tarde de fútbol
TARDE DE FÚTBOL
-¡Papa, papa!, ¡vamos papa!-
El niño tiraba de la manga del padre que se había caído al suelo, al pie de las escaleras del paso elevado que cruzaba el Manzanares hasta la explanada polvorienta donde se alzaba la fábrica de la Mahou y el Vicente Calderón.
- - Espera, espera un poco- balbuceó el padre con voz ronca y espesa- ¡aleeeti, aleeeeti!-
- - ¡Vamos papa!-
Se había hecho de noche. Se habían encendido las farolas que custodiaban la M-30, y en lo alto de una colina, al final de la calle General Ricardos, comenzaron a parpadear las amarillentas farolas apostadas junto a las tapias del cementerio de San Isidro.
El padre estaba borracho como una cuba. Descoyuntado como una marioneta rota, no podía sostenerse en pie. La baba le caía de la boca y tenía un zapato metido en un charco sin ser conciente de ello.
Todos los domingos de fútbol sucedía la misma historia. Padre e hijo salían de casa después de comer, con sus bufandas rojiblancas arrolladas al cuello, con el propósito de ir al estadio a ver un partido de fútbol. Despedían a la madre en la puerta del bajo donde vivían, en la calle La Verbena de la Paloma, en el barrio de San Cristóbal de los Ángeles, y se dirigían andando al Calderón, bordeando la carretera de Andalucía, que olía siempre a humo gris de los coches y camiones mal combustionados, a caucho quemado y plástico derretido.
Pero había demasiados bares en el camino.
- - ¡Si a tu ventana llegaaaa una palomaaaaa!- Desafinaba en la boca del metro de Antonio López una cantante septuagenaria, con gafas de aumento y un descolorido vestido de lentejuelas melladas que hacía lustros que habían dejado de brillar. De vez en cuando el equipo portátil de sonido chirriaba como una radio desintonizada , y entonces la artista callejera dejaba de cantar, y componiendo un gesto contrariado, pateaba con sus tacones rotos y despuntados el deshilachado cajón de los altavoces- ¡Si a tu...ventana....llega...una puta palomaaaaaaa....trátala con cariño que es una personaaaaaa!-
Cerca de ella, un lúmper renegrido y mal encarado, con la cara cortada y los pelos como los de una rata sarnosa, con pintas de chulo de arrabal al que el caballo ha dejado sin putas, miraba de soslayo la caja de cartón de la diva, donde, de vez en cuando, algún transeúnte desubicado echaba una moneda mugrienta.
- - Vamos a entrar un momento a esta ermita, todavía tenemos tiempo- decía el padre penetrando en un sombrío tugurio que se llamaba Las Tres Muñecas, donde atendían un padre y sus tres hijas, gordas y bigotudas, que más que muñecas parecían maritornes, y que trajinaban resoplando bajo una atmósfera asfixiante producida por la lejía del retrete y el aceite refrito de la cocina (encima de la freidora colgaban la ropa, incluso la interior, para que se secara con el calor. Cuando las gotas de agua de las braguitas caían sobre el aceite donde se freían las mollejas y las alas de pollo, éste chisporroteaba liberando una nube de humo apestoso).
Al entrar al bar, al niño se le apagaba de repente el brillo de los ojos, y con un mohín entre la decepción y la resignación, seguía a su padre al sórdido interior.
- - Hoy no, papa, que jugamos contra el Bilbao, nos lo jurastes a mi madre y a mí-
- - Es sólo un momento, joder, Eugeniete, que no se va a acabar el mundo por cinco minutos, ¡coño, Lola!, vaya rosario más bonito que te has colgao al cuello-
- - Je je je je, me lo ha regalao el Bola, que se lo cambió a un polaco por un cinturón con la hebilla de herradura que yo le regalé- contestó la camarera con voz gangosa y risa estólida-
- - A ver, Lola, a mí me pones un cubalibre de larios con cacaola, con dos cubitos na más, y al chico...¿tú que quieres Eugeniete?-
- - ¿Eh?, yo una fanta de naranja- Contestaba el niño, agachando la cabeza como un polluelo adormilado. El niño tenía nueve o diez años, las orejas muy grandes y abiertas como abanicos, el pelo lleno de remolinos y los ojos inocentes.
