libros, libros, libros
¡LIBROS, LIBROS, MÁS LIBROS!
Se había echado una amiga y estaba radiante. Desde que tuvo que sacrificar a su perrito Trasto, (ya era muy viejo el hombre, se había quedado ciego y se iba chocando y meando por todas partes), había pasado una mala racha. Incluso llegó a llamar a una vidente, la célebre argentina Balbina Luceni Jacalandra, experta en el método del grano de mostaza, una mujeruca de ojos pícaros y una cara como si estuviera hecha de cartón mojado.
- - Hola, ¿quién eres?-
- - ...Soy Rosita- Contestó Rosita gangosamente.
- - Uy, Rosita, te noto un poco decaída, estás pasando una mala racha, a que sí, carita bonita, eres tímida y te gusta salir poco, tú cuando te quitas los tacones ya no te los pones ni para ir a bailar, tú bailar como el joder del loco, ni mucho ni poco...-
- - ¿Eh?-
- - Nada, nada, cariño, que te sientes un poquito sola, ¿qué signo eres?-
- - Leo-
- - Leo, a ver, corazón, te voy a echar las piedras de la suerte-
Rosita Espinosa no es que tuviera una carita bonita, precisamente. De pequeña se le escurrió a su madre de los brazos y se le cayó a la lumbre. Una cabeza llena de costras como las de un perro sarnoso, con mechones de pelo que parecían los de un cadáver exhumado. La nariz como los agujeros que horadan las lombrices en la tierra después de llover, las mejillas plagadas de bubones infectos, los dientes como las almenas de un viejo castillo asediado a cañonazos, los ojos, que daban vueltas en las cuencas como las bolas en la ruleta de un casino, ocultos tras unas gafas ahumadas pasadas de moda. Los brazos acabados en inacabados muñones, como los de una figurilla de barro de un belén amputada por los niños, donde debería ir el pulgar aparecía un asqueroso orificio que recordaba al ano arrugado de una mona vieja. Rosita ni siquiera había tenido la oportunidad de ser fea, permanecía recluida más allá de la fealdad, en una dimensión teratológica, era una masa de carne deforme, como cera derretida a la que le habían puesto dos evocaciones de ojos desnivelados. Olía a panceta chamuscada, a vaquería antigua y a orina de mula. En el carné de identidad no se sabía a ciencia cierta si estaba de frente o de espaldas, la foto, más que un rostro, parecía una huella dactilar.
Con semejantes créditos no era de extrañar que siempre anduviera sola. Cuando en carnaval salía a la calle, los niños corrían detrás de ella para quitarle la máscara. Probablemente era la cosa más horrenda de la creación, se parecía un poco a Carmen de Mairena, igual de monstruosa, pero sin tanto betún en los morros.
Pero, milagros de la vida, un domingo en el salón parroquial trabó amistad con María Salvadora, la cartera jubilada, que también estaba sola en el mundo como una estrella de papel colgando de un hilo en la inmensidad del Universo.
María Salvadora tenía los ojos hueros y sanguinolentos como los de un sapo, de un azul desvaído como las tripas de un conejo atropellado, la boca torcida en un ictus, las manos vueltas y descoyuntadas como las de una marioneta rota. Andaba un poco de lado, como si se estuviera cayendo, como si se desplazara a empujones.
Enseguida se hicieron amigas, y como a las dos les gustaban mucho los libros (esa terapia de solitarias menopáusicas), la víspera de Reyes decidieron coger el autobús para ir a Madrid a descubrir las últimas novedades.
Nada más atravesar las puertas de la Casa del Libro, el corazón les saltó de gozo como a dos adolescentes en un concierto de sus ídolos.
- - ¡Libros, libros, libros!- Aulló Rosita con su voz retronasal, gesticulando como una mona loca y coqueta.
Y corrieron de un lado a otro manoseando los mansos y asustadizos ejemplares, que hasta ese momento habían estado tranquilos en sus anaqueles.
- ¡El tene...tenedor...el temblor...no, no, el temor de un hon...hongo... sabio!-
- ¡Ay, ese dicen que está mu bien, que se lee de un tirón, ese para mí!-
- ¡La ca...la caca...la canción de a de a de alba, anda mira, igual que la serie de la tele, qué bonito, este para mí!-
- ¡Cri..cri...cri...crimen y ca castigo, esto no sé que es, esto va de tiros y esas cosas! -
- ¡Déja ese tostón, Mari!-
Una dependienta de ojos radiantes las miraba con una sonrisa alucinada.
Mientras tanto se hizo de noche, abrupta y silenciosamente, como suele suceder en invierno. Se encendieron las farolas y las luces de navidad alegraron los comercios.
En la puerta de la librería, entre los andamios de la fachada, un mendigo poeta, sentado en el suelo como un fakir, con sus gafas de aumento llenas de mierda y su voz de chulapo de sainete, señalando con una colilla de lápiz despuntado un papel lleno de grasa de mejillones y gesticulando como si estuviera indicando la ubicación de una calle, recitaba una especie de poema a dos guiris sonrosadas con gorros de lana calados hasta las orejas, que sonreían sin entender ni una sílaba de la cháchara absurda de aquel pintoresco personaje.
- - ¡Los días siguen pasando y yo me sigo enamorando...y ahora, preciosas, la voluntad, que el talento se paga!-
En la acera de enfrente, una guapa marioneta de trapo, con gafas doradas y coletas con lazos rosas, tocaba el violín accionada por las manos sombrías de su padrino, que permanecía apoyado en una muleta encajada en el sobaco.
De repente, en dirección a Callao, bajó marcha atrás, atropellando a la gente en su huida, un tullido en su silla de ruedas, que se había escapado de una residencia donde lo había encerrado su mujer. Iba gritando: "¡Hijaputa, hijaputa, hijaputa...!"
Cerca de allí, las putas de la Montera, ateridas, buscaban el calor de los rellanos.
Rosita y María Salvadora salieron a la calle cargadas con sus bolsas llenas de libros (igual habría dado que estuvieran llenas de membrillos), y, riendo como niñas pequeñas, corrieron Gran Vía abajo para coger el último autobús.