DISPAROS EN LA OSCURIDAD
(LIBRO COMPLETO)
Todos los personajes de estas historias son reales, cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia.
TODA LA NADA
Te dejo, me dijo golpeándome con los témpanos de sus palabras,
quiero ser feliz.
Y el mundo se detuvo para que ella se bajara.
No sé que estación era.
Llevaba ya tantas caídas que mi cruz se astillaba al arrastrarla.
A mi alrededor se apagaron las luces
y los pájaros enmudecieron en las ramas.
Viéndola alejarse, no sé si mi corazón
era de piedra, de vapor de sangre o de hojalata.
Al amanecer volvió de nuevo la noche.
Mi soledad se trasformó en un Universo
donde cabía toda la Nada.
Hubiera jurado que era ella.
Tenía esos mismos movimientos de llama y ola,
la misma palidez de fantasma del pasado.
Pero qué iba a hacer una dama respetable
en este sórdido antro.
La verdad es que con tan poca luz
y después de varias copas
todo se vuelve confuso.
¡Quién sabe!
La vida tiene caminos que se bifurcan
en extrañas direcciones.
Pero bueno, yo vine aquí a olvidar,
y hace rato que me está mirando
la rubia aquella de los rojos tacones.
¡LIBROS, LIBROS, MÁS LIBROS!
Se había echado una amiga y estaba radiante. Desde que tuvo que sacrificar a su perrito Trasto, (ya era muy viejo el hombre, se había quedado ciego y se iba chocando y meando por todas partes), había pasado una mala racha. Incluso llegó a llamar a una vidente, la célebre argentina Balbina Luceni Jacalandra, experta en el método del grano de mostaza, una mujeruca de ojos pícaros y una cara como si estuviera hecha de cartón mojado.
- - Hola, ¿quién eres?-
- - ...Soy Rosita- Contestó Rosita gangosamente.
- - ¡Hola Pepita!-
- - No, no, Rosita-
- - Uy, eso Rosita, perdona, oye Rosita, te noto un poco decaída, estás pasando una mala racha, a que sí, carita bonita, eres tímida y te gusta salir poco, tú cuando te quitas los tacones ya no te los pones ni para ir a bailar, tú bailar como el joder del loco, ni mucho ni poco...-
- - ¿Eh?-
- - Nada, nada, cariño, que te sientes un poquito sola, ¿qué signo eres, Pepita?-
- - Leo-
- - Leo, a ver, corazón, te voy a echar las piedras de la suerte-
Rosita Espinosa no es que tuviera una carita bonita, precisamente. De pequeña se le escurrió a su madre de los brazos y se le cayó a la lumbre. Una cabeza llena de costras como las de un perro sarnoso, con mechones de pelo que parecían los de un cadáver exhumado. La nariz como los agujeros que horadan las lombrices en la tierra después de llover, las mejillas plagadas de bubones infectos, los dientes como las almenas de un viejo castillo asediado a cañonazos, los ojos, que daban vueltas en las cuencas como las bolas en la ruleta de un casino, ocultos tras unas gafas ahumadas pasadas de moda. Los brazos acabados en inacabados muñones, como los de una figurilla de barro de un belén amputada por los niños, donde debería ir el pulgar aparecía un asqueroso orificio que recordaba al ano arrugado de una mona vieja. Rosita ni siquiera había tenido la oportunidad de ser fea, permanecía recluida más allá de la fealdad, en una dimensión teratológica, era una masa de carne deforme, como cera derretida a la que le habían puesto dos evocaciones de ojos desnivelados. Olía a panceta chamuscada, a vaquería antigua y a orina de mula. En el carné de identidad no se sabía a ciencia cierta si estaba de frente o de espaldas, la foto, más que un rostro, parecía una huella dactilar.
Con semejantes créditos no era de extrañar que siempre anduviera sola. Cuando en carnaval salía a la calle, los niños corrían detrás de ella para quitarle la máscara. Probablemente era la cosa más horrenda de la creación, se parecía un poco a Carmen de Mairena, igual de monstruosa, aunque sin tanto betún en los morros.
Pero, milagros de la vida, un domingo en el salón parroquial trabó amistad con María Salvadora, la cartera jubilada, que también estaba sola en el mundo como una estrella de papel colgando de un hilo en la inmensidad del Universo.
María Salvadora tenía los ojos hueros y sanguinolentos como los de un sapo, de un azul desvaído como las tripas de un conejo atropellado, la boca torcida en un ictus, las manos vueltas y descoyuntadas como las de una marioneta rota. Andaba un poco de lado, como si se estuviera cayendo, como si se desplazara a empujones.
Enseguida se hicieron amigas, y como a las dos les gustaban mucho los libros (esa terapia de solitarias menopáusicas), la víspera de Reyes decidieron coger el autobús para ir a Madrid a descubrir las últimas novedades.
Nada más atravesar las puertas de la Casa del Libro, el corazón les saltó de gozo como a dos adolescentes en un concierto de sus ídolos.
- - ¡Libros, libros, libros!- Aulló Rosita con su voz retronasal, gesticulando como una mona loca y coqueta.
Y corrieron de un lado a otro manoseando los mansos y asustadizos ejemplares, que hasta ese momento habían estado tranquilos en sus anaqueles.
- ¡El tene...tenedor...el temblor...no, no, el temor de un hon...hongo... sabio!-
- ¡Ay, ese dicen que está mu bien, que se lee de un tirón, ese para mí!-
- ¡La ca...la caca...la canción de a de a de alba, anda mira, igual que la serie de la tele, qué bonito, este para mí!-
- ¡Cri..cri...cri...crimen y ca castigo, esto no sé que es, esto va de tiros y esas cosas! -
- ¡Deja ese tostón, Mari!-
Una dependienta de ojos radiantes las miraba con una sonrisa alucinada.
Mientras tanto se hizo de noche, abrupta y silenciosamente, como suele suceder en invierno. Se encendieron las farolas y las luces de navidad alegraron los comercios.
En la puerta de la librería, entre los andamios de la fachada, un mendigo poeta de mirada sucia, falsa y pervertida como la de un cura, que olía a pisto manchego, sentado en el suelo como un fakir, con sus gafas de aumento llenas de mierda y su voz de chulapo de sainete, señalando con una colilla de lápiz despuntado un papel lleno de grasa de mejillones y gesticulando como si estuviera indicando la ubicación de una calle, recitaba una especie de poema a dos guiris sonrosadas con gorros de lana calados hasta las orejas, que sonreían sin entender ni una sílaba de la cháchara absurda de aquel pintoresco personaje.
