bar de carretera
PERDIDO
Definitivamente no me quiere la vida.
En el fondo nunca me quiso.
Si me cruzo con ella por la acera finge que no me conoce
y me deja con la sonrisa helada
y la palabra colgando como baba de la boca.
No me quiere a su lado, ni cerca de ella,
ni en el sol de sus dominios.
¿Será porque soy extraño? ¿Será porque soy feo?
Jamás me ha invitado a sus fiestas,
ni en las reuniones ha contado conmigo.
Miro por la ventana cómo todos sostienen la copa en la mano
sin que les tiemble el pulso,
cómo se hablan y se reconocen,
se entienden y hasta llegan a amarse a veces.
Mientras yo, al otro lado de la vida,
en los arrabales de la suerte,
sigo sin entenderme a mí mismo.
Con lo grande que es la Tierra, con tanto espacio libre,
con tantas sillas vacías en el espectáculo del mundo,
no sé porqué todavía, yo no he encontrado mi sitio.
BAR DE CARRETERA
Se sentaron a una mesa, en un rincón junto a la ventana, cerca de un expositor de navajas de Albacete, quesos de oveja y recuerdos de La Mancha.
La camarera, una muchacha grande, gorda y encorvada, con gafas de aumento y cara de catequista, fregaba el suelo resoplando como un búfalo.
Un individuo orondo y sudoroso miraba la televisión sentado en un taburete, apoyando un codo en la barra mojada y pegajosa. Llevaba gafas de sol a pesar de ser de noche, el escaso pelo engominado hacia atrás, y un careto que recordaba a los cabezudos de las fiestas de los pueblos. Olía como el sahumerio de un muerto en un tórrido velatorio de verano. En la televisión apareció un antidisturbios pegándole con la porra en las corvas a una muchacha que sostenía una bicicleta con las manos.
- - ¡Ahi, dale, dale más!- rugió el cabezudo, echándose a continuación al gaznate un largo trago de cocacola light.
El camarero se rió. El camarero tenía cara de pícaro del Siglo de Oro, los ojos pequeños, ruines y bizcos, la boca espatarrada y socarrona, y la cabeza pequeña, apepinada y coronada por un pegote negro y deslucido, como si le hubiera cagado un buitre. Por el color de la piel no se podía saber a ciencia cierta si era de raza blanca o negra. Creo que más bien era blanco, aunque muy cetrino, un español medio.
El camarero acudió a servir a la pareja del rincón. Ella pidió un mosto, él un tinto de verano. Apenas se miraban. Estaban cansados, cansados del largo viaje por carretera, de los tediosos días de playa, de las prosaicas conversaciones sin interés, de la previsibilidad de las palabras, que ya no volaban como palomas mensajeras sino que se arrastraban como escarabajos arrastrando pelotitas de estiércol, de la vacuidad de los silencios, de la irritabilidad a flor de piel, ahora ofende lo que antes hacía gracia, del largo y convencional noviazgo, cansados el uno del otro, siempre esa misma fisonomía como un defectuoso fotograma repetido un millón de veces en una mareante cinta sin fin. A ella le empezaban a dar asco esos pelillos que le asomaban a él por la nariz, esa babilla blanca como requesón podrido en la comisura de los labios cuando hablaba entusiasmado de política o de coches. Cuando él la miraba, ella ya no se abría como un girasol, sin que, por el contrario, se cerraba como una concha que guarda celosamente su perla. Él, por su parte, cada vez encontraba más defectos y menos encantos en su novia. La miraba y se sentía solo e incomprendido, como si compartiera su vida con un cadáver ausente. Habían llegado al final del misterio y del deseo, el corazón ya no les latía con golpes de emoción y sorpresa como el martillo de una fragua, se había apagado el fuego en las miradas, el anhelo, el terror a perderse, la pasión de reencontrarse. Hasta los recuerdos se habían secado como momias milenarias y polvorientas. Algunas veces el amor se muere de muerte natural, de viejo.
Ella bostezó. Él sacó una servilleta del servilletero de níquel y se puso a trocearla ensimismado. Ella era guapa, los ojos grandes, la nariz pequeña, el pelo largo y negro, el rostro iluminado por una aureola de voluptuosidad. Movía el cuerpo espontáneamente como un delfín jugando con las olas. Seguía siendo muy hermosa, eso no podía negarse, siempre lo sería. Pero en la vida todo fluye y pasa, incluso la atracción de la belleza. A veces es demasiado caro el precio que hay que pagar por ella. Nada es eterno e imperecedero. Recientemente se ha descubierto que Parménides murió ahogado en el río de Heráclito.
Él era más bien feo, con cara de albañil curtido por el sol y la intemperie, las cejas muy pobladas, la nariz un poco de gorrino, pero todavía conservaba un cuerpo musculoso, a pesar de esa barriga incipiente.
Ahora apareció en la tele un futbolista corriendo como un demonio detrás de un balón.
-¡Na!-comentó el cabezudo a quien quisiera oírle- éste no sabe na más que chupar, se vuelve loco corriendo y no ve nunca a ningún compañero a quien pasar el balón-
- Se cree que juega solo en el patio del colegio- Intervino desde el otro extremo de la barra un parroquiano con el pelo blanco y las gafas de ver llenas de mierda, como si acabara de salir de un palomar o de un gallinero. Era el taxista del pueblo y se llamaba Eugenio. El cabezudo, tras mirarlo por encima del hombro, lo ignoró despectivamente y el taxista sonrió humillado como un bufón que no hace gracia a su rey.
