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La Coctelera

calipsopapeleria

10 Noviembre 2010

todas las noches y los domingos dos veces

 

 

 

 

                        TODAS LAS NOCHES Y LOS DOMINGOS DOS VECES

 

Filomeno Bustillo, alias el Fistro, fue en sus buenos tiempos, sin ningún género de dudas,  el mayor putero de las dos Castillas. Como era poco agraciado, gordo como un barril de cerveza, el pelo mustio, la nariz como el pico de un buitre, los dientes mellados y los ojos invertidos, de suerte que el derecho habitaba en la cuenca izquierda y el izquierdo en la derecha, y además, en el fondo, era un tímido patológico con una mala leche de la ostia, no podía aspirar a echarse una novia como dios manda ( estaba perdidamente enamorado de su compañera de caja, una morena de pelo largo que echaba llamaradas por los ojos), así que, como todos los de su condición,  recurría a las putas.

- ¿Tú has tenido novia alguna vez?- Le preguntó en cierta ocasión un compañero discapacitado del banco, que tenía cara de alcachofa.

- Las mismas que tú-

Las putas lo escuchaban, lo agasajaban, lo acariciaban, lo engatusaban, y él se sentía hombre hasta las cuatro de la mañana, que era cuando cerraban el club.

-¿Me invitas a otra copita, cariño?- No, las putas son en el fondo mujeres listas y sabían que eso no se le podía decir jamás a Filomeno. Tenían que permanecer calladas, con el vaso en la mano en actitud casi mendigante, con cara de sed terminal, los ojos muy abiertos y la expresión un poco triste y tonta. Entonces, de repente, Filomeno daba con su gordo puño un puñetazo en la barra y gritaba como un trueno:

- ¡Poli, ponnos de beber que nos estás matando de sed esta noche, capullo, me cago en mi puta vida!-

La chica entonces parecía cobrar vida, daba un hondo suspiro y se arrumaba como una gata en celo contra el pecho grasiento de su chistoso amante.

     -     Yo sólo unas gotitas de champán-

  • - ¿Te cuento el chiste de Curro y el cura?-
  • - "A ver qué remedio"- Pensaba con una falsa sonrisa en su boca de carmín la paciente prostituta.

¿De donde sacaba Filomeno el dinero para irse de putas todas las noches y los domingos dos veces? Pues como era cajero en una sucursal de Caja Madrid en los Santos de la Humosa, podéis adivinarlo. En honor a la verdad, siempre tuvo intención de devolverlo, de hecho, cuando cogía un fajo de billetes de la caja fuerte, dejaba en su lugar un papel de reintegro (papel por papel qué más dará) con su firma y la cantidad que tomaba prestada.

Hasta que un buen día llegaron de la central de Celenque unos auditores para hacer un cuadre sorpresivo y los sorprendidos fueron ellos cuando en lugar de billetes encontraron un montón de papelitos con la firma del cajero, algunos hasta tenían dibujada una carita redonda y sonriente.

En un principio pensaron denunciarlo en el cuartel de la guardia civil, pero finalmente, astutos como banqueros que eran, para evitar escándalos que perjudicaran el buen nombre de la tan usurera entidad, le propusieron que firmara su renuncia al puesto sin derecho a indemnización alguna. 

Pero en el pueblo acabó sabiéndose todo y de inmediato fue estigmatizado, convirtiéndose en una especie de leproso con campanillas. Si iba al casino a echar la partida de cartas, nadie quería jugar con él. Si se disponía a cruzarse con un conocido por la acera, éste se cambiaba de acera como si lo reclamara un asunto muy urgente al otro lado de la calle. Se conjuraban corrillos cuchicheantes y siniestros a su alrededor. No lo invitaban ni a los entierros.

Un buen día, harto ya de aquella cruel marginación que sufría, decidió encerrarse en su casa y no salir ya nunca más a la calle.

Una hermana suya, que se llamaba Francisca Luisa, a escondidas de su marido le llevaba comida y le arreglaba la casa de vez en cuando. Bueno, tampoco es que se la arreglara mucho que digamos, conociendo a  la tal Francisca Luisa que no era ningún dechado de limpieza. Aunque tenía cara de lombriz, era hasta guapa, lo creáis o no. Morena, voluptuosa, ojos verdes, labios carnosos. Lo que pasa es que olía como la boca abierta de una alcantarilla, como un perro vagando bajo la lluvia. Jamás se duchaba, ni siquiera el domingo de ramos, que acudía a misa con una rama de olivo en la cabeza a modo de corona. La habían operado de los riñones y llevaba una bolsa de porquería debajo del vestido.

  • - Cuando llego por la noche a casa vacío toda la mierda de la bolsa en el retrete, así tengo que estar hasta el viernes, es un fastidio, joder, algunos días hasta se me olvida vaciarla- Decía con una voz gangosa que denotaba la inteligencia de una gamba cocida.

