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Terra
La Coctelera

calipsopapeleria

16 Diciembre 2010

lágrimas de risa

 

LÁGRIMAS DE RISA

 

 

ANIMAL RASTRERO

 

El moribundo tenía la cabeza apoyada sobre los abultados senos de su mujer. Parecía un pajarillo con el pico abierto dando las últimas bocanadas.

  • - gggg... ggggg....gggggg....- Agonizaba.

De vez en cuando abría los ojos con gran esfuerzo buscando algo en el vacío.

  • - Ismael, estoy aquí- Lo tranquilizaba su mujer acariciándole la cabeza. Al acariciarle la cabeza se quedaba con mechones de pelo muerto entre los dedos. Le daba un poco de asco y componía un mohín de acritud que él no podía ver porque tenía la mirada drogada. Ella tenía unas manos muy bonitas, sedosas. Cuando, en la tienda de moda donde trabajaba, colocaba las prendas en los estantes, al acabar de plegarlas las acariciaba suavemente o les daba una ligera palmada, como si las blusas fueran animales vivos.

La enfermera se asomó a la puerta. Tenía un pequeño moco que se balanceaba asomando por su nariz respingona.

  • - Vaya noche que nos ha dao el pobre, no servía ni la morfina con él, se agarraba a los hierros del cabecero y empezaba a gritar y a mover la cama llamándote desesperao como si fuera un mono loco.
  • - Ahora está tranquilo como una lechuza,- susurró la mujer- pero quiere agua.
  • - No podemos darle agua porque ya vomita todo lo que toma, hay que tener paciencia, ya queda poco.

La mujer recordó la noche en que todo empezó. Eran las cuatro de la mañana cuando él abrió la puerta del dormitorio procurando no hacer ruido. Venía de juerga con sus amigos, el Pirri y el Patachicle. Ella  incorporó medio cuerpo desnudo, dispuesta a echarle la bronca. Encendió la luz de la habitación y entonces lo vio. Dio un grito que despertó a los niños.

  • - ¡Pero qué es eso que tienes en el cuello, pareces un pavo!-

Él, asustado, se palpó el cuello. Efectivamente, sobresalía una protuberancia grasienta que se movía como el pescuezo hinchado de un pavo.

  • - Debe de ser de tantos cubatas- Dijo con voz trémula, poniéndose pálido.
  • - Hay que ir al médico ahora mismo, joder, Ismael-

Los niños estaban acostumbrados a las riñas de sus padres, así que permanecieron en sus camas, con los ojos abiertos, rezándole a santa Bárbara y esperando a que pasara la tormenta. Esta vez se trataba de algo peor.

Empezó a perder peso. Primero comía mucho y después no quería comer nada. La piel se le puso de un color ceniciento. Los ojos se le salían de las órbitas y los dientes parecían los de un chino risueño.

  • - Tienes que ir a un hospital, Ismael-
  • - A ese hospital no, es para terminales y yo voy a salir de ésta, qué ostias sabrá el médico ese de los cojones lo que voy a vivir yo, se sabe cuando se nace pero no cuando se muere, seis meses dice el cabrón, a lo mejor vive menos él-
  • - No seas cabezón, joder, piensa en nosotros, yo no puedo estar siempre contigo cuidándote, también tengo que encargarme de los niños y de la casa, joder-
  • - Bueno, voy y pruebo un día, pero si no me gusta me vengo-
  • - Vale, cariño-
  • - Ven a la cama, anda, que estás mu guapa con esa blusa negra transparente-
  • - No, joder, que te pones peor-
  • - Qué ostias me voy a poner peor, déjame que por lo menos disfrute el poco tiempo que me queda de vida, ¿no?-
  • - Vale, joder, pero nada más acabar llamamos a la ambulancia-

Llegó al hospital por un camino idílico de árboles y flores, en el corazón de la sierra, sin saber que ya no saldría vivo de allí.

  • - ¿Por qué no le rezas a Dios?,- le sugería ella señalando con los dedos índices el techo raso de la habitación- te sentirás mejor, ya lo verás, joder, todos estamos en sus manos, ¿sabes una cosa, Ismael?, no te enfades, pero desde que estás tan enfermo todos vivimos mucho mejor, sobre todo yo y los niños, a lo mejor, joder, todo ese mal humor, esos dolores de cabeza que tenías cuando querías estar solo en la oscuridad o cuando te dio por recoger piedras de la calle y guardártelas en los bolsillos, o cuando salías a pasear disfrazado de sheriff del oeste, con tu placa de hojalata y tus pistolas de juguete, y yo salía a la puerta pa gritarte ¡pero ande vas tontoel pijo! y tú te dabas la vuelta calándote tu sombrero tejano y ahuecando la voz: ¡voy a poner orden y a limpiar las calles de bastardos!, todo aquello, joder, era por el cáncer que te estaba comiendo por dentro-
  • - Perdóname, cariño, por la ostia que te di cuando creía que estabas con otro, ahora sé que era por el cáncer de los cojones-
  • - Perdóname tú-
  • - ....¿Que te perdone? ¿ por qué? ¿qué ostias te tengo que perdonar?, vamos, di, me cago en la ostia puta!!-

A veces perdía la cabeza, por culpa de tantas pastillas como tomaba, y se ponía a divagar dando voces con los ojos muy abiertos:

      - ¡El caballo, el caballo, coge al caballo y pásalo dentro no se vaya a constipar!!-

Otra vez decía que tenía una paloma encima de la cabeza, que aquello debía de significar algo, tal vez que iba a dejar de envejecer. O se ponía a aullar de súbito con voz mesiánica:

      -¡La honra de una mujer está en el coño!-

      - ¿Por qué no te vas con tu madre quince días para despedirte de ella y morir con la conciencia tranquila?-

       - No, yo sólo quiero estar contigo y con los niños, ven, dame la mano, ¿dónde está Ismael?-

       - Está en el colegio, joder-

Ahora estaba allí, a punto de morir, sin querer separarse de ella ni un solo segundo. Los niños habían entrado, en medio de un silencio solemne, y le habían besado la mano como si se tratara de un obispo. La pequeña lloraba con sus bonitos ojos.

      - ggggg...   gggg...  ggggg...-

De repente ella notó que tenía una pierna fría. Ya está aquí la muerte, pensó, como un animal rastrero y silencioso que penetra por los pies, siempre son los pies lo primero que se muere. La muerte fue subiendo poco a poco desde los pies, escalando el cuerpo, dejándolo frío, un frío que no es un frío de nieve, sino un frío de metal, extraño, oscuro, sucio. ¿Cómo será el morir? ¿Cómo saltar al vacío? ¿Como dormirse o como sumergirse de repente en agua helada? Ya tenía frío un brazo. Ahora la muerte pasaría al otro lado del cuerpo, donde estaba el corazón.

     -gggg...    gggggg...   ggggg..................gggggggg-

Los estertores cada vez más espaciados, más profundos, como si se replegaran al fondo de la vida, a esa última pavesa de vida que se estaba extinguiendo lenta y solemnemente como una vela solitaria en una iglesia a oscuras.

 Murió de madrugada. Todo aquel carácter, todo aquel mal genio se había convertido de repente en una especie de corteza monda de un fruto vano e inerte. El médico que le auguró seis meses de vida había acertado después de todo. Ismael Baldraque Folledas, murió a los cuarenta y dos años de un cáncer fibrilar en el cerebro. Dejó viuda y dos hijos en las manos de la Providencia. Sus amigos el Pirri y el Patachula lo echan todavía de menos, apoyados en la barra del bar, bebiendo wisky y contando con voz carrasposa anécdotas inanes de uno que era torero y otro que era muy avaro.

