ráptame
RÁPTAME
Había cuatro muchachas blanqueando la casa del cura. Una era rubia y con los ojos azules, se parecía a Marisol cuando salía cantando en las películas montada en un borriquito. Otra era morena, alta, de grandes pechos, pelo largo y ondulado, los ojos brillantes y rasgados, la cara un poco de bruja. La tercera también era morena, algo más bajita, de ojos rasgados también, labios sensuales, mirada inteligente. La cuarta también era morena, algo más gordita y más joven que las otras, pechos grandes y firmes, caderas y nalgas voluptuosas, piel suave y resplandeciente, labios rojos y carnosos, y unos ojos como las cascadas que se esconden tras la sombría fronda de una selva.
Las cuatros reían y conversaban animadamente. Estaban subidas en una especie de andamio de madera. Cuatro hermosas gracias alegrando la vida, iluminando el mundo. Los pájaros, desde el borde de los tejados, las contemplaban como si fueran una estampa de la primavera.
Una se puso a cantar con voz de ninfa una canción inocente que hablaba de unas hormigas trepando por el tronco de un árbol. Las otras la acompañaron.
La tarde avanzaba. Olía a cal, a sol, a savia, a esperanza y a geranios en los balcones.
De repente, como un negro nubarrón rompiendo la paz del remanso, se oyó un rugido ensordecedor a la vuelta de la esquina.
El motorista apareció de improviso como un jinete fantasma montado en una estruendosa nube de monóxido, y apoyando, sin apagar el motor, su Bultaco azul en la pata de cabra, saltó como un rayo de la moto y agarró por la cintura a la más joven y gordita de las muchachas, cargándola sobre el depósito, atravesada como un costal.
Todo sucedió muy rápido. La gordita se puso a gritar agitando las piernas en el aire:
-¡Suéltame, hijodeputa, no quiero saber nada de ti!-
Las demás muchachas, subidas en el andamio, contemplaban la escena boquiabiertas.
El motorista vestía de cuero negro, era alto y corpulento, la boca torcida en una sonrisa siniestra.
-¡Déjame en paz, cabrón, sinvergüenza, canalla!-
La muchacha, atravesada sobre la moto, seguía pataleando, gritando y agitando inútilmente sus pequeños puños:
-¡Te he dicho que me sueltes, bruto, es que no ves que ya no te quiero!-
Pero se adivinaba ahora un cierto enervamiento, un cierto desmayo en sus protestas, como una liebre que va dejando de retorcerse entre las fauces de un sabueso.
El motorista, sin decir palabra, montó de nuevo en su Bultaco y aceleró perdiéndose con la chica raptada calle abajo, dejando una estela de bencina en el manso aire del atardecer.
Las otras tres gracias, con sus brochas todavía en la mano, permanecían mudas y alucinadas, alineadas en el andamio. Se les había quitado de súbito las ganas de cantar.
Pasados unos minutos, volvió a oírse un rugido detrás de la esquina,...bueno, esta vez más bien parecía una pedorreta. Apareció otro motorista en una derrengada mobilete, llevaba por casco un pañuelo anudado en la cabeza, gafas de aumento destacando sobre una figura enclenque y un rostro estólido. Llevaba un palillo en la boca. Pasó sin detenerse, mirando a las muchachas como un perro que se asoma a una casa donde están celebrando una boda. Las muchachas, a su vez, lo miraron como a una mosca que da vueltas en el zaguán de un velatorio.
Cuando las tres sabinas que quedaban volvieron por fin en sí, se bajaron del andamio y decidieron, con buen criterio, ir a contar al señor cura lo que había pasado.
Aunque estaban sinceramente indignadas, no podían evitar sentir un inconfesable cosquilleo, pensando en aquel rapto a la antigua usanza, imaginando una apasionada historia de celos tormentosos y amores imposibles. Y es que desde las antiguas tragedias griegas hasta hoy, la juventud siempre es la misma.
¿ME QUIERES?
Era muy guapa. A la luz del portal parecía una virgen dentro de una hornacina. Algo gordita, es cierto, pero con una gordura infantil, tierna, blanca, angelical, donde los pechos y las caderas iban tomando forma de mujer, hinchándose como membrillos entre el verdor de las ramas.
El muchacho la contemplaba desde el umbral con los pies metidos en un charco, ajeno a todo, a la lúgubre luz de las farolas, a la calle desierta y mojada, a las campanas de la iglesia tañendo melancólicamente bajo la oscuridad del cielo lluvioso.
- - Un beso, que me voy- Dijo ella con una sonrisa de su boca carnosa, de sus ojos grandes y radiantes como fanales en la noche.
Él besó con devoción aquel jugo tierno y fértil, y sin moverse de su charco, le preguntó en un tono un poco cursi:
-¿Me quieres?-
- Que sí, pesao, ya vale-
-Pues dímelo-
-Que sí, tonto, no empieces, para qué quieres que te lo diga tantas veces si ya lo sabes de sobra-
- Pues entonces dímelo mirándome a los ojos, dime "te quiero"-
De repente sonó el teléfono en el interior de la casa.
- - ¡Uy!, tengo que entrar ya, el teléfono está sonando, a lo mejor es mi madre, que ha ido a la residencia a ver a mi abuela, adiós, hasta mañana-
La chica se soltó suavemente de la mano del chico y entró en la casa cerrando la puerta tras de sí.
La oscuridad invadió el umbral como la muerte invade los ojos de un desahuciado.
- - ¡Pero dime te quiero!- Gritó el muchacho, con angustia, sin moverse del charco donde estaba plantado. No hubo respuesta. Era un devoto buscando a Dios y encontrando en su lugar el vacío y la nada. Hay tanta nada en el mundo...