- - ¡Los días siguen pasando y yo me sigo enamorando...y ahora, preciosas, la voluntad, que el talento se paga!-
En la acera de enfrente, una guapa marioneta de trapo, con gafas doradas y coletas con lazos rosas, tocaba el violín accionada por las manos sombrías de su padrino, que permanecía apoyado en una muleta encajada en el sobaco.
De repente, en dirección a Callao, bajó marcha atrás, atropellando a la gente en su huida, un tullido en su silla de ruedas, que se había escapado de una residencia donde lo había encerrado su mujer. Iba gritando: "¡Hijaputa, hijaputa, hijaputa...!"
Cerca de allí, las putas de la Montera, ateridas con sus minifaldas, buscaban el calor de los rellanos.
Rosita y María Salvadora salieron a la calle cargadas con sus bolsas llenas de libros (igual habría dado que estuvieran llenas de membrillos), y, riendo como niñas pequeñas, corrieron Gran Vía abajo para coger el último autobús.
DOMICILIO CONYUGAL
El mendigo se balanceaba como uno de aquellos borrachos de posguerra que cantaban por soleares en las esquinas de los pueblos derruidos, los melancólicos anocheceres de domingo. Vino malo. Vino amargo y negro como la desesperación. Tragos tóxicos que perforan los intestinos y emponzoñan las cloacas de la mente.
Sobre la cabeza una especie de safka rusa con las cinchas desabrochadas. La colilla quemándole los amarillentos dedos de la mano izquierda. Con la derecha gesticulando como un cura, como un político o como un feriante, que viene a ser lo mismo. Le declaraba su amor a una mendiga que permanecía acurrucada dentro de un cobertizo hecho con cajones de fortuna y ducados, liándose un canuto.
- - Te quiero más que a na en el mundo, Dulcemía, te quiero más que a na de lo que tengo-
(Tampoco es que tuviera mucho el hombre que digamos)
La mendiga se hacía la despechada, aunque no podía reprimir una gorda sonrisa de satisfacción. La mendiga era guapa y sucia, como una moneda de oro arrojada al barro, con una blanda expresión de víctima en los ojos.
- - Anda, Dulcemía, déjame entrar-
- - Que no, Nardo, ya te he dado muchas oportunidades y tú siempre me has fallado, siempre lo estropeas todo-
El mendigo se llamaba Nardo Mon Carretillas. Tenía cara de mono amaestrado, cetrino, oscuro, con un aro pirata en la nariz, cuando levantaba el gesto y entornaba los ojillos penetrantes, se parecía un poco a Toro Sentado.
La mendiga y el mendigo llevaban viviendo juntos dos años, en aquella caseta de cartón "tal que hecha" con cajones de fortuna y de ducados, en los bajos de la Plaza de los Cubos, junto a la salida de emergencia de los Cines Princesa. Hacía poco que habían decidido casarse. Ya tenían hechas las invitaciones de boda en una especie de colage de color rosa en cuya carátula aparecía una caricatura bastante mejorada de Toro Sentado, sonriendo y sujetando en brazos a la novia con su largo cabello, sus muslos poderosos y un ramo de marihuana en la mano. A los pies un perro que parecía un demonio tagalo con sus pelos de punta y los ojos desorbitados.
Pero la vida es como este viento siberiano que zarandea los árboles y las marquesinas, convirtiendo en desiertos las calles y los corazones.
- - Que no, Nardo, que te he dicho que no, vete con la puta esa a que te la chupe en el cajero, y de paso te pones a hacer gimnasia pa que ella te vea como aquella tarde en la plaza-
La verdad es que, bien mirado, en el cajero por lo menos se estaba caliente. Y en una noche tan fría como esta la policía no tenía valor para echar a los mendigos que se apiñaban, bajo el neón ostentoso de los bancos (hay que ver, unos con tanto dinero y otros sin ninguno), como cerdos en uno de esos camiones que circulan lentamente por la carretera de Badajoz a Plasencia.
La mendiga y el mendigo se miraron furtivamente a los ojos. Se amaban, cosa que no puede decir todo el mundo, casi nadie. En un mundo tan fiero y demente como este, en un Universo tan extraño y violento, aquellas miradas eran una estrella ardiendo fugazmente en medio del hielo sideral.
- - Te quiero más que a mi vida, princesa, más que...¡buenas tardes, jóvenes, unos céntimos para poder comer algo por el amor de dios!- Se giró de repente el mendigo, dirigiéndose a unas maestras jubiladas que salían del cine comentando la película, pedantes y ateridas, viejas en definitiva, definitivamente viejas, sólo viejas al final de la vida. Una de ellas, sin embargo, no era tan vieja, pero era muy grande y torpe, parecía un mamut. En la cartelera de los cines aparecía un elefante tímido intentando esconderse detrás de una palmera.
El mendigo, en su pueblo, había sido carpintero, ese oficio de dioses. Pero la crisis lo arrancó del árbol de la vida, como a tantos otros frutos amargos que ahora anegaban los pasadizos peatonales y los vomitorios de los metros.
La mendiga había estudiado dos años de psicología, antes de que sus padres se mataran en un accidente de tráfico en la carretera de la Fortuna. Se llamaba Dulcemía Secilla Hidalgo (todavía recordaba sus apellidos), y era natural de Valdemoro.
- - Yo sólo quiero un hogar y una familia como dios manda, Nardo, y tener muchos hijos, que ya voy a cumplir cuarenta...creo, cuarenta o cuarenta y uno...., no lo sé a ciencia cierta.- Añadió, acabando de enrollar el canuto con sus manos pequeñas y un poco trémulas.
- - Toma esta flor, princesa, de mí para ti- Y el mendigo, llevándose la mano de la colilla al corazón, le alargó con la otra una rosa que había sacado no sé de donde, tan ajada y marchita como su careto de borracho crónico.
La mendiga parpadeó como una princesa de los dibujos animados (qué atento y educado), pero finalmente se mantuvo firme.
- - Que no, Nardo, que te he dicho que no, ¿y de donde has sacao tú esa flor si puede saberse?, yo creo que te estás amariconando un poco desde que te juntas con el julai ese de la oenege esa del proyecto hombre de los cojones o como se llame, ahora andas más femenino y todo, ji ji ji ji-
- - Anda, mujer, déjame entrar-
El mendigo sospechaba que una noche más acabaría en el cajero del Bankinter, oliendo a pedos, a orines y a crimen. Aun así continuó intentándolo, recurriendo esta vez al infalible truco de la cínica sonrisa de galán cinematográfico, con sus dientes mellados, torcidos y amarillentos.
Una ráfaga de viento helado arrastró una bolsa de plástico de la editorial Santillana, que se puso a dar vueltas, enloquecida como un animal atrapado, en el rellano fluorescente del Burger King.
ADICCIÓN
Bien sabes que no puedo vivir sin tus dosis,
que tengo las venas envenenadas de tu veneno.