  • - ¡Felnando, Felnando,- hablaba por el móvil, cerca de ellos, una mujercilla trémula como una hoja, sentada sola a una mesa tomando un café- soy Flor de Lis, ¡ah!, ¿que no eres Felnando?-
  • - ¡Oye, paloma,- llamó a la camarera una vieja consumida y desdentada que estaba comiendo paella con otras viejas carcamales y eruditas- vente pacá hermosa, mira, esta poesía te tiene que decir tu marido cuando estéis en la cama- uhhhh, a ver, por una mirada un cesto, por una sonrisa un beso, digo un tiesto, y por un beso, ¿qué te daría yo por un beso?-
  • - ¡Uy!, me dice eso a mí mi Basilio- respondió la oronda camarera con las sobras de los platos en la mano- y me deja kao como el boxeador ese que le arrancó la oreja al otro-
  • - ji ji jji jj ji ji-
  • - ¡tráeme una cocacola!-
  • - A mí me gustan mucho los higos-

La joven viuda, por su parte, después de resistir heroicamente hasta donde pudo la llamada de la libido, ha cedido por fin a los consejos de amigos y familiares y ha rehecho su vida con un joyero de Córdoba que no conseguía casarse porque tenía un ojo huero, aunque en lo demás, según dicen, es un hombre como Dios manda.

Los niños van creciendo, en el devenir de la vida, como buenamente pueden.

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS PRIMERAS DENTELLADAS

 

La chica, cuando reía, iluminaba como un milagro la mortecina penumbra del bar. Tenía ojos de niña, de niña de fuego, la piel blanca y suave, el pelo negro y largo. Estaba algo gordita, voluptuosa como un membrillo maduro, sana, hermosísima, rezumando sexo y vida. El chico, delgado y con el pelo como Elvis Presley, se acercó con su taco de billar y la besó en los labios. Labios carnosos, sabrosos como el corazón de una granada.

  • - Voy a hacer pis- Dijo la chica con una voz que sonó cono un puñado de monedas cayendo sobre una mesa de mármol.

El chico le miró el culo, obscenamente carnal, mientras la chica se alejaba. El chico no era su novio, sino un amigo de éste. Ella había reñido con su novio, y un poco por despecho y otro poco porque las mujeres, a esa edad, son como el viento que cambia de dirección caprichosamente (mas tarde, ya sea por necesidad o por biología, se encallarán como rodillos en las eras), se había enrollado con el amigo.

El chico, con aire de actor protagonista de un serial juvenil, se apoyó en el borde de la mesa de billar y movió diestramente el taco entre los dedos, apuntando a la bola blanca del punto negro.

En la barra, un grupo de cincuentones, canosos, barrigones, vencidos por los trabajos y los días como burros cargados de costales, discutían acaloradamente de política mientras bebían cerveza y, aferrándose a la vida, miraban de reojo a las chicas jóvenes, inquietas y ligeras de ropa.

  • - ¡La culpa es del PP por la ley de suelo que hizo cuando gobernaba!-
  • - ¡No señor, te digo yo a ti que la culpa es del PSOE y de sus amos los banqueros!-

La chica regresó del servicio, y pasando cerca de los cincuentones como un planeta de órbita opuesta, se acercó a la mesa donde estaban sus amigas riendo y fumando. Se despidió de ellas con dos besos y cogió su cazadora morada y su bolso. Al dirigirse a donde estaba el chico, tropezó con una pata de una mesa y luchó por mantener el equilibrio, componiendo una figura algo patética, de yonki desahuciada o de puta borracha que mea en las esquinas. Al instante se enderezó, intentando recuperar, con toda la dignidad de que fue capaz, su lugar en el mundo.

El chico se puso su cazadora y, cogiendo algo bruscamente a la chica por la cintura, se dirigió con ella hacia la salida.

Fuera llovía y el viento movía violentamente las banderas de neón de los comercios. Se metieron corriendo en un coche plateado con dos tubos de escape y las lunas traseras tintadas.

Las calles permanecían desiertas, tristes, provincianas.

Pasados unos diez minutos, el novio apareció de repente por una esquina. Era un muchacho alto, desgarbado, con barba de chivo, una expresión un poco bobalicona, blanda, enmadrada. Traía la cara desencajada, los ojos enloquecidos. En una mano, sin ser conciente de ello, llevaba una antología del Capital de Carlos Marx. Entró, buscándola, en los billares. Al cabo de un rato salió. Dudó un momento bajo la lluvia, y con pasos largos y echando el cuerpo hacia delante, se encaminó hacia el restaurante chino. El viento zarandeaba su corazón herido. Resonaban sus pasos en el asfalto mojado en medio de un vacío cósmico y terrorífico. Sin ella el mundo era una tumba claustrofóbica de la que necesitaba salir para poder respirar. Las gotas de lluvia, en su boca, tenían un sabor amargo, como lágrimas de duelo. Su cabeza era una masa informe que al andar se movía sin control a uno y otro lado.

La vida, con esa mirada torva y esa mordaz sonrisa que tiene, le estaba dando, regodeándose, las primeras dentelladas.

 

 

   

 

 

 

 

                        TODAS LAS NOCHES Y LOS DOMINGOS DOS VECES

 

Filomeno Bustillo, alias el Fistro, fue en sus buenos tiempos, sin ningún género de duda,  el mayor putero de las dos Castillas. Como era poco agraciado, gordo como un barril de cerveza, el pelo mustio, la nariz como el pico de un buitre, los dientes mellados y los ojos invertidos, de suerte que el derecho habitaba en la cuenca izquierda y el izquierdo en la derecha, y además, en el fondo, era un tímido patológico con una mala leche de la ostia, no podía aspirar a echarse una novia como dios manda ( estaba perdidamente enamorado de su compañera de caja, una morena de pelo largo que echaba llamaradas por los ojos), así que, como todos los de su condición,  recurría a las putas.

- ¿Tú has tenido novia alguna vez?- Le preguntó en cierta ocasión un compañero discapacitado del banco, que tenía cara de alcachofa.

- Las mismas que tú-

- Entonces es de nacimiento-

Las putas lo escuchaban, lo agasajaban, lo acariciaban, lo engatusaban, y él se sentía hombre hasta las cuatro de la mañana, que era cuando cerraban el club.

-¿Me invitas a otra copita, cariño?- No, las putas son en el fondo mujeres listas y sabían que eso no se le podía decir jamás a Filomeno. Tenían que permanecer calladas, con el vaso en la mano en actitud casi mendigante, con cara de sed terminal, los ojos muy abiertos y la expresión un poco triste y tonta. Entonces, de repente, Filomeno daba con su gordo puño un puñetazo en la barra y gritaba como un trueno:

- ¡Poli, ponnos de beber que nos estás matando de sed esta noche, capullo, me cago en mi puta vida!-

La chica entonces parecía cobrar vida, daba un hondo suspiro y se arrumaba como una gata en celo contra el pecho grasiento de su chistoso amante.

     -     Yo sólo unas gotitas de champán-

  • - ¿Te cuento el chiste de Curro y el cura?-
  • - "A ver qué remedio"- Pensaba con una falsa sonrisa en su boca de carmín la paciente prostituta.

¿De donde sacaba Filomeno el dinero para irse de putas todas las noches y los domingos dos veces? Pues como era cajero en una sucursal de Caja Madrid en los Santos de la Humosa, podéis adivinarlo. En honor a la verdad, siempre tuvo intención de devolverlo, de hecho, cuando cogía un fajo de billetes de la caja fuerte, dejaba en su lugar un papel de reintegro (papel por papel qué más dará) con su firma y la cantidad que tomaba prestada.

Hasta que un buen día llegaron de la central de Celenque unos auditores para hacer un cuadre sorpresivo y los sorprendidos fueron ellos cuando en lugar de billetes encontraron un montón de papelitos con la firma del cajero, algunos hasta tenían dibujada una carita redonda y sonriente.

En un principio pensaron denunciarlo en el cuartel de la guardia civil, pero finalmente, astutos como banqueros que eran, para evitar escándalos que perjudicaran el buen nombre de la tan usurera entidad, le propusieron que firmara su renuncia al puesto sin derecho a indemnización alguna.  

Pero en el pueblo acabó sabiéndose todo y de inmediato fue estigmatizado, convirtiéndose en una especie de leproso con campanillas. Si iba al casino a echar la partida de cartas, nadie quería jugar con él. Si se disponía a cruzarse con un conocido por la acera, éste se cambiaba de acera como si lo reclamara un asunto muy urgente al otro lado de la calle. Se conjuraban corrillos cuchicheantes y siniestros a su alrededor. No lo invitaban ni a los entierros.

