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La Coctelera

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7 Febrero 2012

toro sentado

 

 

 

DOMICILIO CONYUGAL

 

El mendigo se balanceaba  como uno de aquellos borrachos de posguerra que cantaban por soleares en las esquinas de los pueblos derruidos, los melancólicos anocheceres de domingo. Vino malo. Vino amargo y negro como la desesperación. Tragos tóxicos que perforan los intestinos y emponzoñan las cloacas de la mente.

Sobre la cabeza una especie de safka rusa con las cinchas desabrochadas. La colilla quemándole los amarillentos dedos de la mano izquierda. Con la derecha gesticulando como un cura o como un feriante, que viene a ser lo mismo. Le declaraba su amor a una mendiga que permanecía acurrucada dentro de un cobertizo hecho con cartones de fortuna, liándose un canuto.

  • - Te quiero más que a na en el mundo, Dulcemía, te quiero más que a na de lo que tengo-

(Tampoco es que tuviera mucho el hombre que digamos)

La mendiga se hacía la despechada, aunque no podía reprimir una gorda sonrisa de satisfacción. La mendiga era guapa y sucia, como una moneda de oro arrojada al barro, con una blanda expresión de víctima en los ojos.

  • - Anda, Dulcemía, déjame entrar-
  • - Que no, Nardo, ya te he dado muchas oportunidades y tú siempre me has fallado, siempre lo estropeas todo-

El mendigo se llamaba Nardo Mon Carretillas. Tenía cara de mono amaestrado, cetrino, oscuro, con un aro pirata en la nariz, cuando levantaba el gesto y entornaba los ojillos penetrantes, se parecía un poco a Toro Sentado.

La mendiga y el mendigo llevaban viviendo juntos dos años, en aquella caseta de cartón "tal que hecha" con cajones de fortuna y de ducados, en los bajos de la Plaza de los Cubos, junto a la salida de emergencia de los Cines Princesa. Hacía poco que habían decidido casarse. Ya tenían hechas las invitaciones de boda en una especie de colage de color rosa en cuya carátula aparecía una caricatura bastante mejorada de Toro Sentado, sonriendo y sujetando en brazos a la novia con su largo cabello, sus muslos poderosos y un ramo de marihuana en la mano. 

Pero la vida es como este viento siberiano que zarandea los árboles y las marquesinas, convirtiendo en desiertos las calles y los corazones.

  • - Que no, Nardo, que te he dicho que no, vete con la puta esa a que te la chupe en el cajero, y de paso te pones a hacer gimnasia pa que ella te vea como aquella tarde en la plaza-

La verdad es que, bien mirado, en el cajero por lo menos se estaba caliente. Y en una noche tan fría como esta la policía no tenía valor para echar a los mendigos que se apiñaban, bajo el neón ostentoso de los bancos (hay que ver, unos con tanto dinero y otros sin ninguno), como cerdos en uno de esos  camiones que circulan lentamente por la carretera de Badajoz a Plasencia.

La mendiga y el mendigo se miraron furtivamente a los ojos. Se amaban, cosa que no puede decir todo el mundo, casi nadie. En un mundo tan fiero y demente como este, en un Universo tan extraño y violento, aquellas miradas eran una estrella ardiendo fugazmente en medio del hielo sideral.

  • - Te quiero más que a mi vida, princesa, más que...¡buenas tardes, jóvenes, unos céntimos para poder comer algo por el amor de dios!- Se giró de repente el mendigo, dirigiéndose a unas maestras jubiladas que salían del cine comentando la película, pedantes y ateridas, viejas en definitiva, definitivamente viejas, sólo viejas al final de la vida. Una de ellas, sin embargo, no era tan vieja, pero era muy grande y torpe, parecía un mamut. En la cartelera de los cines aparecía un elefante tímido intentando esconderse detrás de una palmera.

El mendigo, en su pueblo, había sido carpintero, ese oficio de dioses. Pero la crisis lo arrancó del árbol de la vida, como a tantos otros frutos amargos que ahora anegaban los pasadizos peatonales y los vomitorios de los metros.

La mendiga había estudiado dos años de psicología, antes de que sus padres se mataran en un accidente de tráfico en la carretera de la Fortuna. Se llamaba Dulcemía Secilla Hidalgo (todavía recordaba sus apellidos), y era natural de Valdemoro.

  • - Yo sólo quiero un hogar y una familia como dios manda, Nardo, y tener muchos hijos, que ya voy a cumplir cuarenta...creo, cuarenta o cuarenta y uno...., no lo sé a ciencia cierta.- Añadió, acabando de enrollar el canuto con sus manos pequeñas y un poco trémulas.
  • - Toma esta flor, princesa, de mí para ti- Y el mendigo, llevándose la mano de la colilla al corazón, le alargó con la otra una rosa que había sacado no sé de donde, tan ajada y marchita como su careto de borracho crónico.

La mendiga parpadeó como una princesa de los dibujos animados (que atento y educado), pero finalmente se mantuvo firme.

  • - Que no, Nardo, que te he dicho que no, ¿y de donde has sacao tú esa flor si se puede saber?, yo creo que te estás amariconando un poco desde que te juntas con el julai ese de la oenege esa del proyecto hombre de los cojones o como se llame, ahora andas más femenino y todo, ji ji ji ji-
  • - Anda, mujer, déjame entrar-

El mendigo sospechaba que una noche más acabaría en el cajero del Bankinter, oliendo a pedos, a orines y a crimen. Aun así continuó intentándolo, recurriendo esta vez al infalible truco de la cínica sonrisa de galán cinematográfico, con sus dientes mellados, torcidos y amarillentos.

Una ráfaga de viento helado arrastró una bolsa de plástico de la editorial Santillana, que se puso a dar vueltas, enloquecida como un animal atrapado, en el rellano fluorescente del Burger King.

 

 

 

servido por eugenio 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

carretillas elevadoras segunda mano electricas

carretillas elevadoras segunda mano electricas dijo

Buen relato. Una realidad muy triste la de los sin techo que tienen que dormir en los cajeros. Me ha gustado que el mendijo se lamara 'Nardo'.

8 Febrero 2012 | 11:41 AM

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