Le faltaban dos dientes en la parte de abajo, que una noche vieja le había partido su marido de una ostia mal dada.

  • - Así me la chupa mejor- solía decir el marido con una risa infrahumana de cantina de cuartel de regulares.

El marido parecía un muñeco de playmóbil, con la cabeza desproporcionadamente gorda, la nuca peluda, el cuerpo retaco, una cara que casi no era humana, parecía la de un gormiti, un gormiti de los pantanos hediondos, y una esvástica en la camiseta sudada sempiternamente. Se llamaba Toribio Minga, y olía casi tan mal como su mujer, a sebo y a pedo de judías con chorizo.

Se habían conocido en una empresa de limpieza ¡qué ironía! Desde el primer instante en que se olieron supieron que estaban hechos el uno para el otro. Cuando venían de recoger al niño del colegio, parecían dos quinquis con una cabra, y aunque no tenían trompeta, el trío porcino cantaba a veinte leguas.

Volviendo a lo nuestro, el gordo Filomeno se enclaustró como un ermitaño en su pisito de la plaza de Benita Santos, abandonándose por completo a la molicie. Se levantaba a las doce, comía pipas, bollos y pepinillos, bebía cerveza y veía la televisión hasta altas horas de la madrugada. Así un día tras otro, sin más perspectivas en la vida que la llegada del mundial de fútbol. Se tumbaba en el raído sofá y cambiaba de canal de forma espasmódica. Ahora aparecía una chica bailando semidesnuda, luego aparecía el careto del papa asomado por la ventanilla de un avión, que le recordó a su abuela la tía Zoila cuando se asomaba por el ventanuco del estanco en los duros años de la posguerra.

Cuando por fin llegó la ansiada fecha del mundial, Filomeno pareció transformarse repentinamente. Saltaba como un niño sobre el desvencijado sofá, se echaba las manos a la cabeza ante las ocasiones de gol perdidas y golpeaba las paredes con los puños cuando marcaba España.

Se entusiasmó tanto que la noche antes de la final se la pasó en vela, e imaginando que ganaba su equipo se le saltaban lágrimas de emoción. Cuando no existe otra cosa en la vida, el fútbol se convierte en lo más importante, si no hay dinero para irse de putas. De modo que el fenómeno del fútbol, como el de las putas, va ligado siempre, intrínsicamente,  al vacío existencial.

El día de la final se sentía una tensa calma suspendida en el ambiente. El cielo, tras la ventana, aparecía plomizo, y los pájaros volaban lentamente, como si tuvieran las alas de plomo. Habían colgado banderas en las ventanas y la gente se había conjurado por la sagrada causa común.

Y por fin empezó el partido. Estaba tan nervioso que le temblaba la mano cuando iba a echarse una pipa a la boca. El corazón le palpitaba muy deprisa. En el segundo tiempo, todo por resolverse aún, empezó a sudar y a sentir opresión en el pecho y en la boca del estómago. Cuando en el minuto ochenta y cinco de partido el delantero centro se plantó sólo ante el portero enemigo, su corazón ya no pudo aguantar más y le estalló como un globo al que un niño travieso clava un alfiler. Cayó desplomado sobre el sofá, rodeado de latas vacías de cerveza y cáscaras de pipas tiradas por el suelo, que se llevaban las hormigas, ajenas a la tragedia que acababa de suceder, en laboriosa procesión. Las hormigas eran sus verdaderas señoras de la limpieza, en cierta ocasión, se llevaban ya de la mesa un mugriento billete de cinco euros que había depositado allí su hermana Francisca Luisa.

Y así  mordió el polvo el bueno de Filomeno Bustillo Verdejo, el día en que España ganó por fin el mundial de fútbol, una muerte absurda para una vida pobre y vacía.

Las putas más viejas, solas y amuermadas sobre la barra,  todavía hoy lo echan de menos, algunas veces.

 

........

 

NO OVIDES la foto de la mesilla,

ni la horquilla que perdiste anoche entre las sábanas,

ni los fetiches que escondía como sagradas reliquias

en el último cajón.

Que todo se acaba lo saben hasta las piedras milenarias.

De repente la luna desaparece del cielo

y el mundo se convierte en un escenario de cartón,

y un viento de intemperie que hiela hasta los huesos.

Mira que lo sabíamos y no queríamos creerlo.

Yo me aferraba a tu belleza

y tú al crisol de los recuerdos.

Mientras todo a nuestro alrededor se moría como carcoma

y hasta las palabras de amor

exhalaban un tenue tufo de veneno.

Llámame si te arrepientes,

si te sientes sola y perdida.

O mejor no me llames.

Dejemos que las cosas pasen y transcurran

hasta donde quiera llevarnos la vida.

 

 

 

 

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