Un buen día, harto ya de aquella cruel marginación que sufría, decidió encerrarse en su casa y no salir ya nunca más a la calle.

Una hermana suya, que se llamaba Francisca Luisa, a escondidas de su marido le llevaba comida y le arreglaba la casa de vez en cuando. Bueno, tampoco es que se la arreglara mucho que digamos, conociendo a  la tal Francisca Luisa que no era ningún dechado de limpieza. Aunque tenía cara de lombriz, era hasta guapa, lo creáis o no. Morena, voluptuosa, ojos verdes, labios carnosos. Lo que pasa es que olía como la boca abierta de una alcantarilla, como un perro vagando bajo la lluvia. Jamás se duchaba, ni siquiera el domingo de ramos, que acudía a misa con una rama de olivo en la cabeza a modo de corona. La habían operado de los riñones y llevaba una bolsa de porquería debajo del vestido.

  • - Cuando llego por la noche a casa vacío toda la mierda de la bolsa en el retrete, así tengo que estar hasta el viernes, es un fastidio, joder, algunos días hasta se me olvida vaciarla- Decía con una voz gangosa que denotaba la inteligencia de una gamba cocida.

Le faltaban dos dientes en la parte de abajo, que una noche vieja le había partido su marido de una ostia mal dada.

  • - Así me la chupa mejor- solía decir el marido con una risa infrahumana de cantina de cuartel de regulares.

El marido parecía un muñeco de playmóbil, con la cabeza desproporcionadamente gorda, la nuca peluda, el cuerpo retaco, una cara que casi no era humana, parecía la de un gormiti, un gormiti de los pantanos hediondos, y una calavera en la camiseta sudada sempiternamente. Se llamaba Toribio Minga, y olía casi tan mal como su mujer, a sebo y a pedo de judías con chorizo.

Se habían conocido en una empresa de limpieza ¡qué ironía! Desde el primer instante en que se olieron supieron que estaban hechos el uno para el otro. Cuando venían de recoger al niño del colegio, parecían dos quinquis con una cabra, y aunque no tenían trompeta, el trío porcino cantaba a veinte leguas.

Volviendo a lo nuestro, el gordo Filomeno se enclaustró como un ermitaño en su pisito de la plaza de Benita Santos, abandonándose por completo a la molicie. Se levantaba a las doce, comía pipas, bollos y pepinillos, bebía cerveza y veía la televisión hasta altas horas de la madrugada. Así un día tras otro, sin más perspectivas en la vida que la llegada del mundial de fútbol. Se tumbaba en el raído sofá y cambiaba de canal de forma espasmódica. Ahora aparecía una chica bailando semidesnuda, luego aparecía el careto del papa asomado por la ventanilla de un avión, que le recordó a su abuela la tía Zoila cuando se asomaba por el ventanuco del estanco con su gorrillo de lana en los duros años de la posguerra.

Cuando por fin llegó la ansiada fecha del mundial, Filomeno pareció transformarse repentinamente. Saltaba como un niño sobre el desvencijado sofá, se echaba las manos a la cabeza ante las ocasiones de gol perdidas y golpeaba las paredes con los puños cuando marcaba España.

Se entusiasmó tanto que la noche antes de la final se la pasó en vela, e imaginando que ganaba su equipo se le saltaban lágrimas de emoción. Cuando no existe otra cosa en la vida, el fútbol se convierte en lo más importante, si no hay dinero para irse de putas. De modo que el fenómeno del fútbol, como el de las putas, va ligado siempre, intrínsicamente,  al vacío existencial.

El día de la final se sentía una tensa calma suspendida en el ambiente. El cielo, tras la ventana, aparecía plomizo, y los pájaros volaban lentamente, como si tuvieran las alas de plomo. Habían colgado banderas en las ventanas y la gente se había conjurado por la sagrada causa común.

Y por fin empezó el partido. Estaba tan nervioso que le temblaba la mano cuando iba a echarse una pipa a la boca. El corazón le palpitaba muy deprisa. En el segundo tiempo, todo por resolverse aún, empezó a sudar y a sentir opresión en el pecho y en la boca del estómago. Cuando en el minuto ochenta y cinco de partido el delantero centro se plantó sólo ante el portero enemigo, su corazón ya no pudo aguantar más y le estalló como un globo al que un niño travieso clava un alfiler. Cayó desplomado sobre el sofá, rodeado de latas vacías de cerveza y cáscaras de pipas tiradas por el suelo, que se llevaban las hormigas, ajenas a la tragedia que acababa de suceder, en laboriosa procesión. Las hormigas eran sus verdaderas señoras de la limpieza, en cierta ocasión, se llevaban ya de la mesa un mugriento billete de cinco euros que había depositado allí su hermana Francisca Luisa.

Y así  mordió el polvo el bueno de Filomeno Bustillo Verdejo, el día en que España ganó por fin el mundial de fútbol, una muerte absurda para una vida pobre y vacía.

Las putas más viejas, solas y amuermadas sobre la barra,  todavía hoy lo echan de menos, algunas veces.

 

........

 

NO OVIDES la foto de la mesilla,

ni la horquilla que perdiste anoche entre las sábanas,

ni los fetiches que escondía como sagradas reliquias

en el último cajón.

Que todo se acaba lo saben hasta las piedras milenarias.

De repente la luna desaparece del cielo

y el mundo se convierte en un escenario de cartón,

y un viento de intemperie que hiela hasta los huesos.

Mira que lo sabíamos y no queríamos creerlo.

Yo me aferraba a tu belleza

y tú al crisol de los recuerdos.

Mientras todo a nuestro alrededor se moría como carcoma

y hasta las palabras de amor

exhalaban un tenue tufo de veneno.

Llámame si te arrepientes,

si te sientes sola y perdida.

O mejor no me llames.

Dejemos que las cosas pasen y transcurran

hasta donde quiera llevarnos la vida.

 

 

 

 

 

 

 

SE CERRARON las puertas de las celdas

con un ruido inexorable y violento

como un martillo golpeando contra un yunque.

Domingo. Llovía

El mundo era una botella de cristal

donde se ahogaba un barco.

Una luz dorada de atardecer de otoño

se insinuaba como un pétalo abierto

entre las grises cortinas de lluvia

que llevaba y traía el viento.

Los familiares montaron en sus coches

y se alejaron por una carretera

que se perdía en otro mundo

como una procesión de espectros.

La guapa esposa, la madre doliente,

y un preso de larga condena

que pegaba al frío de los barrotes

las mejillas ardientes.

Oscurecía. Sólo se oía la lluvia

rompiéndose contra los muros

como abalorios de tristeza.

 

 

 

 

 

 

SE LANZÓ sobre la vida

como una leona sobre una cebra.

¿Qué buscaba?

Con dieciocho años ya andaba con su mochila sobre las aguas,

tuvo algún aborto que otro, alguna herida que otra,

mientras se fumaba compulsivamente

hasta la hierba de las cunetas.

Más tarde vinieron unos años grises

cuando pasó de moda la espuria movida madrileña.

Sin saber muy bien qué hacer con su vida,

volvió a tomar impulso y voló desde Ibiza

hasta los largos ríos de Conética..

Ahora vive un poco más tranquila

enseñando a Quevedo en otra lengua,

navegando en calma por los foros de internet,

regresando, con algunas canas, para las fiestas.

Leona, bruja, temporera, viajera,

heroína del amor y de la vida,

reina de los bluses y las malas experiencias,

va defendiendo con uñas y dientes

su lugar ¡por fin! en el mundo,

¡qué más da un aire que otro, un cielo que otro,

una que otra ausencia!,

hasta que algún día, como a todos,

ya sabia y acartonada, se la trague la puta tierra.

 

 

 

 

 

 

NO ME LLAMA

El móvil brillaba encima de la mesita de noche como un hueso desenterrado bajo la luna.

No dormía. Permanecía con la mirada clavada en el teléfono esperando a que sonara por fin.