-¡Me debes doscientos kilos de chatarra, Inocencio!- Dijo con voz de ogro, dirigiéndose a su acompañante, un individuo renegrido con un mono de tirantes lleno de grasa y de mierda, una nariz que más que una nariz parecía un puñado de barro que le habían arrojado a la cara, y un ojo de cristal que brillaba como un faro al fondo de un mar tempestuoso. Era rotundamente feo. Mirarlo producía dolor estético. Su acompañante era un ejemplar calvo de ojos saltones, obeso y con rasgos y movimientos de enano. Los dos estaban sentados a una mesa junto a las máquinas tragaperras. El de la nariz de barro tomaba un café con la leche muy caliente (decía, con una lógica autóctona y esotérica, que era la única forma de quitarse el calor del cuerpo). El enano devoraba con fruición, cogiendo la cucharilla con sus dedotes de uñas negras, un trozo reseco de tarta de queso con arándanos.
- ¡He adelgazao nueve kilos, Rubalcaba!- Proclamó orgulloso el cabezudo, palmeándose sonoramente el barrigón, dirigiéndose al camarero, que estaba colocando sobre una bandeja llena de manchas que parecían escupitajos resecos las bebidas de la pareja del rincón.
- Y dale con Rubalcaba- protestó teatralmente enfurruñado el camarero- sin faltar, que yo no te falto a ti-
- Je je je, la otra noche te vi en la feria con una chica, Rubalcaba, je je je, ¡qué jodío!, no sabía yo que eras tan ligón, je je je, eres un crak, Rubalcaba-
- Sería mi novia- dijo el camarero, con un indisimulado orgullo viril que le hizo sonreír de gozo, mientras con pasos largos llevaba las bebidas a la pareja del rincón.
- Pos era más fea que picio, la ostia qué fea era la tía, pero si parecía un mochuelo-
- A lo mejor es que era un tío- Se inmiscuyó el taxista desde el otro extremo de la barra.
El cabezudo miró hacia otro lado y compuso un gesto de cansado desprecio. El taxista volvió a esbozar su sonrisa de siervo de la gleba.
De repente, tras la ventana serpenteó un relámpago que partió en dos la oscuridad del cielo. Fugazmente se atisbó un sediento paisaje de cardos, detritus y minas de carbón abandonadas.
La chica volvió la vista a la ventana con un sensual movimiento de cabeza. Sus largos pendientes tintinearon. Él removió los cubitos en el vaso que parecía lleno de sangre, mientras evocaba la imagen de un pastor que había visto esa tarde a través de la ventanilla del coche, un pastor que parecía escapado del Quijote, atravesando un campo hirsuto, corriendo tras sus ovejas echando el cuerpo hacia adelante, entre nubes de polvo bajo un sol canicular.
Ella lo miró y le dijo:
- - ¿Nos vamos ya?, me dan miedo las tormentas-
- - Espera un poco- repuso él con angustiosa inquietud- anda, enséñame las fotos, que al final no las he visto- Su voz sonó como un organillo desafinado.
Ella suspiró con resignación, y poniéndose el bolso blanco sobre el regazo, empezó a rebuscar en el interior.
Él entonces tuvo la certeza de que la había perdido para siempre. En adelante algún otro devoraría su íntima belleza. La vida se va forjando a golpes de desarraigo. Miró al techo. La anodina luz fluorescente le recordó a un tanatorio. Sintió miedo. Un nuevo matiz del miedo. El miedo cósmico a lo desconocido.
La camarera llegó con la fregona junto a ellos. Las gotas de sudor se deslizaban desde sus pobladas patillas hasta la prominente y mórbida papada.
- - Qué, Violeta, ¿te vas de fiesta esta noche?- le preguntó el camarero mientras limpiaba la barra con un trapo que parecía el de un mecánico.
- - No- respondió la camarera con una voz que recordaba vagamente al cacareo de una gallina- tengo el turno de mañana y si no duermo luego estoy como un zombi-
Una vieja que parecía un cadáver exhumado con la mortaja hecha jirones, se asomó por la puerta y preguntó con la mirada extraviada y demente:
- - ¿Está aquí mi hija?-
Tras ella entró una breve ráfaga de olor a tierra mojada.
La camarera dijo que no y la vieja insepulta volvió a perderse en la noche.
A lo lejos, parpadearon las luces rojas y azules de un coche de la guardia civil.
La tele hablaba ahora del caníbal de Ferez.
"Y corrió con una navaja detrás de ella por el campo..."
La chica sacó las fotos del bolso, el novio alargó la mano y se puso a mirarlas.
La chica, disimuladamente, se hurgó la nariz.
LA QUIOSQUERA
Y asoma la cabeza por el ventanuco del quiosco
como un conejo asustado por la oquedad de su madriguera.
Entre tarros de golosinas y revistas trasnochadas
van pasando las horas yermas
mientras el sol se va descolgando
por las tapias del cementerio.
También a ella la traicionó el amor,
como un trilero de feria le robó todos los sueños.
Ahora está tirada en la cuneta de la vida,
desarraigada como un abrojo al que ninguna tierra quiere.
Ya no quedan caballeros andantes
en esas nubes que surcan el cielo.
Tras el día la noche, tras la noche la noche.
La soledad encajada en el pecho como una campana hueca.
Ningún beso la espera en casa a su vuelta,
sólo un viejo gato que huele su tristeza,
una cena fría y un reverberar de ausencia.
Y los ojos que se apagan,
y el cabello que blanquea,
y las luces que se encienden,
y los coches que se alejan.