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La Coctelera

calipsopapeleria

12 Noviembre 2011

destino lisboa

 

 EN LA CORTA DISTANCIA

 

 

NEGRO SOBRE NEGRO

La habitación a oscuras.

La muerte enroscándose como una serpiente

alrededor de la cintura.

Qué lejos queda ya todo:

el hogar, la esperanza, la vida.

El cuerpo como un cadáver lanceado supurando hedor.

Los ojos como cristales rotos a pedradas.

Por el pasillo se acercan unos pasos, se alejan.

Es un domingo por la tarde,

en un lugar extraño, frío, grande.

Por el cielo nocturno vagan los pensamientos,

ciegos, solos, heridos,

sin encontrar jamás el camino de regreso.

Llueve tras la ventana.

En la rota cisterna del retrete,

como en una clepsidra, gotea el agua.

 

 

 

 

DESTINO LISBOA

 

El maquinista, que con esa cara de susto parecía un orangután recién cazado con una red, dijo en su declaración que vio a un muchacho desgarbado junto a las vías del tren, que él pensó que estaba esperando a alguien o dando vueltas por allí, que jamás pensó que iba a tirarse al paso del tren, que no pudo hacer nada para evitarlo.

A lo mejor tropezó, a lo mejor fue un accidente. No, no fue un accidente, señor guardia, dice un joven leporino que no se sabe a ciencia cierta si es macho o hembra  (demasiado macho para ser macho), guiñando de vez en cuando un ojo como un búho insomne, que conocía al difunto del curso de fontanero en el INEM, se suicidó, señor guardia, estaba amargado de la vida, siempre andaba solo, no tenía amigos, y desde que su madre se pegó un tiro en el garaje con la pistola de su padre, que era guardia civil retirado, se ensimismó de tal forma que no hablaba con nadie, siempre andaba por ahí con la cabeza gacha, con esas gafas de culo de vaso y ese cuerpo grande y torpón, sin hablar con nadie, se detenía a mirar los escaparates y seguía su camino, le gustaba mucho mirar los escaparates, no sé por qué, yo creo que es que era un poco retrasado. No, no era retrasado, dice con sus labios revesados doña Toñi, la profesora de apoyo que lo tuvo en diversificación, también decían que se drogaba, pero tampoco era verdad, lo que pasa es que tenía un problema de desafecto, todo el mundo lo rechazaba porque era muy retraído, a veces se sentía acorralado y se ponía violento, lo tuve que expulsar una vez  porque se puso a insultarme por una nadería, ¿eh?, pues porque le quité un sombrero de papel que se había hecho con una hoja de periódico, pero el resto del tiempo permanecía sentado en su pupitre al fondo de la clase, sin abrir siquiera el libro, tranquilo como una ballena varada, en el recreo siempre andaba solo, a veces ni salía al patio siquiera, cuando los otros chicos jugaban al fútbol no lo querían ni para portero, luego sus padres estaban en trámites de separación y de repente la madre apareció muerta con un tiro en la sien, cuando Víctor se enteró se volvió loco, empezó a darse cabezazos contra las paredes y se quiso arrojar a un pozo, no sé, yo lo que creo es que no encontró su sitio en el mundo, su vida parecía una tragedia griega. No es que fuera retrasado del todo, dice Blanca Flor, una adolescente deseable con cara de virgen maría, risueña y algo gordita, de la que se dice que anduvo enamorado el difunto, lo que pasa es que daba así como repelús, por un lado daba mucha pena verlo siempre solo por ahí sin hablar con nadie, sentado sobre el respaldo de un banco, con las manos cruzadas y la mirada perdida, pero luego intentabas acercarte a él y te rehuía, y como tenía ese vozarrón que parecía que te hablaba desde el fondo de una cueva, pues daba un poco de miedo estar junto a él, era totalmente antisocial, no sé, parecía un zombi, una vez vino a una fiesta del instituto, yo le había dicho que viniera y parecía que por fin se había decidido, se asomó a la puerta, se nos quedó mirando un rato con cara de terror, como si no nos hubiera visto nunca, hasta que de repente se dio la vuelta y se marchó balanceando el cuerpo sin decir nada, perdiéndose en la noche como un animal nocturno, pobrecillo, era un amargado.

Era una fría mañana de noviembre. Las vías se alargaban hasta perderse detrás de una loma donde se ubicaba la vieja estación derruida, como un río de herrumbre buscando el mar. Los trenes de carga circulaban por la noche, por el día sólo pasaba el tren de pasajeros con destino a Lisboa. Ya tenía que estar a punto de llegar. Por encima del puente, los colegiales del barrio de la Ermita caminaban con sus mochilas en pos del autobús. Un día como otro cualquiera. Miércoles, día de mercadillo en el recinto ferial. Miró a su alrededor como si se dispusiera a despedirse del mundo. En medio de un descampado había un tiovivo abandonado. No echó de menos nada, no se le había perdido nada en esta vida. Se oyeron a lo lejos las campanas de la iglesia. Qué más daba ya todo. De repente vio el tren aparecer a lo lejos como una sombra macabra y liberadora, se acercaba como si fuera borrando los trazos equivocados de su existencia. El corazón le latía con fuerza. En un acto instintivo y absurdo se quitó las gafas y las apoyó con cuidado sobe la hierba mojada. 

Nunca pude hacer carrera de él, dijo el padre, el señor Aniceto Berruelo, que tenía la misma voz cavernosa del hijo y el mismo aire menguado, y que tras morir la madre rehizo su vida con una joven llamada Alina, enjugándose los ojos con un pañuelo y moviendo la cabeza negativamente, no quería ser nada en la vida, no le interesaba nada, no tenía ninguna ambición.

Pues yo te digo a ti que pa suicidarse hay que tener un par de cojones. Comenta en el bar los Tres Hermanos, mientras echa monedas en la tragaperras, un parroquiano pepón que desciende de los moros que devastaron el pueblo y violaron a las mujeres durante la guerra civil.

 El padre lleva la urna con las cenizas de su hijo entre las manos. Se siente incómodo. Se pregunta qué hago yo ahora con esto. Siente que no tiene fuerzas en las piernas ni en las manos, no tiene fuerzas para caminar, para permanecer con los ojos abiertos, ni siquiera fuerzas para respirar. Te acompaño en tu sentimiento, le dice en la escalera un vecino con una nariz que parece el pico de un chorlito. El padre le da las gracias y, mientras introduce la llave en la cerradura,  piensa que ahora tendrá que comprarse ropa negra.

Era un chico normal y corriente, comentó al periódico local la alcaldesa, con sus dientes de burro y torciendo un ojo, el día en que Blanca Flor fue elegida reina de las fiestas.

Dejad al niño descansar en paz. Dijo la tía materna, una rubia pechugona que se llamaba Mari Cruz y que trabajaba dando citas en una clínica dental de Humanes, tratando de mediar entre las familias la triste y tensa tarde del entierro.

 

 

 

 

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