La una, las dos de la mañana. No me llama. Todo el vacío del Universo se concentraba en aquel pequeño rectángulo de metacrilato y hojalata. También toda la esperanza. Si de repente se hubiese iluminado y hubiera empezado a sonar con aquella gangosa melodía de samba distorsionada, habría sido como encontrar vida en otro planeta. El corazón le habría estallado de gozo, de miedo y de emoción. Pero no. Todas las noches el mismo silencio, la misma agónica espera.

Las tres, las cuatro de la mañana. No me llama. ¿Y si lo llamara ella? Le diría con su voz disléxica y nasal:

"Hola, (su voz brincaría como un potrillo liberado) ¿qué tal estás?, te llamo para ver si me llamas, cuando quieras me llamas ¿vale? Besitos....¡guapo!"

Pero estaba segura de que él tendría el móvil apagado como siempre, o le saltaría el buzón de voz. El buzón de voz, ese bidón oxidado donde se ahogaban, como cadáveres amontonados en una fosa común, las palabras de amor.

Ladró un perro. Las cinco de la mañana. Todavía estaba oscuro. El frío y la niebla cubrían las calles como un triste sudario.

No quería dormirse. ¿Y si se dormía y, por un casual, la llamaba y no oía el teléfono? Jamás se perdonaría a si misma. Creo que se moriría de repente.

- Ya sabes- le había dicho ella hacía ya mucho tiempo, años, siglos, al despedirse de él por última vez en la boca del metro de Tirso de Molina- cuando quieras me llamas, no importa que sean las cuatro de la mañana, tú me llamas para cualquier cosa ¿vale?-

Pero él nunca la había llamado. Claro, estaba tan ocupado, tenía tantos problemas el pobre que nunca sacaba tiempo para llamarla. No es que no la quisiera, no, ¡que va!, siempre fue bueno y atento con ella, siempre le preguntaba qué tal estaba, y aquella vez que le dio el ataque de ansiedad se preocupó mucho, lo que pasa es que está cansado de trabajar, de luchar con los problemas, pero entonces ¿por qué no la llamaba? Ella le ayudaría como siempre, le haría los recados, le tiraría la basura, le llevaría las bolsas y las cajas, el peso de su dolor.

¡Ya sé! Lo que pasa es que no quiere molestarme. ¡Qué tonto! "Pero si no me molestas, le diría con una voz como la cera derritiéndose, de verdá, me gusta que me llames, ¡me gusta mucho que me llames!"

Las seis. Pronto amanecería. Pronto se escondería la luna y una fría claridad arañaría los cristales. Tal vez una bandada de grullas, como aquella mañana lejana, surcaría melancólicamente el cielo.

No me llama. Allí seguía el móvil, inerte como un cadáver, como una puerta cerrada, como una tumba de mármol frío.

Le picaban los ojos. Otra noche más de vigilia y ausencia, una larga ausencia como un permanente vacío de estómago, una infinita añoranza que le oprimía el pecho con un mar de lágrimas a punto de desbordarse.

"Estoy mal, le diría, es que me duele una muela, le mentiría, es que a mi madre la tienen que operar de la mano..." No, es porque te quiero y no puedo vivir sin tu presencia, porque sin ti no existe nada salvo la soledad, ni el mundo, ni el futuro, ni las calles, ni el cielo, ni el sol. Es porque me dejaste de la mano al borde de un abismo sin haberme enseñado a andar antes, es porque quiero caminar contigo sobre las aguas el resto de mi vida, es porque sueño con un beso tuyo en la oscuridad de un portal, es porque eres mi luz, mi destino y mi alma gemela....¡Qué ridículo! Seguro que él se reiría con aquella risa que, no sabía porqué, le recordaba a un martillo golpeando sobre un yunque.

Las siete. No me llama. Ya se estaba levantando su padre para ir a la fábrica. Dentro de poco tendría que levantarse ella también. Se metería en el baño como una sonámbula, se vestiría, desayunaría en la mesa de la cocina sin despegarse de su móvil ni un instante. Porque una vez sonó ¿sabéis? Y ella se puso tan nerviosa que tiró el tazón de leche sobre el mantel. Pero era alguien que le dijo no se qué cosa de no sé qué puntos para cambiar de teléfono o no sé qué rollo. Fue para las fiestas, la banda de música pasó tocando diana por la calle y a ella, al colgar, aquella alegre música le pareció una marcha fúnebre.

No me llama. Se concentró. Incorporándose un poco de la cama decidió hacer un último intento desesperado. Miró al teléfono con todas las fuerzas de sus ojos estrábicos y le ordenó mentalmente: ¡suena, suena! ¡¡suena, maldito!!.

Y entonces sonó....

Bueno, no sonó, pero puede que suene algún día, ¡quién sabe!, milagros más raros han sucedido, según cuentan por ahí.

 

 

 

 

 

 

 

SENTÍ la palabra como una bola de fuego

subiendo de mi corazón a mi garganta

a través de un largo túnel de miedo.

Cerré mi boca con la mordaza de un muerto

y me guardé para siempre aquel sí

que desde entonces me ha estado abrasando por dentro.

Abandoné la casa con un estruendo de puertas y ventanas

cerrándose a mi alrededor.

Me ponía las manos en las grietas de la piel

por donde quería escaparse la herida del amor.

Creo que era de noche aquel día tan oscuro

y las piernas se me hundían en el asfalto

cuando me alejaba por la calle.

Ella, tras la ventana, aún tenía las manos extendidas,

sorprendida y muda como quien ha visto el rostro de la muerte.

No pude soportar el dolor de su ausencia

y huí como un cobarde para el resto de mi vida,

dejando a sus pies mi cadáver tendido

con un hilo de sangre brotando por la sien.

 

 

 

 

 

 

                                                UNA VIDA INTENSA

Dada su longevidad genética, el loro Bartolillo había tenido una vida intensa, llena de aventuras y curiosas experiencias existenciales. Fue mascota de un Coronel de Bétera, de un comerciante de Rabasa y  de una estanquera viuda que vivía en la calle la Montera de Madrid, hasta que, a sus cincuenta y cinco años, dio con sus huesos en el convento de monjas concepcionistas de Matalascabras, en la provincia de Ávila.

Las monjitas se pusieron muy contentas con su nuevo huésped y se arremolinaron para contemplarlo y hacerle carantoñas. La verdad es que casi todas eran viejas y feas, cazas,  como se diría en el argot lúmper, de eso se dio cuenta enseguida el avispado Bartolillo, aunque había una novicia que destacaba entre las otras como un sol asomándose tímidamente entre negros nubarrones. Muy joven, algo gordita, de rostro aniñado y virginal, de grandes ojos donde parecían nadar los misterios de la vida. Desde el primer momento en que la vio, las plumas se le erizaron y hasta le entraron ganas de picarle cuando la novicia acercó su blanco dedito a la jaula. Cualquiera diría que se había enamorado de ella. Pero, en cualquier caso, era un amor imposible y sin futuro, como un helecho que brota de repente en la pared árida y vertical de un acantilado. Como el amor entre un preso y una presa que se hablan sin esperanza a través de una grieta del muro de la cárcel que separa el patio de hombres del de mujeres. ¿Os imagináis a un loro caminando hacia el altar del brazo de una monja? En fin, dejémoslo.  

Al principio el loro no hablaba, estaba cohibido metido en su jaula en un rincón del sombrío zaguán. Hasta que un buen día, no se sabe porqué, empezó de improviso a saludar a las monjas que entraban y salían del convento.

-¡Avemariapurísima! Grrr grrrr-

- ¡Uy que loro más majo!- Dijo la madre superiora, sor Trinidad, con su cara redonda y abotargada y sus grandes gafas de aumento.

- ¡Avemariapurísima!  Grrr ggrrrrr-

- Sin pecado concebida- le contestaban las monjas que venían de algún recado o de visitar a enfermos y menesterosos.

- Es un loro muy devoto- Comentaban orgullosas las monjitas a los familiares que venían a visitarlas los domingos.