Doy vueltas por la habitación con el corazón en la mano
y veo abismos de soledad cuando me miro al espejo.
Siempre temiendo que de un momento a otro
se parta en dos el Universo.
Y tú, ajena a mi infierno,
dueña de la vida y del futuro,
pones esa sonrisa del color de las serpientes
mientras te peinas el pelo en el borde de la cama.
¿Hacia dónde me llevas?
Sospecho que le has declarado la guerra
a mi amor y a mi orgullo.
¿Hacia dónde me arrastras?
"Creo que la nada no existe"
LA RULETA RUSA
Es la hora.
No mires atrás o te quedarás atrapada en mi infierno.
Vuelve a tu reino de luz.
Está a punto de amanecer
y las calles tiemblan de frío,
reverberan de soledad.
Apenas queda ya arena en mi reloj,
mientras tú siempre estás amaneciendo.
Con temeraria adicción esperaba la bala
cuando, con voluntad abandonada,
clavabas tus labios en mi sien.
No sigamos engañándonos, no sigamos hiriéndonos.
Cada vez eran más cortas las palabras,
más esquivas las miradas
y más largos los silencios.
Quisimos jugar al juego ruso ese del amor,
y acabé quemándome con tu fuego.
EL BORRACHO AL FINAL DE LA BARRA
Pero hombre ¿qué haces ahí agonizando
como un polluelo arrojado del nido?
¿Es que no tienes casa, mujer, trabajo, hijos...
Son sólo las once de la mañana
y las grullas vuelan hacia el sur.
Ellas por lo menos tienen un lugar a donde volver.
No conviven con demonios interiores
ni se emborrachan con el veneno ardiente de los celos.
Ay, siempre vencido como un burro
que no puede con su carga.
Mírate, cautivo y desarmado
en el paredón de la desesperanza,
la carcoma te ha roído
los tensos músculos del alma.
¡Pero vamos, levántate y anda!,
menos la muerte todo se puede arreglar.
Te consuela el camarero llenándote la copa,
con su calva fluorescente y un ojo de cristal.
ES una de esas mujeres que donde pisan
vuelve a crecer la hierba.
Tiene muchos soles en su mirada
y en la cumbre de sus pechos
se levantan de noche dos lunas llenas.
Todo lo que vive, todo lo que crece,
la flor de almendro en la rama
y el tallo que desgarra la tierra,
está sembrado profusamente en su carne.
Por su cuerpo no hay rincones polvorientos,
ni en sus brazos abrazos de conveniencia.
Prodigará violento placer de dioses
el día en que el amor, ese Prometeo vagabundo,
encuentre por fin su puerta.
EL PREMIO
Llevaba más de tres horas esperando con el teléfono en la oreja. Había llamado ya 177 veces, durante tres días con sus noches casi sin interrupción...
LA PUTA DEL SILLÓN DE SKAY
Era la reina de la sordidez,
la emperatriz de todos los inframundos.
Sentada a la intemperie en su trono de skay rasgado,
rodeada de estercoleros,
con su raído manto de leopardo sobre los hombros escuálidos,
los cabellos de muñeca polvorienta
y los ojos ajados como flores de cementerio,
esperaba con el cigarrillo en la mano al primer cliente,
mientras el sol se derramaba sobre un hirsuto horizonte
de escombros y miseria abandonada.
De vez en cuando pasaba algún coche por los caminos,
levantando nubes de polvo que se desvanecían en la distancia.
Y el tiempo devoraba por dentro todas las cosas,
con implacables dentelladas de soledad y desilusión.
UN GIRO DE 360 GRADOS
La vidente tenía cara de muñeca de trapo deshilachada. El hocico de buldog porque le faltaban todos los dientes de arriba y los de abajo los tenía prominentes y amarillentos. El pelo de estopa mojada, los ojos de gamba cocida, los labios pintarrajeados de un rojo fuego de trazo irregular como si los hubiera pintado una mano con parkinson, como si acabara de comerse un hígado crudo. Detrás de ella, destacando sobre un escenario de papel azul celeste que recordaba al escenario de una fiesta de fin de curso, había un ángel colgado de una cuerda como si estuviera ahorcado, con unos ojos estrábicos y una boca que parecía sonreír con sonrisa de borracho.
La vidente barajaba las cartas esperando alguna llamada, mientras enviaba energía positiva a todos los españoles desde Santander hasta Algeciras. De vez en cuando se reía como una rata atrapada en un cepo, con alguna de las manidas ocurrencias que improvisaba.
- - A mí Lina Morgan me dijo que yo era una actriz sin guión, hi hi hi hi hi, una actriz pero sin guión porque no necesito guión, yo improviso siempre hi hi hi hi, mirad estos ajos, parecen un alicóctero, hi hi hi hi hi hi..., y a los acuario os digo que no hay que obsesionarse tanto con otras personas, que les dejéis un poco de espacio a vuestras parejas, que penséis más en vosotros mismos y os queráis un poquito más, y si tenéis dudas ya sabéis, corazones, llamáis al teléfono ese que aparece en pantalla que yo estoy aquí para ayudaros, a ver, a qué cámara miro, ¡ah!, a la de mi amiga Bea, hola Bea, pasen y vean pero no vean con v de bea sino con b de ver, hi hi hi hi hi..., a las personas, decía hablando ya en serio, hay que dejarlas removerse un poco, que si tu hombre cambia a veces de humor puede ser por muchas cosas, o porque ese día simplemente se haya levantado con el pie izquierdo, ¡yo qué sé!, vosotras dejadlo que se desahogue y ya está, ni caso, ahora, que tampoco se trata de decir viva la pepa y....
Sonó el timbre del teléfono. Riiiiinnnn....rinnnnnn....riiiinnnnn
- - ¡Uy!, a ver, una llamada, hola?, dime ¿quién eres?-
- - ¡Sorpresa!- Respondió una trémula voz de vieja al otro lado de la línea. La voz de la vieja pitaba un poco, pitidos que producía la locomotora de su alegría.
- - ¡Hoooola, Rosa Luna, qué tal te va la vida cariño mío!-
- - ¡Uy!, me has conocido por la voz-
- - Claro, cariño mío, cómo no te voy a conocer si llamas casi todas las noches-
- - El viernes no pude llamar porque estuve en una discoteca de Goya que se llama Alegoría y ¿sabes lo que me pasó?-
- - A ver, corazón, qué te pasó-. La vidente compuso un rictus de sonrisa forzada. Reprimió un bostezo.
- - ¡Que he conocido a un chico!- La voz de la vieja pitaba ahora como una locomotora que llega a una estación donde espera la comitiva.