El padre bebía los cubalibres como si fueran agua. Era diabético y siempre tenía sed. Una sed que se quedaba pegada a las paredes de la garganta y que jamás desaparecía. Una sed que se enroscaba como una serpiente en el estómago y se quedaba a vivir allí, apoderándose del espacio entre los huesos, de las vísceras, de las tripas, de la sangre, del corazón, una sed de fuego, una sed de miedo.
Cuando llegaban a la Avenida del Manzanares, el padre ya iba dando tumbos.
- - No le digas nada a tu madre, Eugeniete, júramelo, ¡vamos, vamos!, que va a empezar el partido, mira qué sol más bonito se ha quedao, Eugeniete, espera, vamos a entrar un momento a saludar al Anastasio de los cojones....¡coño Anastasio!-
- - ¡Hombre Dionisio!-
En honor a la verdad, esta vez habían llegado más lejos que nunca, a los pies mismos del paso elevado. Todo un triunfo. A fin de cuentas todavía había motivos para la esperanza.
-¡Aleeeeti, aleeeeti!-
-Vamos, papa, vámonos a casa-
- Espera, Eugeniete, espera, vamos a tomar la penúltima al mesón del Félix ¿qué, vamos ganando o perdiendo?-
- ¡Hemos perdío tres uno!- le gritó un individuo con la cabeza en forma de pepino, que bajaba por la rampa en una silla de ruedas eléctrica, de esas que se accionan con una palanca, arrastrando la bufando por el barro- ¡menudo atajo de maricones!-
A una niña con síndrome de Down que llevaba puesta una camiseta con el número 9 a la espalda, se le cayó de las manos un montón de papeles de publicidad que había ido recogiendo de los buzones comerciales de los portales.
- ¡Que te se caen los billetes, Rosa Blanca!- Bromeó con voz áspera y cancerígena la madre, una mujerucha que tenía el pelo teñido con agua oxigenada, y la piel de la cara como un papel arrugado por un loco furioso. El viento arrastró algunos papeles hasta el río. La niña contempló con mirada triste cómo la lenta y sucia corriente se los llevaba.
-¡Vamos, papa, vamos!-
Pero ¿por qué bebía tanto su padre?
Todos los domingos la misma decepción, la misma sensación de vergüenza ajena, de angustia ciega y premonitoria. Y después, al llegar por fin a casa, casi arrastras como perros con las patas tronchadas, la madre los recibiría con un llanto histérico y rabioso, "¡vaya ejemplo que le da a su hijo!". Y abriría mucho aquellos hermosos ojos de color miel. El padre también gritaría y golpearía con los puños las paredes y las puertas. Ambos se lanzarían como camicaces japoneses a una guerra a muerte de odio y reproches, sin guardarse ninguna carta en la manga, disparando todas las balas explosivas sin dejar ninguna en la recámara. La madre amenazaría al padre con el divorcio y el padre a la madre con el jarrón del mueble de la entrada. Y se echarían mutuamente en cara la miseria, la amargura de vida que llevaban, los trabajos precarios y mal pagados, las deudas dilatadas e inacabables como la desgracia, las ilusiones perdidas, la falta de porvenir, tu madre esto y lo otro, y tu puta madre más. Hasta que por fin, después de una batalla sangrienta y estéril, ya de madrugada volvería de nuevo el santo silencio. Y mañana será otro día. Y prepárate, Eugeniete, le diría su padre con entusiasmo infantil, entrando por la puerta a la hora de comer con su mono verde y mugriento de barrendero interino, que el domingo viene el Barcelona! Su madre murmuraría algo desde la cocina, y él permanecería callado con la mirada clavada en la tele, ensimismado en la contemplación de esa gente de celuloide que parece tan feliz, y preguntándose cuándo podría ver por fin de verdad en el campo un partido de su Atleti. Tal vez el próximo domingo, quién sabe, o el siguiente, o el siguiente, o el siguiente, o el siguiente....