- ¡Avemariapurísima...grrrrr grrrrrrr!-

Hasta que un buen día, sor Pasión de los pobres, que tenía esas cosas, tuvo la peregrina ocurrencia de dejarlo al sol en el patio, para que le diera el aire, se justificaría posteriormente, durante todo un día en pleno mes de Julio. Al pobre loro, cuando sor Trini vino a rescatarlo, le sudaban las plumas y se le cerraban los ojillos presa de una severa insolación. Como tenía una constitución fuerte sobrevivió, pero a partir de aquel día ya no fue el mismo. Se conoce que en su cabeza empezaron a revolverse las cosas, mezclándose vivencias y acontecimientos de su vida pasada y presente. Lo que no cambió fue su amor por la novicia y cuando ésta se acercaba empezaba a contonearse en su columpio con chulesca virilidad.

- ¡Rrrrrrrsario, ven pacá Rosario!   Grrrr grrrrrrrr- Se puso a desvariar como si se hubiese vuelto loco de remate.

- ¡Que viene mi marido  que viene mi marido!...grrrrr    grrrrrrr-

Pero la cosa no acabó ahí. Y las monjas se santiguaron sin  poder dar crédito a sus oídos cuando un buen día le oyeron repetir monomaniáticamente:

- ¡Follar o chupar, follar o chupar!...grrrrr   grrrrrrrr....¡follar y chupar  follar y chupar!-

- ¡Este pajarraco está endemoniado, qué vergüenza!!- Aulló la espigada sor Pasión, corriendo hacia la cocina en pos de un cuchillo jamonero. Menos mal que Sor Trini la pudo detener a tiempo, justo cuando ya la otra se disponía a asesinar al loro.

- ¡Chupar o follar, chupar o follar! Grrrr grrrrrrrrr-

- ¡Déjalo, déjalo, hija, es una criatura de Dios, no sabe lo que dice, a ver si echándole agua bendita se cura, si no tendremos que recurrir al señor vicario, virgen milagrosa, ruega por él!-

- ¡Cinco mil el completo!- dijo la criatura de dios- grrr grrrrrr... cinco mil el completo!-

-¿Pero de dónde ha salido este bicho tan obsceno?-

Decidieron cubrir la jaula con un trapo negro a ver si por fin se callaba el enloquecido Bartolillo.

-¡No tienes cojones, Francisco, no tienes cojones Francisco...grrrr grrrgg...-

Continuó cotorreando el loro en medio de la oscuridad. Las monjas, dándose por vencidas, se fueron de puntillas y harto escandalizadas.

  • - ¡Cara al sol con la camisa nueeeeeeva! Grrrrr grrrrrr!
  • - ¡Chupar o follar, chupar o follar!....grrr...grrrrr-
  • - ¡Que viene mi marido, que viene mi marido!-
  • - ¡Grrrrr. Grrrrrr ¡¡¡ a formar, maricones!!!-

Se hizo el silencio. Como se vio sólo y a oscuras, se ve que el hombre sintió miedo y volvió a repetir con uncido arrepentimiento:

-¡Avemariapurisima.....avemariapurisima...grrr grrrrrr gggggrrrr avemariapurisima...-

Demasiado tarde. Ya le habían visto el plumero. Sus días, por listo y bocazas, estaban contados en aquel paraíso monjil y tal vez, si lo atrapaba sor Pasión, sobre la tierra.

  • - ¡grrrrrr....gggggrrrrrr......¡enciende la luz Anastasio!...grrrrr....gggggrrrr!-
  • - ¡Rrrrrrrsario...rosario!-
  • - ¡qué horas son estas borrachuzo...grrrrrr, gggggrrrr!-
  • - ¡chupar o follar chupar o follar...grrrr grrrrr!-
  • - ¡cállate pollino cállate pollino..grrrrrr!-
  • - ¡que viene mi marido coño,...grrrrr que viene mi marido coño!-
  • - ¡cinco mil el completo, cinco mil el completo..grrr....grrrrrrrrrr-
  • - ¡menéatela tú solito...menéatela tú solito...grrrrrr grrrrrrrrrrrrrrrrrrr...

 

 

 

 

 

 

 

PERRO ATROPELLADO

 

Un chapoteo de carne humana restalló en la oscuridad de la calle desierta. Carne triste, vencida, como un trozo de ternera muerta que cae inerte sobre el frío y ensangrentado linóleo de un matadero. Carne que en otro tiempo había sido hermosa y deseada, joven y fértil como un árbol henchido de fruta.

Una especie de aullido infrahumano, demente, reverberaba en la gélida bóveda del cielo nocturno.

-¡¡Ahhhhhgggggggg.....!!-

Corría desnuda calle abajo, el asfalto mojado por témpanos de hielo, un cadáver que se ha escapado de su tumba, los pies pisando cuchillas afiladas, el aire una lluvia de agujas que traspasaban la piel hasta clavarse en el corazón, el corazón herido, llagado, hecho jirones como la mortaja de un muerto exhumado.

A lo lejos, en la rotonda del palacio, resplandecían esporádicamente los faros de algún camión que se alejaba cuesta arriba rugiendo como un mastodonte en pos de la carretera de Ocaña.

Eran las cuatro de la madrugada. Las luces de navidad estaban apagadas, las fuentes mudas, las estatuas ateridas sobre el coso hojarascado, ostentando una majestuosidad ridícula y trasnochada, como absurdos fantasmas desterrados de su época.

Bajó gritando por la calle del Príncipe hasta la orilla del río. El pelo desmadejado, mugriento y lleno de trasquilones. La piel quemada por la intemperie, acuchillada por la vida, el corazón atravesado por siete puñales, destruido, la mirada desorbitada y enloquecida.

No sentía el frío, ni el agudo contacto de los helados adoquines. Tenía la sensación de que iba pisando mierdas, mierdas que se agarraban como garrapatas a sus pies descalzos.

¿No es esa aquella reina a la que tantos adoraban?  Pero si no le quedan más que pellejos. Dicen que empeñó su corona para comprar heroína, que no pudo con el peso de la fama, que las malas experiencias sentimentales acabaron destruyéndola como la metralla destruye poco a poco el paredón de un campo de tiro.   

Corría y corría desesperadamente como si quisiera huir de sí misma. Vieja prematura, abandonada por todos, una princesa rusa meando en la sórdida esquina donde vende su maltrecha belleza.

En algunas casas las luces estaban encendidas. Marcos de soledad por donde se arrastraba en silencio la muerte, o breves explosiones de lujuria como hojas verdes brotando de un tronco viejo y seco.

Una huida imposible, condenada al fracaso, como una liebre que se retuerce entre las férreas fauces de un galgo.

-¡¡¡AHHHGGGGGGGG......!!- Iba gritando ininteligiblemente como un animal malherido acosado por una jauría de demonios interiores. Los pechos vacíos, exhaustos, como los de la figura de la muerte en el Carro del Heno. Las nalgas caídas y tristes, la piel apagada y cenicienta, la carne otrora rosada reseca ahora como la cecina, la boca desdentada, sin apenas pestañas los ojos, los labios contraídos en una mueca de dolor, desgastados de dar besos sin respuesta, las manos como la paja que asoma por las mangas de un espantapájaros.

¡Corre, huye, huye! No mires atrás, no vuelvas a esa maldita cárcel donde deambulan penando despojos de difuntos. Sigue el curso del río hasta el mar, salta entre las piedras, ríe como la espuma, o si ves que te falta el aliento y ya no puedes más, deja de luchar y húndete mansamente en el fondo del río con la piedra de tu dolor al cuello, será sólo un instante, lo que tarda en dormirse un niño, apenas un estallido de dolor como una pedrada en la sien, y dejarás atrás todo para siempre por fin, todas esas mierdas que has pisado durante tu vida y de las que no te puedes desprender. Te dejarás atrás a ti misma, la turba de tus fracasos, esa espiral de terrores que gira y gira obsesivamente en tu cabeza en sentido contrario a la agujas del reloj.