- - ¡Hombre, por fin!-
- - ¡Sí si, ji ji ji ji ji, ha sido como encontrar una aguja en un pajar, es un chico encantador, con un poco de barriga, eso sí, pero nadie es perfecto, ji ji ji ji ji...-
- - Bueno, ya sabes corazón que a los hombres les sale barriga cuando cumplen los cincuenta y es de tantas cervezas como se toman con los amigotes en el bar-
- - Es taxista-
- - ¿Eh?-
- - Mi chico, que es taxista y vive en Móstoles-
- - Me alegro mucho, cariño, anda que no has pasado noches sin dormir desesperada porque no encontrabas al amor de tu vida-
- - ¡Uy, sí sí, ¿te acuerdas?, muchas noches, sí señor, pero que muchas...-
- - ¿Y dices que es taxista en Móstoles?-
- - No, es taxista en Madrid pero vive en Móstoles-
- - ¡Ah!, ¿y es también soltero como tú, Rosa Luna?-
- - ¿Él?, no, soltero no pero casi, uhhhhh....está casado pero en trámites de separación-
- - Bueno, corazón, lo importante es que tú estés feliz, a lo mejor hasta te retira de trabajar y todo-
- - Uy, ji ji ji ji, tanto como eso no creo, pero ahora cuando me voy a las seis de la mañana a trabajar me voy llena de alegría, y cuando estoy fregando los portales me pongo a cantar y todo, ji ji ji ji, hasta me ha dado por leer a Federico Moccia, fíjate tú qué cosas, ji ji ji ji ...-
- - Hi hi hi hi hi..., no si a la vejez viruelas, como quien dice, corazón-
- - Ji ji ji ji ji ji...-
- - Pues aquí las cartas me dicen que te va a retirar de trabajar tarde o temprano, eso es lo que dicen las cartas, cariño, no es que lo diga yo-
- - ¡Uy, pues entonces mejor, uhhhh, mira, Luna Creciente, a mí trabajar no me disgusta, para qué te voy a decir una cosa por otra, pero ahora, que si llega un hombre y por h o por b me dice que me paga la hipoteca y todo el lío que tengo con las tarjetas, pues yo encantada de la vida, qué quieres que te diga-
- - Ya, pero entonces cariño pasas a depender totalmente de él y eso no es bueno, imagínate que un día discutís y lo dejáis, y a ver cómo vuelves tú ya a tu antiguo trabajo con el paro que hay ahora mismo, que hasta las hormigas están en paro, hi hi hi hi-
- - Ji, ji ji ji, no, Luna Creciente, yo me refiero a que me pague las deudas y el lío de las tarjetas de crédito, pero que me quede también la pensión, oye, yo con una pequeña pensión me conformo, què quieres que te diga, con tener para mis vicios...ji ji ji ji-
- - ¡Ah amigo, eso sí, eso ya es otra cosa!-
- - Hombre, si no puede pagar toda la hipoteca así de golpe, pues que haga una cancelación parcial que buena falta me está haciendo, que trabajo sólo para pagar al banco, desde las seis de la mañana que me voy hasta las diez de la noche que vuelvo, todo el día fregando portales y limpiando casas, pero así es la vida, ji ji ji ji-
- - A ver, hija, todos tenemos que trabajar, dichoso trabajo de los ...cojones, iba a decir, hi hi hi hi, pero por eso te digo que si él te retira pues mucho mejor-
- - Eso, ¡pues mucho mejor, ji ji ji ji!-
- - Oye, Rosa Luna, y ¿de lo otro qué?, cómo va la cosa, hija mía-
- - Uhhhh, ahí va, ni palante ni patrás, sigo yendo a la quimio cada veinte días-
- - Nada, mujer, ya verás cómo todo sale bien, las cartas no mienten nunca, si las cartas dicen que hay amor, es que hay amor, aunque a tu pareja se le pueda escapar una leche de vez en cuando, y si las cartas dicen que hay salud, es que hay salud, es que hay salud y ya está, te puedes morir, eso es cierto, pero con una salud de hierro, las cartas no mienten jamás, uhhh, pero bueno, a lo que íbamos...-
La vidente desvió la mirada hacia un lado. Se quedó callada escuchando con la boca abierta, con expresión alucinada, algo que le decían desde detrás de la cámara.
- - Oye, Rosa Luna, que tenemos que irnos a publicidad, que ahora después de la publicidad me llamas y seguimos hablando, ¿vale cariño?-
- - Vale-
- - Y que me alegro mucho de verte tan bien-
- - Vale-
- - Bueno, de verte no pero ya es como si te estuviera viendo de tantas veces como te oigo, hi hi hi hi, debes de ser muy guapa-
- - Uy, ji ji ji ji, ahora ya no, pero de más joven me parecía un poco a Liz Taylor, ji ji ji ji -
- - Ya, y tu novio a Gary Cooper, hi hi hi hi,
- - ¿Eh?, no, tanto como eso no, pero se parece un poco a Paquirri, ji ji ji-
- - Hi hi hi hi
- - Ji ji ji ji
- Te lo dijeron las cartas, ¿te acuerdas? y tú no querías creerlo, aaaayyy, mujer de poca fe, corazón mío, uhhh, oye, Rosa Luna, cariño, y ¿cómo es tu príncipe azul?-
- - Uy, parece un actor, ji ji ji ji lleva una cadena de oro con un crucifijo muy grande en el pecho, el pelo lo tiene largo, un poco canoso, pero mejor, porque dicen que a los hombres de pelo cano no se les cae nunca, tiene un ojo de cristal de un accidente que tuvo con el taxi en la carretera de Extremadura a la altura de Calypo viniendo de Madrid, pero casi no se le nota, si no te lo dice tú ni lo notas, se llama Vicente, Vicente Goselín, parece un bandolero del oeste porque anda un poco espatarrado como los indios aquellos con los que jugaban de los niños, ji ji ji ji, pero bueno, con él mi vida ha dado un giro de......-
Pi pi pi pi pi..... La comunicación se cortó de repente. Bueno, no importa, llamaré después de la publicidad. ¡Estoy tan contenta!, mi vida, por fin, ha dado un giro de trescientos sesenta grados.
ALGUNAS noches, cuando me quedo solo,
cuando los dementes y estruendosos engranajes del mundo
parece que se detienen,
me asomo por el borde de mi corazón
y descubro abismos de ausencia.
Se ahogan las raíces en la incesante corriente del devenir
y los seres más cercanos vertiginosamente se alejan.
Contra todas las leyes de la física
es el vacío la masa que más pesa.
De repente me sorprende la añoranza
como un estallido de dolor en la oscuridad.
Son tantas culpas cobardes, tantos errores,
pequeños como metralla y grandes como planetas,
a la estela de ese cometa ciego y temerario llamado libertad...