La lluvia arreció. Pasaron los minutos. El devoto siguió esperando sin importarle la hora, ni el aguacero, ni el frío de diciembre.
Ladró un perro. Las últimas hojas caían de los árboles arrancadas por la lluvia.
Sin ella se sentía solo, abandonado a la intemperie del mundo como un cachorro indefenso.
Sólo se oía la monótona letanía de los canalones, como una clepsidra dentro de un panteón.
Un globo blanco que se le habría escapado a algún niño volaba por el cielo. ¿A dónde irá? Se preguntó sintiendo la lluvia en sus ojos ardientes y desorbitados.
Transcurrida una media hora, se decidió por fin a tocar el timbre con mano temblorosa. Tras un largo compás de espera se oyeron dentro unos pasos, leves, femeninos, que más que andar levitaban.
La chica entreabrió la puerta.
- - ¿Pero todavía estás aquí?, ¿tú eres tonto o qué?, mi madre puede llegar en cualquier momento, ¿o es que ha pasao algo?- Preguntó con un trémulo susurro.
- - No me has dicho te quiero, dime te quiero-
- - Estás loco, joder, no voy a seguirte el juego ni un minuto más, estás lleno de manías y obsesiones, todas las noches la misma historia, no estoy dispuesta a seguirte el juego, ya me estás cabreando ¿sabes?-
- - Pues dime te quiero y me voy, no me puedo mover de aquí si no me dices que me quieres mirándome a los ojos-
- - ¡Ya está bien!, eres ridículo, Tibu, pareces un niño, ¿sabes?, que no, joder, que no estoy dispuesta a seguir tu juego por más tiempo, métetelo en la cabeza de una vez, lee mis labios ¡no!-
- - Dime te quiero, ¡dímelo!-
- - Ya vale, adiós, te he dicho que no pienso seguirte la corriente ni un minuto más-
- - Pero...
La chica volvió a cerrar la puerta en las narices de su novio, esta vez bruscamente.
- - ¡Dime te quiero!- Gritó el muchacho a la oscuridad que lo abrazaba como las alas de una muerte gigante.
Ansioso y desencajado, esperó a que la puerta se abriera de nuevo, como un perro que espera a que su amo le arroje la comida. El corazón le latía impaciente y expectante. Sabía que si no escuchaba de los labios de su novia aquel mágico te quiero, no podría dormir, ni comer, ni vivir en adelante. Necesitaba el oxígeno de su aliento, el milagro de cada noche, la bendición de aquella boca dulce y sensual vertiendo sobre su alma aquellas cálidas y voluptuosas palabras de amor.
Estaba decidido a esperar toda la noche si era necesario. Toda la vida.
Al cabo de una hora más o menos, ella, por fin, volvió a abrir la puerta. A él el corazón le dio un vuelco de alegría que dibujó una sonrisa en su rostro pálido y aterrado. La chica iba a tirar la basura. Llevaba puesto un abrigo encima de un pijama rosa de conejitos. Él la deseó.
- - ¡Qué susto me has dao, coño, ¿qué haces aquí todavía?, anda, vete ya a tu casa de una vez, en serio, vas a coger una pulmonía, mi madre está a punto de llegar y como te pille aquí no te lo perdono!-
- - Dime te quiero- repitió él con la voz quebrada, al borde del llanto, del pánico, del suicidio- ¡dime te quiero mirándome a los ojos!-
- - No te entiendo, Tibu, creo que de verdad estás loco, no es normal lo que haces- Le reprochó ella con un timbre de pena y desaliento en la voz.
Pero ¿por qué no le decía de una puta vez te quiero como todas las noches? ¿Tanto trabajo le costaba hacerle feliz? ¿O es que en realidad ya no lo quería? ¿Quería a otro? Ya sé, quería al Mario ese, el hijo de Sidonio, el secretario del ayuntamiento, con el que tanto se reía en clase y con el que bailó una vez en la fiesta de fin de curso. Eran sólo dos palabras, dos malditas palabras que llenarían todos los silencios, dos palabras que a él le habrían llenado el corazón de fuerza y esperanza y que para ella no representaban ningún esfuerzo, apenas el de una expiración, así "te quiero", ya está, como un beso en la mejilla antes de que parta el tren, ¿era tan difícil?. Bastaba con decirle mirándole a los ojos "te quiero, ale, ya" así de fácil, y entonces se habría marchado a su casa con el corazón rebosando de gozo, andando sobre las aguas, seguro de sí mismo, sin miedo a las tragedias que el futuro esconde.
- - Estás loco de atar, ¿sabes?, y yo no estoy dispuesta a desperdiciar mi vida con un loco- Dijo la muchacha con sensual tristeza, mientras arrojaba la bolsa de basura al contenedor.
- - ¡Pues dime te quiero y ya está, lo necesito, dime te quiero mirándome a los ojos!- Le suplicó él cogiéndola del brazo, como un mendigo llagado que pide desesperado una limosna.
- - Tú lo que necesitas urgentemente es un psiquiatra - Respondió ella con el rostro desencajado, zafándose violentamente para entrar corriendo en la casa y cerrar de un portazo.
Él sintió aquel portazo como un tiro en la sien, como la tapa de un ataúd cerrándose sobre su esperanza para que la tierra la enterrara en la soledad y en el olvido.
"Qué tondo eres, todo lo tienes que estropear siempre" Pensó ella, llorando en silencio, mientras se alejaba por el pasillo, arrastrando sus zapatillas de ositos.
Se oyó a lo lejos el rugido de un coche viajando bajo la lluvia por la carretera general.
Un gato albino que sólo tenía tres patas, cruzó desde la acera de enfrente en pos del rebosante contenedor de basura.
-¡¡ DIME TE QUIEROOOOOOO!!!!!!-