¿Qué te pasa? ¿No te atreves tampoco a morir? Pues entonces deja que te alcance de nuevo la vida, vuelve a tu tumba, a la metadona, a las ridículas terapias de grupo, busca a Dios en las cosas cotidianas, al enhebrar una aguja, al doblar tu ropa sobre la silla junto a la mesilla de noche. Y espera al domingo para que algún pariente compasivo venga a visitarte, y sin dejar de mirar el reloj, te ponga una manta sobre el regazo y te siente en un banco de piedra, para hablarte de recuerdos que todavía te hieren, mientras el sol se va poniendo extramuros, hasta que suene la lúgubre campanilla que anuncia la cena.

Se detuvo sin resuello en el embarcadero, cerca de donde los cisnes dormían.

En una garita abandonada, lamida por la lengua del río, había un corazón con dos iniciales ya casi ilegibles.

Se tocó su corazón con la loca esperanza de que estuviera muerto por fin. El sueño de morir, sumirse placidamente como un ínfimo grano por el cuello de un reloj de arena.

Todo te salió mal. El amor, la vida, la muerte. Ese dulce vértigo que sentías cuando creías flotar en la cumbre, era en realidad el vértigo angustioso de estar ya cayendo.

Si por lo menos, diva de tacones rotos y pellejo desplumado, hubieras nacido perro...Pero si ya eres un perro, un perro abandonado, apaleado, un perro que se retuerce de dolor atropellado por el camión de la basura en medio de una carretera mojada.

Tenía sed, la sed metafísica del moribundo. No puedo más, pensó estoicamente dejando caer las manos muertas por los costados. La cabeza le daba vueltas, como si la concreta geometría de la realidad se hubiese roto en mil caóticos pedazos para siempre.

Escrutando la oscuridad a su alrededor, se agachó, en cuclillas, y se puso a cagar de miedo.

"Anda, pensó con un último destello de lucidez, Encarni, cariño, deja de sufrir, deja de ir siempre hacia atrás y muérete ya de un puta vez." Pero ¿qué tendrá la vida para seguir amándola a pesar de todo?.

 

      

 

 

 

 

 

RÁPTAME

 

Había cuatro muchachas blanqueando la casa del cura. Una era rubia y con los ojos azules, se parecía a Marisol cuando salía cantando en las películas montada en un borriquito. Otra era morena, alta, de grandes pechos, pelo largo y ondulado, los ojos brillantes y rasgados, la cara un poco de bruja. La tercera también era morena, algo más bajita, de ojos rasgados también, labios sensuales, mirada inteligente. La cuarta también era morena, algo más gordita y más joven que las otras, pechos grandes y firmes, caderas y nalgas voluptuosas, piel suave y resplandeciente, labios rojos y carnosos, y unos ojos como las cascadas que se esconden tras la sombría fronda de una selva.

Las cuatros reían y conversaban animadamente. Estaban subidas en una especie de andamio de madera. Cuatro hermosas gracias alegrando la vida, iluminando el mundo. Los pájaros, desde el borde de los tejados, las contemplaban como si compusieran una estampa de la primavera.

Una se puso a cantar con voz de ninfa una canción inocente que hablaba de unas hormigas trepando por el tronco de un árbol. Las otras la acompañaron.

La tarde avanzaba. Olía a cal, a sol, a savia, a esperanza y a geranios en los balcones.

De repente, como un negro nubarrón rompiendo la paz del remanso, se oyó un rugido ensordecedor a la vuelta de la esquina.

El motorista apareció de improviso como un jinete fantasma montado en una estruendosa nube de monóxido, y apoyando, sin apagar el motor, su Bultaco azul en la pata de cabra, saltó como un rayo apocalíptico de la moto y agarró por la cintura a la más joven y gordita de las muchachas, cargándola sobre el depósito de gasolina, atravesada como un costal.

Todo sucedió muy rápido. La gordita se puso a gritar agitando las piernas en el aire:

-¡Suéltame, hijodeputa, no quiero saber nada de ti!-

Las demás muchachas, subidas en el andamio, contemplaban la escena boquiabiertas.

El motorista vestía de cuero negro, era alto y corpulento, la boca torcida en una sonrisa siniestra.

-¡Déjame en paz, cabrón, sinvergüenza, canalla!-

La muchacha, atravesada sobre la moto, seguía pataleando, gritando y agitando inútilmente sus pequeños puños:

-¡Te he dicho que me sueltes, bruto, es que no ves que ya no te quiero!-

Pero se adivinaba ahora un cierto enervamiento, un cierto desmayo en sus protestas, como una liebre que va dejando de retorcerse entre las fauces de un sabueso.

El motorista, sin decir palabra, montó de nuevo en su Bultaco y aceleró perdiéndose con la chica raptada calle abajo, dejando una estela de bencina en el manso aire del atardecer.

Las otras tres gracias, con sus brochas todavía en la mano, permanecían mudas y alucinadas, alineadas en el andamio. Se les había quitado de súbito las ganas de cantar.

Pasados unos minutos, volvió a oírse un rugido detrás de la esquina,...bueno, esta vez más bien parecía una pedorreta. Apareció otro motorista en una derrengada mobilete, llevaba por casco un pañuelo anudado en la cabeza, gafas de aumento destacando sobre una figura enclenque y un rostro estólido. Llevaba un palillo mondadientes en la boca. Pasó sin detenerse, mirando a las muchachas como un perro que se asoma a una casa donde están celebrando una boda. Las muchachas, a su vez, lo miraron como a una mosca que da vueltas en el zaguán de un velatorio.

Cuando las tres sabinas que quedaban volvieron por fin en sí, se bajaron del andamio y decidieron, con buen criterio, ir a contar al señor cura lo que había pasado.

Aunque estaban sinceramente indignadas, no podían evitar sentir un inconfesable cosquilleo, pensando en aquel rapto a la antigua usanza, imaginando una apasionada historia de celos tormentosos y amores imposibles. Y es que desde las antiguas tragedias griegas hasta hoy, la juventud siempre es la misma.

 

 

 

 

   

 

 

¿ME QUIERES?

 

Era muy guapa. A la luz del portal parecía una virgen dentro de una hornacina. Algo gordita, es cierto, pero con una gordura infantil, tierna, blanca, angelical, donde los pechos y las caderas iban tomando forma de mujer, hinchándose como membrillos entre el verdor de las ramas.

El muchacho la contemplaba desde el umbral con los pies metidos en un charco, ajeno a todo, a la lúgubre luz de las farolas, a la calle desierta y mojada, a las campanas de la iglesia tañendo melancólicamente bajo la oscuridad del cielo lluvioso.

  • - Un beso, que me voy- Dijo ella con una sonrisa de su boca carnosa, de sus ojos grandes y radiantes como fanales en la noche.

Él besó con devoción aquel jugo tierno y fértil, y sin moverse de su charco, le preguntó en un tono un poco cursi:

            -¿Me quieres?-

            - Que sí, pesao, ya vale-

            -Pues dímelo-

            -Que sí, tonto, no empieces, para qué quieres que te lo diga tantas veces si ya lo sabes de sobra-

            - Pues entonces dímelo mirándome a los ojos, dime "te quiero"-

De repente sonó el teléfono en el interior de la casa.

  • - ¡Uy!, tengo que entrar ya, el teléfono está sonando, a lo mejor es mi madre, que ha ido a la residencia a ver a mi abuela, adiós, hasta mañana-

La chica se soltó suavemente de la mano del chico y entró en la casa cerrando la puerta tras de sí.

La oscuridad invadió el umbral como la muerte invade los ojos de un desahuciado.

  • - ¡Pero dime te quiero!- Gritó el muchacho, con angustia, sin moverse del charco donde estaba plantado. No hubo respuesta. Era un devoto buscando a Dios y encontrando en su lugar el vacío y la nada. Hay tanta nada en el mundo...

La lluvia arreció. Pasaron los minutos. El devoto siguió esperando sin importarle la hora, ni el aguacero, ni el frío de diciembre. 

Ladró un perro. Las últimas hojas caían de los árboles arrancadas por la lluvia.

Sin ella se sentía solo, abandonado a la intemperie del mundo como un cachorro indefenso.

Sólo se oía la monótona letanía de los canalones, como una clepsidra dentro de un panteón.