Pero bueno, la vida suele dar en estas cosas,
paseos al atardecer por la orilla del desamor,
con los bolsillos llenos de un montón de soledad.
LA CUESTA DE LAS CAÍDAS
En la puerta del bar El Esquinazo, había un cristo de tamaño natural tirado con su cruz en el suelo. Parecía un borracho durmiendo la mona.
A la vuelta de la esquina, dos borrachos vestidos de nazarenos se habían liado a hostias por una cuestión de lindes. Uno se llamaba Ambrosio Cabezón Velilla, olía a pisto manchego y tenía cara de negro albino. El otro se llamaba Juan Sebastián Cano Fístulo, olía a liebre desollada y tenía cara de monaguillo antiguo con su flequillo romano, la frente estrecha y la boca ancha y socarrona.
Un paso de semana santa, que representaba a la virgen de la Soledad llorando ante el sepulcro de su hijo, esperaba a la sombra, apoyado en una peana, aparcado entre un coche rojo y un tractor verde con las ruedas llenas de barro.
Dentro del bar, el resto de cofrades estaban también borrachos como cubas.
-¡Otra ronda, Rufino!- Aulló con voz pastosa Demetrio Angustias, golpeando con valentía la sucia formica de la barra.
Demetrio Angustias Rayo, antes de ser albañil, había sido niño prodigio de las matemáticas. Con sólo tres años sabía dividir por varias cifras y resolvía problemas que a un adulto con estudios como un servidor le costaría resolver. En un plato hay 120 albaricoques y en otro 50 boniatos. Por cada 5 albaricoques que yo me como, mi hermana se come un boniato. Si yo me he comido todos los albaricoques, ¿cuántos boniatos le han sobrado a mi hermana?... En fin, ejemmm, pues problemas así el niño prodigio los resolvía en un abrir y cerrar de ojos.
-A ver, Demetrín, ¿cuántos años tiene el yayo Mon?- Le preguntaba la tía Fili con su afilada nariz de bruja.
-El yayo Mon nació el cuatro de mayo de 1934, y como ahora estamos a treinta de marzo de 1999, el yayo Mon tiene 64 años, un mes y ocho días si contamos los años bisiestos-
Todos se quedaron boquiabiertos.
-Por cierto- continuó el repelente niño prodigio al cabo de un rato, con su vocecilla de papagayo- circulamos por la nacional tres dirección Valencia, kilómetro setenta y ocho pasando por Tarancón -
Demetrín Angustias era albino, tenía las cejas, el pelo y el rostro blancos como si le hubieran arrojado un puñado de harina a la cara. Era primo de Ambrosio Cabezón, que todavía seguía pegándose puñetazos en la calle con su vecino Juan Sebastián.
- - Ja ja ja ja - Reía contando chistes Julianín Colodro, que era el presidente de la hermandad y tenía la costumbre de rascarse los cojones cada vez que creía decir algo profundo.
- - ¡Juanito, el genio de Fuengirola, ese sí que era un crak y no tos estos maricones de mierda que se cren algo y luego no son na!- Dijo Julianín Colodro rascándose los testículos. Julianín Colodro Mudas tenía una cabeza muy pequeña y los ojos bizcos y de un azul irreal, como esos marcianos de las películas baratas. Era primo, por parte de madre, doña Aquilina Mudas Higo, de Ambrosio y de Demetrio. Julianín Colodro convivía con una paralítica muy guapa que lo colmaba de amor. Se llamaba Mirian Sinfrutos. Si pasaban cinco minutos de la hora en que él debía volver a casa para comer, ya estaba ella telefoneándolo preocupada, o corría con su silla de ruedas buscándolo por los bares que frecuentaba. Para ella él lo era todo, su vida, sus piernas, su corazón. Un amor un poco agobiante, por cierto, como el que suelen prodigar las mujeres con complejo.
Ya estaba anocheciendo cuando los cofrades salieron dando tumbos a la calle.
Crisipo Calabazo, que era taxista en Móstoles, levantó el cristo del suelo y con su pata chula encabezó las huestes que rodearon la imagen de la virgen de la Soledad que estaba aparcada entre el coche y el tractor...¿Cómo? Si haces esa pregunta es que no conoces a nuestros superhéroes de Cuenca, una vez cuatro quintos subieron a pulso un carro a lo alto de un tejado, ¿cómo no iba a poder uno solo con una simple cruz?, y con dos cruces si se hubiera terciado. Además Crisipo Calabazo era especialmente bruto. Una noche se fue de putas con un amigo suyo que era muy gordo y que se llamaba Remigio Mirinda, y sin saber cómo ni como no, acabaron en medio de un páramo en el término municipal de La Seca, provincia de Valladolid, a las tres de la tarde de un tórrido día de Julio, bebiendo a morro de una garrafa de diez litros de vino peleón de Rueda, mientras derribaban a puñetazos un muro de adobe que había sobrevivido a la guerra civil. Sólo al cabo de tres días, cuando se le hubo pasado un poco la resaca, nuestro héroe se dio cuenta de que tenía la mano rota por todos los metacarpianos, y amorcillada como una rata muerta en una cuneta.
En la acera, un niño tenía aprisionada a una niña contra la pared de una casa abandonada. La niña lloraba porque el niño quería darle un beso.
- Que no, Narcisín, que estamos en cuaresma-
- Pos entonces me tiro desde el campanario-
Por el cielo cruzó una cigüeña con un nido de tordos en el pico, impasible ante el acoso de la madre torda que se cernía impotente a su alrededor clamando por sus poyuelos. La trágica escena recordaba a un desahucio de los bancos.
A Crisipo Calabazo Tenias lo había abandonado su mujer. Al principio fue muy duro, durmiendo en el parque frente al bloque donde vivía su familia, viendo por la ventana las luces encendidas de su casa, los niños calentándose en el radiador y su mujer trajinando en la cocina. Una noche casi se murió de frío. Más tarde se mudó a un coche destartalado que convirtió en su hogar. En la madrugada del año nuevo pernoctaba en el parking de una gasolinera cuando de repente oyó golpecitos en la ventanilla. Era un guardia civil que parecía un gigante y que con gruñidos de ogro le pidió la documentación. Crisipo Calabazo tuvo entonces la sensación de que estaba tocando fondo. A la postre decidió vivir, igual que la ladilla aquella que, por circunstancias del destino, de la noche a la mañana pasó del vello púbico de la prostituta al bigote del motorista. Empezó a frecuentar el club L´ Amour, donde conoció a una brasileña especializada en el baño maría, que le alegró las noches con sus caras voluptuosidades.
