hablar, Carlos, esto ya no funciona y los dos lo sabemos-

- …¿Estás con otro, verdá?-.

Ella bajó los ojos y tras una pausa se puso a confesar:

- Sí, Carlos, te voy a ser sincera, lo conocí también en la puerta del colegio, se llama Carlos como tú, aunque es un poco mayor, es representante de los laboratorios Roche, al principio no había nada entre nosotros, de verdá, hablábamos del tiempo y alguna vez tomábamos algo juntos en el bar La Traviata, no sé lo que nos pasó, empezamos a quedar y ahora me he dado cuenta de que ya no te quiero, no sé de quién es la culpa, yo estaba tan cerca de ti que tú nunca me veías, te lo di todo, Carlos, pero no es momento ahora de buscar culpables-.

Paola tenía lágrimas en los ojos. Lágrimas ofensivas, insultantes, lágrimas como ácido arrojado a la cara. Él permanecía de pie, callado, delante del ficus reseco del salón. Desde aquella noche en que encontró a su mujer muerta en el sillón (parecía sonreír incluso, fulminada por un infarto), su vida se había derrumbado como un viejo muro de adobe. Conocía demasiado bien las lágrimas en los andenes. Tras morir su mujer pasó mucho tiempo sin dormir, perdió cuarenta kilos en un mes y hasta se le empezó a caer el pelo. Al final comprendió que nadie, ni familiares, ni amigos, ni nuevas relaciones, lo sacaría del agujero de su depresión, que era él solo en última instancia el responsable de sus actos, que tenía que decidir entre vivir o seguir muriendo por las esquinas.

A veces es cuestión de supervivencia declararle la guerra al enemigo.

De modo que, con la boca seca y la voz casi inaudible, le dijo sin mirarla:

-Recoge tus cosas y vete ahora mismo, no quiero que vuelvas nunca más a esta casa-.

Y así acabó aquella historia de amor, con un portazo, más o menos como acaban todas tarde o temprano. Con dolor, con fracaso. Porque los sentimientos humanos son un laberinto sin salida. Menos mal que la vida no lo es.

CÍRCULO DE LUJURIA

Sigo atrapado en su fuego.

Me rodean los círculos ardientes de su belleza

y cada vez que me acerco a su carne me quemo,

me abraso, me incendio, me muero.

Mientras ella crece hacia la luz

yo me voy enterrando en la oscuridad,

como un gusano enroscado entre la podredumbre de los muertos.

Intento huir hacia delante

y tiran de mí con todas sus fuerzas los celos,

la lujuria, la sangre, los miedos.

Bien se ve, cuando ríe así de radiante

y sacude las noches de amor que aún guarda en sus cabellos,

que ahora pertenece a la vida,

que ha roto las argollas de sus promesas

y se ha liberado para siempre de las penas de mi infierno.

Abre sus pétalos a nuevas ilusiones,

ya lejos de mí como si viviera en un futuro remoto,

mientras yo, herido y lleno de arena por dentro,

continúo empujando mi piedra

hacia las altas llamas de su sexo.

Viéndola tan lejana y tan ajena,

vuelve a ser aquella estrella fugaz

que no me concedió ningún deseo.

FUE muy hermosa.

Parecía una ninfa del agua con sus largos cabellos

y su carne dulce y henchida

como una fruta del árbol de la vida.

Pero, lentamente como un caracol cruzando una carretera,

fue pasando el tiempo del amor,

y ahora arrastra su carro de la compra por el supermercado,

con su rictus de vieja en la boca,

sus gafas de aumento y su pelo de momia.

De vez en cuando saluda a algún conocido

con una sonrisa como un fanal apagado.

Fuera la tarde está muriendo

como aquel amante que mordía sus pechos turgentes

por los rincones clandestinos.

Dio tanta vida

que merecería ser indultada de la pena de vejez.

Y vuelve a su casa de oscuras celosías,

de hijos alienantes, de melancólicas rutinas,

ya sin soles sobre su cabeza

ni flores bajo sus pies.

EL OLEDOR

El niño permanecía sentado en su pupitre, quieto como la estatua de un sepulcro, mirando fijamente a la pizarra donde una profesora que parecía una muñeca ajada escribía una sucesión de números y signos extraños e ininteligibles.

El niño se llamaba Daniel Picatoste, tenía la cara redonda como un pan, los ojos grandes y caídos como los de un mastín viejo.

En primaria Daniel sacaba buenas notas, sabía que los estudios eran importantes para el futuro. Pero al pasar a secundaria se derrumbó como una torre de naipes y le habían quedado cuatro asignaturas en la primera evaluación. Gran parte de la culpa la tenían los repetidores que se sentaban detrás de él. Formaban una manada de hienas sarnosas que le hacían la vida imposible. Todos grandes como quintos, la piel renegrida como el hollín, los rostros plebeyos, los ojos pícaros, la voz entre chillona y tabernera, y unas barbas incipientes que parecían pelusa de los muebles.

En el recreo lo acorralaban para humillarlo y al salir del instituto lo esperaban para pegarle. Eran escoria, niñatos consentidos y descerebrados o frutos podridos de familias desestructuradas, convertidos en pequeños camellos y futuros proxenetas, fanáticos manipulables y maltratadores acomplejados, que abastecerían el lúmper y llenarían las calles con su mierda. No podía defenderse, ellos eran muchos y él tenía sólo una hermana pequeña. Uno por uno no valían nada, se despertaban a media noche aterrorizados por la oscuridad y llamaban a sus madres llorando como polluelos de buitre abandonados en el nido. Pero juntos tenían el valor de los cobardes, la fuerza de la manada. El líder era un muchacho alto y desgarbado con cara de viejo y andares de recluta a piñón fijo. Se llamaba Antolín Palomo y era el que le había pegado la bofetada antes de empezar la clase. Daniel todavía tenía señalados los dedos en la mejilla, y hacía heroicos esfuerzos para contener las lágrimas. Antolín Palomo no conoció a su padre, se comentaba que fue un payaso de charlotadas que toreaba vaquillas con el Chino Torero por las plazas de la Mancha, llamado Platanito Villaroel. Su madre, que se llamaba Belén Serrano, era seca y fea como una momia exhumada, de oficio ratera de pequeños comercios. Entraba a una pequeña tienda de barrio, en compañía de una compinche de su misma aristocrática ralea, y mientras la compinche entretenía al viejo y miope tendero con preguntas ociosas, ella llenaba su amplio bolso de todo lo que encontraba a mano. En los chinos y en los grandes almacenes no se atrevían, y es que siempre es más