Un globo que se le habría escapado a algún niño volaba por el cielo. ¿A dónde irá? Se preguntó sintiendo la lluvia en sus ojos ardientes y desorbitados.

Transcurrida una media hora, se decidió por fin a tocar el timbre con mano temblorosa. Tras un largo compás de espera se oyeron dentro unos pasos, leves, femeninos, que más que andar levitaban.

La chica entreabrió la puerta.

  • - ¿Pero todavía estás aquí?, ¿tú eres tonto o qué?, mi madre puede llegar en cualquier momento, ¿o es que ha pasao algo?- Preguntó con un trémulo susurro.
  • - No me has dicho te quiero, dime te quiero-
  • - Estás loco, joder, no voy a seguirte el juego ni un minuto más, estás lleno de manías y obsesiones, todas las noches la misma historia, no estoy dispuesta a seguirte el juego, ya me estás cabreando ¿sabes?-
  • - Pues dime te quiero y me voy, no me puedo mover de aquí si no me dices que me quieres mirándome a los ojos-

-¡Ya está bien!, eres ridículo,  Tibu,  pareces un niño, ¿sabes?, que no, joder, que no estoy dispuesta a seguir tu juego por más tiempo, métetelo en la cabeza de una vez, lee mis labios ¡no!-

  • - Dime te quiero, ¡dímelo!-
  • - Ya vale, adiós, te he dicho que no pienso seguirte la corriente ni un minuto más-
  • - Pero...

La chica volvió a cerrar la puerta en las narices de su novio, esta vez bruscamente.

  • - ¡Dime te quiero!- Gritó el muchacho a la oscuridad que lo abrazaba como las alas de una muerte gigante.

Ansioso y desencajado, esperó a que la puerta se abriera de nuevo, como un perro que espera a que su amo le arroje la comida. El corazón le latía impaciente y expectante. Sabía que si no escuchaba de los labios de su novia aquel mágico te quiero, no podría dormir, ni comer, ni vivir en adelante.  Necesitaba el oxígeno de su aliento, el milagro de cada noche, la bendición de aquella boca dulce y sensual vertiendo sobre su alma aquellas cálidas y voluptuosas palabras de amor.

Estaba decidido a esperar toda la noche si era necesario. Toda la vida.

Al cabo de una hora más o menos, ella, por fin, volvió a abrir la puerta. A él el corazón le dio un vuelco de alegría que dibujó una sonrisa en su rostro pálido y aterrado. La chica iba a tirar la basura. Llevaba puesto un abrigo encima de un pijama rosa de conejitos. Él la deseó.

  • - ¡Qué susto me has dao, coño, ¿qué haces aquí todavía?, anda, vete ya a tu casa de una vez, en serio, vas a coger una pulmonía, mi madre está a punto de llegar y como te pille aquí no te lo perdono!-
  • - Dime te quiero- repitió él con la voz quebrada, al borde del llanto, del pánico, del suicidio- ¡dime te quiero mirándome a los ojos!-
  • - No te entiendo, Tibu, creo que de verdad estás loco, no es normal lo que haces- Le reprochó ella con un timbre de pena y desaliento en la voz.

Pero ¿por qué no le decía de una puta vez te quiero como todas las noches? ¿Tanto trabajo le costaba hacerle feliz? ¿O es que en realidad ya no lo quería? ¿Quería a otro? Ya sé, quería al Mario ese, el hijo de Sidonio, el secretario del ayuntamiento, con el que tanto se reía en clase y con el que bailó una vez en la fiesta de fin de curso. Eran sólo dos palabras, dos malditas palabras que llenarían todos los silencios, dos palabras que a él le habrían llenado el corazón de fuerza y esperanza y que para ella no representaban ningún esfuerzo, apenas el de una expiración, así "te quiero", ya está, como un beso en la mejilla antes de que parta el tren, ¿era tan difícil?. Bastaba con decirle mirándole a los ojos "te quiero, ale, ya" así de fácil, y entonces se habría marchado a su casa con el corazón rebosando de gozo, andando sobre las aguas, seguro de sí mismo, sin miedo a las tragedias que el futuro esconde.

  • - Estás loco de atar, ¿sabes?, y yo no estoy dispuesta a desperdiciar mi vida con un loco- Dijo la muchacha con sensual tristeza, mientras arrojaba la bolsa de basura al contenedor.
  • - ¡Pues dime te quiero y ya está, lo necesito, dime te quiero mirándome a los ojos!- Le suplicó él cogiéndola del brazo, como un mendigo llagado que pide desesperado una limosna.
  • - Tú lo que necesitas urgentemente es un psiquiatra - Respondió ella con el rostro desencajado, zafándose violentamente para entrar corriendo en la casa y cerrar de un portazo.

Él sintió aquel portazo como un tiro en la sien, como la tapa de un ataúd cerrándose sobre su esperanza para que la tierra la enterrara en la soledad y en el olvido.

"Qué tondo eres, todo lo tienes que estropear siempre" Pensó ella, llorando en silencio, mientras se alejaba por el pasillo, arrastrando sus zapatillas de ositos.

Se oyó a lo lejos el rugido de un coche solitario, bajo la lluvia, por la carretera general.

Un gato albino que sólo tenía tres patas, cruzó desde la acera de enfrente en pos del rebosante contenedor de basura.

-¡¡ DIME TE QUIEROOOOOOO!!!!!!-

 

 

 

 

 

 

LA MEADA DEL MIEDO

 

Se acercaba la hora de la verdad. Con un resoplido de autoafirmación, lanzaba golpes al vacío delante del espejo, como si quisiera espantar al miedo que se le había agarrado como un perro de presa al estómago, al pecho, a la garganta, a los músculos contraídos como lombrices pisoteadas. Directos y ganchos con demasiada virulencia, bajo la desangelada luz fluorescente del vestuario. Movía la cintura apoyado en la punta de los pies, pasos laterales, rápidas esquivas, golpes, contragolpes, ganchos cortos, largos directos. Pensó que se iba a cansar antes de tiempo, pero tenía que salir caliente al ring, un golpe en frío puede ser definitivo, sentía cómo su sangre acudía en su auxilio agolpándose contra la piel como sacos de arena en una trinchera.

Vio su cara en el espejo, la mirada desorbitada de un negrito asustado, como los de las películas de los algodonales. Sintió vergüenza y asco de sí mismo.

En el fondo sabía que no tenía ninguna posibilidad. El campeón era una mala bestia, un púgil demoledor que atacaba y atacaba con mirada fiera como un bárbaro en pos de la victoria. Todavía recordaba aquel sangriento combate entre el campeón y el argentino Julio César Vázquez. Un choque de trenes, los golpes resonaban en el aire viciado de la Cubierta como cañonazos sobre una muralla. Dos titanes de la Ilíada luchando sobre la lona mojada por la condensación. Aquel hedor a sudor, a sangre, a cuero, a miedo que reventaba en cada golpe.

Ahora le tocaba a él. Dentro de breves instantes se adentraría con las piernas temblando en un mar de focos y gritos irracionales e iracundos, mientras el presentador lo anunciaba con un eco lúgubre como el de una voz de ultratumba:

-¡ Y ahora desde Panamá, el aspirante al título del mundo hispano, el killer de Santo Domingo, el terror del Caribe, Tooonyyy  Cambeeeeeellllll!!-

En realidad no era de Panamá. Era de Parla, Parla city, como se decía irónicamente, trabajaba esporádicamente repartiendo bombonas de butano y vivía en un barracón del CMU de Leganés porque no tenía dinero para alquilarse una habitación.

¿Por qué hacía aquello? ¿Qué pretendía demostrar? En el fondo no lo hacía por dinero, su miedo era más grande que todo el dinero del mundo. Entonces ¿por qué lo hacía? Tal vez por inercia como había hecho siempre todo en su perra vida. Se imaginó tumbado debajo de un árbol, leyendo novelas policíacas que tanto le gustaban. Sin embargo los inescrutables designios del destino le habían conducido allí, al primer escalón del patíbulo. ¡Dios!, sentía tanto miedo que de buena gana hubiera echado a correr en aquel instante para no detenerse hasta dejar atrás su miserable vida. ¿Por qué no lo hacía? ¿Tanto le importaba ser un cobarde? No le debía nada a nadie, no tenía que demostrar nada a nadie, lo poco que era se lo debía a sus puños, esos puños que así, envueltos en vendas y esparadrapos, parecían dos pequeños gazapos con las orejas encogidas ¿Y con aquellos diminutos puños quería derrotar al todopoderoso campeón?