La imagen llegó al pie de la empinada cuesta de las Caídas. De repente se puso a andar hacia atrás con paso ligero, a fin de coger carrerilla para acto seguido salir zumbando hacia delante y enfilar la empinada cuesta a toda velocidad. En la loca carrera en pos de la cumbre algún cofrade que otro caía al suelo y era pisoteado por las turbas y abandonado en el camino con la pierna rota o la cabeza abierta.
La virgen se balanceaba como si bailara un rock frenético, con una expresión de terror en el rostro.
En las márgenes de la empedrada cuesta la muchedumbre gritaba enfebrecida animando a los costaleros. Parecía que este año por fin lo iban a conseguir. (Desde que acabó la guerra nunca lo habían conseguido) Pero justo antes de coronar la cima, el paso empezó a vencerse como un carro sobrecargado de estiércol, hasta que finalmente cayó hacia atrás arrastrando a los beodos costaleros como si fueran bolos inertes.
Se oyó un ohhhhh de decepción entre el gentío.
-¿Y por qué no dais la vuelta por la calle del royo?- Propuso con su voz gangosa Bienvenido Cabrillas, el tonto del pueblo.
Julianín Colodro lo miró con resignada conmiseración, mientras recogía su capirote del suelo.
La imagen de la virgen, después de tantas caídas, parecía la figurilla amputada del futbolín de un campamento de verano.
Una guapa y algo gordita penitente, con mantilla, medias negras y peineta, que era esposa de un guardia civil y amante secreta de un gitano tarambana, pero apuesto y bien dotado, que se llamaba Régules Minguilla, mostraba dos lágrimas como dos perlas en su bello rostro, iluminado como el tintineante farolillo del paso siniestrado al pie de la cuesta de las Caídas.
EL RÍO DE HERÁCLITO
¿Juramentos eternos?
Eterna es sólo la muerte,
y nosotros nos conocimos en el río de la vida,
donde todo fluye, donde todo pasa,
donde las pasiones se suceden como gotas en una clepsidra,
donde los juramentos se escriben sobre el agua.
Es el amor y esas otras cosas tan solemnes
balsas de náufrago varadas en la orilla,
mientras la corriente que antes nos unió ahora nos separa,
nos aleja, nos ahoga, nos arrastra.
Porque estamos hechos de tiempo, de renuncias,
y de besos desesperados con regusto a despedida.
MAL VINO
Dice ¡quién es!, digo soy yo, Burrul, dice y ¿qué haces llamando al telefonillo tan temprano?, son las diez de la mañana y la gente está durmiendo, digo no son las diez, son las once, dice bueno, es igual como si son las doce, dice y qué quieres, sabes que no te conviene andar por aquí, estás en busca y captura, digo yo sólo vengo para avisarte, paya, dice y de qué me quieres avisar Burrul, digo ahueca el ala porque el Toni viene a buscarte con el jamonero, y dile a tu chorvo que se largue ahora mismo también por la terraza que da al patio del colegio, dice eso es imposible, el Toni está en Torrero cumpliendo condena, digo pues o se ha escapao o lo han soltao porque se ha pasao to la noche en el club bebiendo wisquis y ha jurao que hoy te iba a marar, digo y ya sabes que cuando el Toni se pone se pone de verdá, que dice el Chutes que hasta se ha cortao una vena pa dejar salir tanta rabia, dice pos a ver qué hago yo, Burrul, digo mira Anamari, dice qué, digo na, lo primero dile al Kevin que se largue ahora mismo, a lo mejor yo puedo todavía hablar con el Toni y hacer que entre en razón, dice el Kevin no está aquí, Burrul, estará en el Kokimbo haciendo algo, digo cómo que no está ahí, Anamari, si lo estoy oyendo roncar que parece un búfalo, dice ya te he dicho que no está aquí, será la televisión, digo pos allá tú, paya, yo sólo te aviso, el Toni salió de Torrero, se fue pa la casa que teníais en Torrevieja y la quemó con gasolina, después se vino pacá con un buga que robó y anoche le dijo en el club a la Merche que te tenía que matar como a una mosca aunque fuera lo último que hiciera en su perra vida, digo que me lo ha dicho Josete el Chutes, y ahora viene por la calle dando tumbos con el cuchillo en la mano, dice pero es que no me piensa dejar en paz nunca el calorro hijoputa este de los cojones, digo ya sabes cómo son estos gitanos, Anamari, si te hubieras casao conmigo otro gallo te hubiese cantao, dice y qué iba a hacer yo en la vida con un yonki muerto de hambre como tú, que ni eres payo ni gitano, que pareces tal que un jilguerillo porque el caballo te tiene consumías las carnes, digo por ti yo habría dejao la droga, paya, hasta me habría puesto a currar en la chatarra y todo o de curriqué mismamente, fíjate lo que te digo, dice bueno bueno, a ver qué hacemos, Burrul, digo yo sólo he venío a avisarte, llama a tus hermanos porque a este ya no hay quien lo pare, digo ya sabes lo que hizo con el Pililo cuando le dijo que hacía trampas jugando al póker, dice pero quién me mandaría a mí casarme con un gitano, dios mío, si ya me lo decía mi madre, no te cases con ese, niña, que me ha dicho el cura que encima de gitano es comunista, cásate mejor con el guardia civil, digo oye Anamari, dice qué, digo na, que me tengo que abrir, que no me lo quiero encontrar de frente porque trae mu mal vino, echa los cerrojos, dice qué cerrojos si no hay ni cerradura en la puerta de una noche que el Kevin la rompió de una patada cuando llegó borracho del Kokimbo, digo pues tú verás lo que haces, yo si veo que se puede hablar con el picha, hablo con él, pero ya sabes cómo es el Toni, digo oye Anamari, hija, dice qué, digo na, por qué no me echas diez euros por la ventana pa comprar un poco de mierda y echarme unas risas con el músico negro en el solar de la galería comercial, dice tú lo que tienes que hacer tío es abrirte de aquí que estás en busca y captura, Burrul, digo me he arriesgao por ti, paya, que está granizando y to, porque sabes que eres la segunda persona a la que más quiero después de mi pequeña, dice toma tus diez euros Burrul, pero acércate al bar de Crescincio y dile a mis hermanos que vengan con la escopeta, digo ahora mismo voy pallá, digo la que se va a armar este miércoles de ceniza, dice ay, dios mío, tanto trabajar pa esto, digo despierta al Kevin, dice al Kevin no hay quien lo despierte que ha llegao de madrugá como una cuba, que venía gritando no sé qué del capitalismo salvaje, que con la nariz vendá y con la curda que traía parecía tal que una fantasma asustando a los niños, digo pues que sea lo que dios quiera, dice lo que tenga que ser será, Burrul, digo pos eso Anamari, y ten cuidao que ya está aquí, que parece un pistolero con esas gafas negras y con esa barriga echá palante andando despacio pa no caerse en medio de la calle, dice ¡ay, dios mío!, digo ¡madre mía la que se va a armar hoy aquí!....
