un pasillo al atardecer
UN PASILLO AL ATARDECER
- - Hoy estarás contenta, que han venido tu hija y tu nieta a verte-
- - ¿Mi hija?, ¿cuándo?, ¿van a venir a verme?-
- - No, ya han estado aquí, esta tarde han estado y tú te alegraste mucho-
- - No, no han estado, yo me acordaría, yo no me acuerdo de que hayan estado-
- - Sí que estuvieron, cariño, estuvisteis en el patio, en el jardín-
- - No, eso no puede ser, yo me acordaría-
La auxiliar llevaba a la vieja del brazo. Caminaban despacio, por un pasillo en penumbra al fondo de cual había una ventana que daba al poniente. El sol del atardecer entraba por la ventana, rodeando a los personajes con un halo de tristeza. La auxiliar era pequeña y oscura, con el pelo muy corto, el rostro bonachón, se parecía un poco a Cantinflas, solo que con más bigote. La viejecilla era traslúcida como una luciérnaga, el pelo muy fino, casi transparente, la piel muy blanca, como si no fuera real, un fantasma, una evocación del pasado. Andaba con pasitos muy cortos, como un muñeco de cuerda. La auxiliar y la viejecilla caminaban hacia el fondo del pasillo, sus voces se iban apagando como el canto de los pájaros al anochecer.
- - Sí que estuvieron, cariño, y tú te pusiste muy contenta-
- - Tanto sufrir para tener que morirse- Dijo la viejecilla con su boca consumida. La piel de la cara cubría la calavera como el fino velo de un pálido sudario.
- - Anda, no digas esas cosas, uno vive el tiempo que dios quiere, hay que tener fe-
- - Yo tengo mucha fe en el hospital-
- - Anda, anda, doña Conchita, si estás como una rosa, con lo que te reías esta tarde con tu nieta-
- - ¿Mi nieta?, hace ya mucho tiempo que no veo a mi nieta-
- - Si que la has visto esta tarde, cariño, no digas eso, te trajeron una.....
La oscuridad desplegaba sus alas negras sobre el último rubor del horizonte. Parecía que sólo existiera la oscuridad, todo lo anterior, el sol, los colores, los olores, las voces y hasta el rumor de las ramas de los árboles, era pura ilusión, como un sueño sin consistencia que nos abandona al despertar de repente.
La auxiliar y la viejecilla llegaron junto a una puerta sobre cuyo marco había un cartelito de metacrilato en el que ponía Mª Concepción Gandul, junto a un colage infantil con grandes letras verdes, rodeadas de flores y pájaros, que anunciaban la primavera.
El pasillo quedó desierto. Parecía que la vida se había escapado por una puerta invisible, hacia un mundo desde el que llegaba, con un lamento infinito, la llamada de los muertos.
En el otro extremo del pasillo, sentada en un sofá desvencijado junto al rellano de la escalera, una viejecilla desdentada con ojos alucinados y con las manos entrelazadas sobre el regazo, se puso a cantar como si quisiera espantar a la soledad y al silencio:
- - ¡Asunciooooon, ásuncionnnnnn, échale más vino al porrooooooonnnnn....
Se oyó cerrarse la puerta al fondo del pasillo.
Luego, por fin, oscuridad y silencio.