el preso
EL PRESO
El preso salió esposado a la calle custodiado por dos policías. El sol le dio en la cara y entornó los ojos deslumbrado por la luz dorada del atardecer. Era otoño. Un sábado por la tarde. Los muchachos de su edad quedaban con sus novias para ir al cine, para ir a bailar o para pasar la tarde en un centro comercial mirando ropa. A él lo llevaban esposado a los calabozos de la comisaría.
En una gran explanada rodeada por una herrumbrosa alambrada, iban aparcando los coches en batería. Sobre el césped de un campo de fútbol de barrio, que bajo ese sol brillante y limpio del otoño parecía refulgir como esmeralda, los futbolistas, un poco viejos, barrigones y calvos, corrían detrás del balón profiriendo gritos simiescos. Por la carretera rugía el tráfico. Y la gente esperaba en los semáforos para cruzar la calle.
Uno de los policías, que llevaba un peluquín que parecía un mocho de fregona que le hubiese caído sobre la cabeza desde lo alto de una terraza, le ordenó al detenido con voz neutra y seco acento extremeño:
- - Vamos sube-
El preso agachó la cabeza y entró a la parte trasera del coche. El policía cerró la puerta y tras quitarse la porra se acomodó en el asiento del copiloto, junto a su compañero. El coche arrancó.
El preso miró por la ventanilla. Sentada sobre un pretil de hormigón había una chica que se le quedó mirando con unos ojos grandes, tristes y hermosos. La chica estaba con su novio, un muchacho cetrino de sonrisa estólida con una cresta de gallináceo sobre la cabeza.
- - Le deben de hacer daño las esposas en las muñecas- Comentó la chica a su novio, que estaba bebiendo una lata de cocacola.
El coche celular bajó una rampa y se incorporó a la carretera. El preso estaba pálido. Le esperaba un sórdido calabozo, dos largas noches de oscuros temores y angustiosas esperanzas. Y el lunes, a primera hora, cuando en el aire de la madrugada parecen flotar agujas de miedo que se clavan en la piel, la buena o mala predisposición de un juez que dispondría de su vida.
El coche pasó junto a un hospital. Allí los enfermos echaban de menos la salud igual que él ahora echaba de menos la liberad.
Los policías iban hablando de fútbol, ajenos a la tragedia personal que iba tomando forma a cinceladas de dolor en el asiento de atrás.
El preso miraba ávidamente por la ventanilla. Allí fuera estaba el mundo, la luz, los árboles, los colores, la satisfacción de llenarse los pulmones de aire libre, decidir, acertar, errar, el libre albedrío. Vio a un mendigo rebuscando en un estercolero y lo envidió. Me cambiaría por él ahora mismo, pensó. Seguramente el mendigo habría aceptado el cambio sin dudar: el mendigo era viejo y el preso era joven.
El sol se puso sobre los bloques anodinos de un polígono industrial. El cielo se volvió rojo, luego se fue apagando como las brasas de un fuego y las farolas se fueron encendiendo. La vida seguía, con sus aburridas certidumbres y preocupantes incertidumbres.
PASEO POR EL AMOR Y LA MUERTE
El chico entró a la perfumería. Llevaba una gorra de béisbol sobre una cabeza que parecía una bombilla de noventa vatios. Tenía la cara iluminada. Sin rastro de pelo en las cejas ni en la cabeza. Pálido como un cadáver. Parecía un fantasma.
Se le acercó una dependienta con gafas de aumento, cabeza de pepino y dientes de caballo. Un moño de momia apolillada y un protuberante grano en el lado izquierdo de la frente que parecía el cuerno de un cervatillo. Abrió la boca como si se dispusiera a morderle y dijo:
- - Dime, ¿qué querías?-
- - ¿Eh?- respondió el fantasma- no, yo, yo venía...-
- - ¡Faustino!- Gritó desde el fondo de la tienda otra dependienta de ojos grandes y oscuros, muy guapa, algo gordita, cabello largo y nariz de niña. Corrió hacia el fantasma y lo abrazó. Al fantasma se le cayó la gorra dejando ver la redondez fluorescente de la bombilla.
- - ¡Qué sorpresa!, pero...¿cómo es que te han dejado salir?, ¿es que ya estás mejor?-
- - ¿Eh?, no, tengo que volver antes de las ocho, sólo he salido para...sólo he salido un rato-
- - No me digas que te has escapado- Fingió reñirle la dependienta componiendo un gracioso mohín. La ironía se desbordaba por sus hermosos ojos risueños.
- - Es que...estaba allí solo en la habitación y me acordaba de ti-
- - Ay Faustino Faustino, ¿y qué tal llevas la quimioterapia?-
- - Ya ves, parezco Cásper-
- - Qué va, hombre, estás muy guapo, oye, espera aquí un momento-
La dependienta se giró con fresca espontaneidad y se acercó al encargado para preguntarle:
- - Oye, Josemi, ¿puedo salir cinco minutos?-
El encargado, un mulato que parecía que le hubiesen recortado el pelo de la nuca con un transportador de ángulos, le dirigió a la chica una mirada cómplice y asintió con la cabeza.
El encargado y la dependienta de la nariz de niña tenían un romance secreto. El fantasma lo adivinó por la forma como se miraron. Se sintió muy solo de repente, pero no dijo nada.
La chica se acercó de nuevo al fantasma y lo cogió del brazo.
- - Vamos-
Salieron a la calle. El sol se reflejaba en el escaparate como un milagro dorado. El milagro de la vida.
- - ¿Y qué tal te va?, ¿te cuidan bien allí dentro?-
- - Psssss, es un aburrimiento-
- - Te veo mucho mejor, Faustino, la última vez tenías cara de desesperado, ya sabes, tienes que aguantar hasta que te cures, hoy en día el cáncer se cura en un alto porcentaje...¿qué llevas ahí?-
- - ¿Eh?, ah, esto, es el drenaje- El fantasma se puso colorado y trató de ocultar la bolsita llena de sangre y mierda bajo su amplio camisón de rapero.
Sabía que se iba a morir. Ya le importaban pocas cosas en la vida. Veía la vida como un sainete estúpido con una trama artificiosa y forzada de irreales preocupaciones. Sólo quería verla de nuevo, respirar el olor de su pelo, sentir la luz de su mirada, su vivificante presencia, su cálido aliento.
- - Oye, Faustino, tengo que volver-
- - Ya-
- - Bueno, iré a verte cuando pueda, cuídate mucho-
- - Vale-
La chica dudó un momento. Finalmente lo besó en la mejilla. Ya no se atrevía a besarlo en la boca. Era sólo un fantasma del pasado.
El fantasma la contempló alejándose, tal vez para siempre. Ella no volvió la cabeza. El fantasma se colocó su gorra sobre la bombilla y subió la calle lentamente, bordeando un parque donde las mamás sacaban a jugar a los niños y a cagar a los perros y viceversa.
En el interior de un macdonalds, un empleado cincuentón y canoso (el hombre no pudo llegar más lejos en la vida), evolucionaba entre sus adolescentes compañeros de trabajo con su visera calada y parpadeando como un mochuelo.
- - ¡Siguiente!-
- - Una winipini con queso- Dijo dulcemente una rubita de pelo corto, con los ojos y los pechos muy grandes.
El encargado de la perfumería, por detrás del mostrador, fue a coger con disimulo la mano de la dependienta de la nariz de niña.
- - Ahora no, Josemi- Dijo la muchacha con un sensual susurro. Instintivamente miró por la ventana. El fantasma había desaparecido.