PESADILLA
Las tres viejas reían como quinceañeras atolondradas. Chateaban por el iphone con alguien desconocido. "kién eres, psadilla", preguntó la vieja del medio mirando con ansiedad la pantalla multicolor, esperando ver aparecer las mágicas letras que configuraban palabras, palabras con un significado o sin ningún sentido.
La vieja del medio tenía el pelo teñido de color caoba. La nariz muy grande, los ojos muy pequeños, parecía un oso hormiguero, era viuda de un torero de charlotadas y una vez escribió un libro sobre mujeres maltratadas, le salió así, de un tirón, como quien no quiere la cosa. La vieja de la derecha, según miramos de frente, tenía un aspecto polvoriento y lúgubre de murciélago de caverna, parecía que se iba a morir pronto, había sido cocinera en un geriátrico, por eso de vez en cuando echaba una mano a la Juani en la cocina, con permiso de la gobernanta, claro está. La de la izquierda llevaba el pelo recogido en un moño, era menos vieja que las otras, tal vez tuviera sólo setenta años, gafas de aumento, dientes prominentes y postizos y una verruga en el lado derecho de la mejilla según la miramos de frente, no, no, en su lado derecho, ahora que caigo, de más joven había sido fallera mayor, de oficio peluquera y esteticién.
Las viejas reían desinhibidas y entusiasmadas.
-Ji ji ji ji ji ji - Reía el murciélago.
-Je je je je je- Reía el oso hormiguero.
-Ju ju ju ju ju- Reía la fallera mayor.
- ¡Uy, dice que quedemos!, je je je je je- Rió el oso hormiguero, sorprendida como si le hubiese tocado un premio en el envoltorio de un caramelo.
- Ji ji ji ji ji-
- Ju ju ju ju -
"Pero kién eres, psadilla, y dónd kieres k kdemos"
-Ji ji ji ji ji ji-
- Je je je je-
De pronto pareció que las tres viejas perdían el interés por el iphone. Se quedaron en silencio. El oso hormiguero miró al vacío, sin pensar en nada.
Pasó el tiempo, crepitando como la carcoma que se va comiendo por dentro la madera de los muebles. La tarde estaba muriendo, nublada, gris, la vida se estaba acabando.
"Píter, k Píter?, no conozco a ningún Píter d Guarromán"
- - Ji ji ji ji ji ji - Volvió a reír el murciélago.
- - Je je je je je- Volvió a reír el oso hormiguero.
- - Ju ju ju ju ju- Rió de nuevo la fallera mayor.
"En Alegoría?, ok, kdamos en Alegoría ste sábado x l noche, yevaré unas amigas J"
- - Je je je je je je- Rió el oso hormiguero.
- - Ji ji ji ji ji ji- Rió el murciélago.
- - Ju ju ju ju ju ju-. Rió la fallera mayor.
Una auxiliar joven y guapa se asomó por la puerta y se sacudió el cabello con un gracioso movimiento lleno de voluptuosidad. De repente entró por la ventana el último sol de la tarde.
LA ESTRELLA ROJA
Seila es una hurí de esas que te reciben en el cielo cuando mueres. Entonces te preguntas: ¿Y para esto he sido un mártir?. No es ni más ni menos que una puta. Solitarios pasillos fucsias de madrugada, el puteril ajetreo del vestíbulo, la enferma humanidad, el agua corriendo en el bidet, tristes felaciones de leves jadeos con su boquita pintada, al ritmo de sus tetas cansadas de negros pezones, mientras la luna asoma su rostro bobalicón por la ventana abierta, y los faros de los camiones se alejan hacia la frontera de Francia, con un eco efímero de soledad. Seila ni siquiera se llama Seila, creo que ha olvidado su nombre, tampoco es paraguaya, sino moldava, un país pequeño y lejano cerca de la gran Rusia, donde, como en tantos otros sitios en estos tiempos tan difíciles, las madres amamantan a sus crías con paupérrimos pechos de cebolla y hambre.
Seila, o como se llame, al principio lloraba en silencio en un rincón de su mente recordando su perdida infancia. Pero enseguida, justo a los ocho días, comprendió que la vida es un vértigo que nos empuja hacia el abismo. La sonrisa porcina del proxeneta, las horas muertas recorriendo el burdel de arriba abajo, siguiendo el rastro de otra presa herida de desamor.
- - Qué rápido te has vestido, Seila-
- - Es que llevo poca ropa, cariño, anda, dame los tres euros de las sábanas, por favor-
Y se estira el corto y ajustado vestido negro mientras brilla una pequeña llama allá al fondo de sus limpios ojos verdes.
La beso en la mejilla y tengo la sensación de que el mundo es una falla de cartón a punto de ser quemada.
Seila es fugaz como el amor, como la esperanza. Se sube sobre los altísimos tacones y sus caderas parecen estrecharse, su figura se alarga como la sombra del ángel custodio de una tumba.
En la barra, un camarero cetrino que se llama Maroto, con una cresta de gallináceo en la cabeza y la uña del dedo meñique izquierdo más larga y negra que las demás, sirve ginebra garrafota en un vaso que parece temblar bajo el neón irreal que ilumina la pasarela donde se insinúa una atractiva striper de grandes pechos y suaves caderas, hay algo en la cara y en las poses del cuerpo de la diva, que recuerda a los cerezos en flor del Jerte.
Mientras hago sonar los cubitos del vaso, como si fuera el tintineo de una procesión de Viernes Santo, tengo la sensación de que éste tampoco es mi sitio, de que una vez más me he equivocado al elegir.
En la tele, un locutor de ojos desorbitados preconiza el fin de la Tierra cuando el sol degenere en una estrella roja y engulla sin paladear, como si fuera carbón de estiércol bovino, toda la mierda humana. Decido coger mi furgoneta de reparto y volver con la parienta, antes de que algo así ocurra.
DISPAROS EN LA OSCURIDAD
- - ¡Deprisa, deprisa!- Apremió el padre al doctor Gamo, que había llegado en su coche detrás de la ambulancia. El doctor Gamo se parecía a la momia de Lenin, la piel tersa y cérea, la calva brillante, le perilla bermeja, la expresión serena y neutra. Tenía andares raros, un poco cómicos, de torero de charlotada haciendo el paseíllo.
- - ¡Pase, pase, doctor Gamo!