El campeón era un pegador terrible, cada golpe suyo era una pedrada de arena y grava que se deshacía en la carne entumeciéndola y paralizándola. Hubiera preferido enfrentarse a un killer, los killers son menos peligrosos, sus golpes son suaves, lentos y hasta torpes, balancean el cuerpo hacia delante hasta que te cazan con un croché violentísimo que te pone a dormir en la lona. Un solo golpe preciso y ya está, un instante terrible y se acabó. Un directo que sale como el puñal de un legionario para regresar empapado en sangre. Los pegadores, por el contrario, te van minando como martillos pilones, hasta que de repente te derrumbas sin darte ni cuenta, como una ruina de carne desde los dedos de los pies hasta el cuero cabelludo.  Los puños del campeón no bromeaban nunca, jamás amagaban, eran puños despiadados con la fuerza del oleaje sobre las rocas del acantilado.

Aunque no temía al dolor. En realidad cuando boxeaba nunca sentía dolor, ni siquiera cuando esos fogonazos de estrellas pirotécnicas le estallaban de vez en cuando en la sien derecha. ¡Sube la mano, sube la mano!, le gritaban entonces desde el rincón. Pero a él no le dolían los golpes, más bien le motivaban a ir adelante, estaba demasiado ocupado en esquivar, en moverse, en intentar respirar, en buscar la distancia, en aprovechar el momento de sus puñetazos. Lo que de verdad temía era el cansancio, esa dolorosa sensación de no poder más, las piernas de corcho, los brazos de plomo fundido, la boca seca como un abrasado erial, el corazón en la garganta, mientras el tiempo se detiene con una crueldad de eternidad, hasta que oyes los golpes sobre la lona que anuncian los últimos diez segundos, y ves el final entre una larga y desmayada niebla, una meta imposible de alcanzar. Y una sed de aire que no basta para saciarla ni todo el espacio abierto del cielo.

No pienses, no pienses, no pienses. Se repetía a sí mismo mientras sus pies se deslizaban por el suelo con un agudo sonido de cuchillos afilándose.

Bueno, siempre me puedo tirar en el primer asalto, o refugiarme entre las cuerdas hasta que todo acabe. Pero sabía que eso no lo haría nunca, un absurdo y tiránico orgullo se lo impedía. Un cobarde orgulloso, menudo problema. Pero ¿qué te creías que era la vida? Una guerra en la que quieras o no quieras tienes que luchar día tras día hasta que caes derrotado por el tiempo como una piedra que se hunde en el fondo de un río. El río del devenir. Jamás mientras viviese encontraría la paz, vería su faz rubicunda y correría tras ella como quien corre detrás del sol.

¡Vale ya, joder, no llores tanto y aprieta los dientes, coño! Se gritó interiormente con un último vivor de rabiosa dignidad. ¡También yo soy un killer ¿no?, le puedo vencer, le voy a vencer, he sacado del ring a tíos más grandes, ¿es que acaso en el fondo no es también  un pobre ser vulnerable y mortal como yo?, ¿acaso él no tiene  también un corazón que dejará de latir algún día, un corazón con miedo, dudas y vergüenzas inconfesables como todo el mundo?

Sentía una angustia insoportable, un cansancio moral ungido de tristeza, el mundo a su alrededor le parecía un patíbulo donde iba a ser ajusticiado dentro de un momento, ya estaba en el primer peldaño de ese patíbulo que olía a moho, a frustración y a sangre.

Pensó en Bety, en que cuando se desnudaba en la habitación del hotel era como si la vida empezara de nuevo, como si el mundo se creara otra vez de la nada. ¿Cómo?, sí, ya lo sé, Bety era sólo una puta, es cierto, pero él era mucho menos que ella, mucho menos valiente. Él vivía atenazado por el miedo, como un burro encinchado, condenado a dar vueltas alrededor de la noria de las obsesiones sin salida, siempre el peso insoportable del terror. Héroe de mierda, negro de mierda. Sintió odio hacia sí mismo. También pena, de sus armas pobres y despuntadas como las de don Quijote, de su temeridad romántica, de su empeño en seguir siempre adelante por un camino equivocado.

Iba a perder, estaba seguro, pero aun así lo intentaría, porque un extraño tufo de vida impulsaba en el fondo todas sus acciones aunque pudieran acabar en derrota. Sería un héroe caído cuyo cadáver arrastrarían las valquirias por el campo de batalla, entonando cánticos dementes.

En el gimnasio era distinto, el ring del gimnasio era el lugar más seguro del mundo. Cuando, haciendo guantes o pegándole al saco, veía las calles tras la ventana, calles sucias en el atardecer urbano, tenía la sensación de que nada de lo que ocurriera allí fuera podía herirle, ni las bombas de una guerra siquiera. En el ring era un animal respetado, temido, al que era mejor sonreírle con una reverencia sumisa y dejarlo en paz. Él saltaba a la comba mientras los promotores hablaban del dinero de la velada, augurándole un futuro glorioso como profesional, merced a esa derecha terrorífica que poseía.

Un futuro glorioso...Un miedo glorioso era lo único que había conseguido en la vida, el triste sabor a cobre del miedo era lo único que podría enseñar a sus hijos.

Y ahora estaba allí, como un animal fuera de su hábitat, como un gladiador a punto de saltar a la arena para enfrentarse a los sanguinarios leones.

No le debía nada a nadie. Sabía que su manager lo explotaba, y para su entrenador era sólo una prolongación de sí mismo, el proyecto de ese campeón que él nunca pudo llegar a ser.

Mientras seguía moviéndose frente al espejo, pensó en esos personajes caricaturescos que formaban su círculo social. Felipe Noreña y su ludopatía, Tristán con su ojo huero y esa enfermedad del sueño que le hacía quedarse dormido en medio de una conversación o meando en un urinario público.

Sonrió. Aunque su sonrisa no se vio reflejada en el espejo sucio de gotas de sudor y miedo. Porque el miedo seguía ahí, como siempre, como la pátina de roña en la pobreza, miedo a la gente, al fracaso, al ridículo, al desprecio, a todos esos tópicos que aunque sabía que eran absurdos y falaces no podía dejar de temerlos. Y es que la vida no se puede atrapar como si fuera nieve dentro de una bola de cristal.

Sentía que su cuerpo era como la arena que cae de un cubo a la espuma del mar. Le faltaban las fuerzas, la convicción, la fe. Si por lo menos tuviera a mano una botella de vozka... Recordó aquella vez que viajó a Moscú para enfrentarse a un zurdo boxeador uzbeco. Aunque estuvo unos pocos días, se enamoró de aquella ciudad gris y anacrónica, sus bosques entre rascacielos, el melancólico graznido de los cuervos en la nieve, las pequeñas plazas con las estatuas renegridas de los poetas rusos, la veracidad con la que sonaba aquel brusco idioma en los andenes del metro, la intimidad silente de las pequeñas iglesias...Sin saber porqué, todo aquello le recordó a su primer amor, a su único amor.    

¡Muévete, muévete, sigue moviéndote y no pienses!. Algo andaba mal dentro de su cabeza, lo sabía, un reloj con las manecillas rotas, un reloj que siempre andaba con retraso, o se adelantaba cuando no debía, o se paraba cuando estaba a punto de dar las horas.

Recordó aquel combate en Moscú, entonces se sentía muy fuerte, pensaba menos y actuaba rápido, la curiosa anécdota del árbitro cuando....

-¡Vamos, vamos, campeón, es la hora!- Escuchó a sus espaldas la voz retumbante de su entrenador, acompañada de estruendosas palmadas, entrando bruscamente al vestuario arrastrando su pierna poliomielítica.<

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