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La Coctelera

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9 Agosto 2011

el poder

 

LA MATERIA OSCURA

 

 

EL PODER

Era una familia humilde: la madre, el padre y el hijo. Vivían en una granja a las afueras de una aldea de los Ancares. Tenían un huerto, un cerdo y un corral con gallinas y conejos. Era allá por los años cincuenta, años oscuros, amargos como almendras amargas.

Una mañana de otoño, el padre estaba en el corral partiendo leña, cuando vio subir por el camino a dos figuras imponentes que se dibujaron sobre el gris horizonte como fantasmas de ultratumba. Cuando se acercaron más oyó el chirriar de las bicicletas y  distinguió los tricornios y los pesados capotes ondeando al viento como velas de un barco pirata.

El cabo se llamaba Martín Corona y se parecía vagamente a Clark Gable, las orejas un poco más pequeñas pero el rostro mucho más feo. Un Clark Gable afeado por el embrutecimiento y la maldad. El otro guardia era calvo, con ojos de loco sádico, una mirada inquieta y anhelante de perro traicionero, que escrutaba a su alrededor inquisidora y desconfiadamente. Procuraba hablar poco porque era tartamudo.

-¡Buenos días, Pascual,- saludó el cabo al leñador, con una vocecilla de pito impropia de su rango y condición- qué gallo más bonito ese que está encima de la sarmentera!-

No fueron necesarias más palabras. Los guardias continuaron su camino y el padre se les quedó mirando como si viera alejarse una negra nube de tormenta.

Por la tarde, el niño, sin entender nada, observó cómo su padre, con semblante sombrío,  mataba al gallo retorciéndole el pescuezo y, sentándose en una piedra, empezaba a desplumarlo sobre su regazo de pana. La madre trajinaba en la cocina, y miraba por la ventana con ojos hermosos y tristes.

A la mañana siguiente los guardias volvieron con sus bicicletas.

-¡Buenos días, Pascual!-

El padre los estaba esperando en la puerta de la casa con el gallo dentro de un saco. Un pobre campesino tratando de apaciguar con pródigas ofrendas a dioses caprichosos, primitivos e insaciables.

Pasó un tiempo y el asunto pareció olvidarse. Con el dinero que sacó de la venta de los almendrucos (había sido una buena cosecha), el padre compró un corderillo en el mercado de Lugo para la cena de nochebuena que se aproximaba.

Pero, de repente, otra mañana, los guardias volvieron.

El padre, que estaba limpiando la pocilga mientras el cerdo gruñía como si quisiera decirle algo, no tuvo tiempo de esconder el corderillo. En ese preciso momento, el niño, entusiasmado, estaba jugando con él como si se tratara de un juguete nuevo o de ese hermanito que tanto deseaba tener.

-¡Buenos días, Pascual- saludó el cabo al padre con cierto deje de ironía- ¿tú crees que ese cordero cabe en una cazuela?-

No fueron necesarias más palabras.

Al día siguiente, víspera de nochebuena y uno de los más tristes en la corta vida del niño, regresaron los guardias acompañados por dos frailes sayones de largos y mugrientos hábitos que otrora habían sido blancos, y entre risas y comentarios jocosos, como hacía buen tiempo a pesar de ser diciembre, fueron tomando asiento alrededor de la rústica mesa que estaba en medio del porche.

La madre, en silencio y con los ojos bajos, puso los cubiertos. Uno de los frailes, que tenía una nube en un ojo y una geta de gorrino con una mancha que parecía de mierda seca en medio de la mejilla derecha, se distraía de vez en cuando de la conversación de sus refinados camaradas, para mirar con deseo carnal a la madre, que era una joven guapa y lozana de largos cabellos negros.

-¡Qué mujer más guapetona tienes, Pascual!- Comentó el cabo, leyendo en las miradas obscenas del fraile.

La madre, ruborizada, regresó a la cocina.

Al niño no le gustaban aquellos rufianes que reían con los hocicos llenos de grasa y que al beber derramaban el vino por las sucias pecheras. Se alejó para jugar con un balón de fútbol que su padre le había hecho con una celemina. Entonces, de repente, vio a su padre de espaldas sentado sobre una piedra de moler detrás de la casa. Se movía convulsamente, como si temblara, y se tapaba la cara con las manos. Estaba llorando. Era la primera vez que veía llorar a su padre. Sintió un fuego subiéndole del estómago a la cabeza. Un fuego de odio y rabia. Aquellos hombres eran unos malvados. Pensó en coger el cuchillo de matarife y apuntillarlos a todos por la espalda. Era lo que se merecían. Pero sólo tenía nueve años. Viendo a su padre llorar, se juró a sí mismo que cuando fuera mayor lo haría.

-¡Más vino, María!- Roncó el cabo, ya completamente borracho, dirigiéndose a la madre que permanecía refugiada en la cocina como un conejo asustado.

A lo lejos, el filo del invierno se cernía sobre la oscura cresta de los montes. Se veía un pequeño cementerio y una ermita en ruinas con una cruz de piedra renegrida a la orilla de un camino.     

El perro de la casa, que se llamaba Sisobra y que era un galgo mestizo con una pata coja, atigrado y de color cieno como una hiena, revoloteaba moviendo el rabo alrededor de la mesa, esperando algún hueso o alguna migaja, aun a riesgo de recibir alguna patada que otra.

 

 

 

 

 

 

 

 

DEFINITIVAMENTE te han abandonado los dioses.

No esperes ya ningún viento favorable ni que el mar se calme

cuando en el cielo se vaya desvaneciendo la noche.

Así que recoge tus velas y rema contra las olas

alejando tu balsa de los acantilados.

No te abandones al cansancio.

Maldices a gritos tu negro destino

mientras la espuma del mar golpea con furia tu rostro.

La vida es esa isla verde que, un poco más cada día,  parece alejarse.

Ahora ya sabes que estás maldito

y que ya ninguna diosa protectora bajará del olimpo para salvarte.

Todavía tienes tu astucia y tu palabra,

y después de cada caída, absurdo tesón para levantarte.

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