El padre parecía un ermitaño que hubiera permanecido largos años recluido en su cueva. Desgarbado, escuálido, cetrino como un cristo yacente, la barba poblada, la expresión desquiciada. Se llamaba Ezequiel Mircunor y era conductor de autobuses en la base aérea de Getafe. Recientemente le habían diagnosticado cáncer de pulmón, no tiene cura, le dijo el médico crudamente. La muerte, la verdad sea dicha, no es que le preocupara mucho, todos tenemos que morir, los listos, los tontos, los ricos, los pobres, los buenos, los malos, los lagartos, las mulas, el papa...Lo que realmente le preocupaba seriamente era irse al otro mundo dejando tantas cosas a medias.
La madre, una mujer de mediana edad, muy gorda, de rostro bondadoso y mirada clara, lloraba en el umbral de la puerta. Se apartó un poco para dejar pasar al doctor Gamo.
- - ¿Qué ha pasado?
- - Nada, doctor Gamo, estábamos comiendo tranquilamente viendo la tele, cuando de repente se puso a hablar de cosas raras, decía que los árboles iban corriendo por la calle, luego, de repente...-
El doctor ya tenía la mano en el pomo de la puerta. El enfermero de la ambulancia lo miraba con ojos saltones. Se disponía a abrir cuando un perro grandón y despeluchado le puso las patas encima.
- - ¡Quieto, Tor, ostris!- Riñó el padre al perro- ¡Mencia llévate a Tor fuera!-
Mencia era la hija menor. Padecía el síndrome de Asperjes. En clase no hablaba con nadie. Si una compañera le pedía la goma de borrar, ella la miraba de reojo y acto seguido se ponía a llorar desconsoladamente.
El hijo mayor subió en ese instante las escaleras del sótano donde tenía su estudio. Era dibujante de cómic de superhéroes, tenía unos dientes demasiado prominentes, los ojos desavenidos, mientras el derecho miraba hacia el sur, el izquierdo miraba hacia el noroeste.
- - ¡Qué desgracia, Señor, qué desgracia!- Sollozaba la madre con las manos sobre los abultados pechos. Estaba angustiada y no podía respirar bien.
Por fin el doctor Gamo entreabrió la puerta de la habitación y allí apareció Margarita, la hija mayor, en un rincón en penumbra, de espaldas a la pared, apoyada en un solo pie, la otra pierna recogida como si fuera una grulla o un pelícano, riendo convulsivamente.
-¡Ji ji ji ji ji ji ji.....ji ji ji ji ji ji ji ji...!-
-Ha sufrido un brote psicótico- diagnosticó el doctor Gamo, tras un impás, acariciándose la perilla.
-¡Ji ji ji ji ji ji ji....ji ji ji ji ji ji ji ji...!-
- Lleva así toda la tarde, ¿qué se puede hacer doctor?-
-Ji ji ji ji ji ji ji ji....ji ji ji ji ji ji ji ji!-
-Ahora lo mejor es dejar que se calme, una vez una paciente mía de Campo Real se tiró así tres días y tres noches, cuando se le cansaba una pierna se apoyaba en la otra y seguía a lo suyo-
-¡Ji ji ji ji ji ji....ji ji ji ji ji ji ji!-
- Con lo bien que iba ahora en el instituto,- se lamentó la madre ahogando los sollozos- había empezado a hacer amigas y hasta le empezaba a gustar un chico y todo, ¿por qué le ha pasado esto a mi niña, doctor?-
- ¡Ji ji ji ji ji ji ....ji ji ji ji ji ji ji!-
- Nunca se sabe, señora, son como disparos en la oscuridad de la mente, la cosa más tonta puede desencadenar una crisis, una vez una paciente mía mató a su novio porque le perdió un pendiente al darle un beso en la oreja, son personas muy vulnerables que se encierran en sí mismas, a veces se van y ya no vuelven nunca, esperemos que no sea este el caso, pero ya veremos, ya veremos...-
-Ji ji ji ji ji ji.....ji ji ji ji ji ji ji-
El perro, desde el jardín, miraba por la ventana moviendo la cabeza a uno y otro lado.
-¡Ji ji ji ji ji ji....ji ji ji ji ji ji ji!-
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¿HERIDAS?
Una sola herida, pero tan grande
que ni mil labios juntos podrían suturarla,
una herida tan profunda que en el fondo de su sangre oscura
se ahogan todos los mañanas.
Quema el fuego de la carne desgarrada,
de los nervios rotos, de las venas reventadas,
y arde y hierve y rabia.
Todo el dolor de la vida se reúne
entre sus bordes infectados de muerte.
Una herida enorme y solitaria como un dios vencido.
Una herida más grande que un cuerpo y un alma juntos.
Una herida que al llegar el día se cierra, por pudor, en falso,
pero que por dentro sigue creciendo, latiendo,
mordiendo, abrasando,
como un sol que se devora a sí mismo.
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¿QUIÉN eres? ¿qué eres? ¿de dónde vienes?
¿Eres acaso una estrella caída?
Vas dejando una estela de luz y de fuego
sobre la piel por la que te deslizas,
el roce de tu carne incólume
despierta de repente la vida.
Donde tus labios se posan
la esperanza vuelve a brotar,
germina la fe y crece la llama del deseo.
Sospecho que has venido a levantar
de la tumba a los muertos.
Tu cuerpo es un milagro
que multiplica los panes y los peces,
que convierte las lágrimas en vino,
que sana las pústulas mortales del alma.
Cerca de ti apenas dura la oscuridad.
Breve e intensa como una llamarada,
desapareces si se te conjuran
esas tristes cosas de la realidad.
LO dejo todo para seguirte a través de los trabajos y los días.
Te apartaré las piedras del camino
y cuando cruce los desiertos
el agua de tus labios será mi única guía.
No dejaré que te desangres cuando la vida te hiera.
Te abrazaré en la oscuridad
y juntos buscaremos todas las respuestas.
Jamás te abandonaré a la soledad
como una rama tronchada que arrastra la corriente.
Tu sed será mi saciedad, tus errores mis certezas,
y tendré apretada tu mano
si antes que mi nombre pronuncia tu nombre la muerte.
Ven, andemos juntos sobre las aguas,
que es hora de creer, de afirmar, de confiar,
que es tiempo de absoluciones y de esperanzas.
POR fin había llegado ese día en que lo había perdido todo.
El amor se me había escapado como una barca mal amarrada a la orilla.
Anduve por la calle de los prostíbulos como un perro husmeando en la basura.
Finalmente entré en una iglesia y me senté en un banco.
En el otro extremo rezaba un negro,
y una vieja sacristana con ojos de rata y dientes de conejo
colocaba flores de boda en el altar.
Allí estaba yo, solo y enfermo, cargado de años y de penas,
un signo de interrogación ante la inmensidad de la muerte.
Sentí frío, miedo, culpa.
¿Para qué tantos años de búsqueda,
para qué tantas derrotas contra el muro de la realidad?
En la calle se oyó una sirena, y un sordo aleteo de buitres
que la gente exudaba al pasar.
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