el otro Ulises
EL OTRO ULISES
De repente, en medio del tedio rutinario y decadente, apareció en la tele una voluptuosa morena bailando desnuda en una barra con destellos niquelados. Con un movimiento brusco echaba hacia atrás el largo cabello y sonreía con unos labios rojos y carnosos, mientras ondulaba el cuerpo lenta y lascivamente como una serpiente venenosa, mostrando ora un pecho firme y redondo, ora el perfil de las nalgas rellenas y rotundas, se ponía una mano en la frente y la otra en una cadera, echando la cabeza hacia atrás y componiendo una expresión de orgasmo doliente, boca de fresa, ojos de avellana, mejillas de mazapán, se arrodillaba, se incorporaba ágilmente, mostraba tímida la sombra oásica del vello púbico del coño, mientras dejaba caer al suelo la breve lencería rosa, se mojaba un dedito, se lamía un pezón... En fin, esas cuatro cosas de siempre con las que una mujer joven y hermosa vuelve locos a los hombres.
- - ¡Ostias, tío, vaya hembra, esto es mejor que el fútbol, tío, súbela, sube la tele!- Rugió Goyo el camarero, dando botes detrás de la barra como un orangután en celo. Goyo era tan bruto que jugaba al fútbol descalzo, y si te pisaba, aunque tú llevaras botas, podía triturarte todos los dedos del pie. Era natural de Palencia, tierra recia y de buen yantar.
- - ¡Dioni, ¿los has visto?!- Gritó el Gordo Bollullo con su vaso de coñac con cocacola en una mano, alcohol nuestro que estás en los cielos, mientras con la otra sacaba del bolsillo más monedas frente a la máquina tragaperras. El Gordo Bollullo tenía la enfermedad del sueño y se quedaba dormido de pie como las mulas, mientras hablaba, mientras bebía o mientras meaba, mientras hacía el amor no porque hacía poco el amor, casi nada, la verdad sea dicha. Vivía en una pensión de mala muerte con salitre en las paredes y se abastecía de revistas pornográficas.
- - ¿El qué?- Preguntó Dioni ingenuamente, abriendo mucho los ojos que siempre tenía enrojecidos.
- - ¡Los cojones al obispo!-
Todos rieron estridentemente. Dioni, tras un impás de vergüenza, también se puso a reír con sus grandes dientes de chimpancé. Procuraba adaptarse a todo. Dioni era un negrito natural de Guinea Bisao, que en realidad se llamaba Yamanca. Tenía unas marcas de noble y ancestral significado tatuadas en las mejillas. En su aldea había dejado mujer e hijos y en una balsa había cruzado el mar y había entrado en España por las Canarias, en busca de un futuro mejor para él y los suyos. Goyo, como una Nausica pero en feo, en basto y en peludo, se lo encontró entre los cubos de basura en la parte de atrás de su mesón El Garrote, encogido, hambriento y tiritando de frío. Le dio pena y lo adoptó de alguna manera, como quien adopta a un perro de la perrera municipal. Hacía los recados, limpiaba con serrín el suelo, y dado que era enano y gracioso como un bufón, servía de diversión para los zarrapastrosos parroquianos habituales como las arañas de los rincones.
Allí siempre estaban los mismos, cuatro desgraciados mohínos, vagos, ludópatas y borrachos, que sorteaban su miseria en una partida de mus que casi siempre acababa en trifulca.
-¡Dioni, joder, sube la puta tele de una puta vez, coño en Diooosss!- Repitió Goyo convertido en una furia, como si la alienante visión de aquella bella gogó dependiera del volumen del televisor.
Dioni el negro, ágil como un mono amaestrado, se subió a una mesa y estiró el brazo para alcanzar el botón del volumen. El mando hacía tiempo que no existía, desde una noche en que el Rubio, por otro nombre conocido como el Gonococo (si por esas casualidades de la vida te lo encuentras por ahí, yo qué sé, en la cárcel o acechando de madrugada por la calle la Ballesta, no se te ocurra llamarlo Gonococo a la cara, porque puede sacar su chaira de la bota y arrancarte el corazón de cuajo sin pestañear, quedas avisado), que era macarra de tres putas jóvenes, la Neli, la Meli y la Cristal, se lo tiró a la cabeza a Lope el Gitano, copropietario con la Lola del puticlub Barbi´s (que antes había pertenecido a Trinitario Malacara, primer marido de la Lola, hasta que una noche de borrachera y orgía se subió a un árbol con su 1430 en la antigua carretera de Toledo), por un asunto de drogas o no sé qué otra sórdida historia.
Como Dioni el negro era muy bajito y no llegaba al botón del volumen, estiró todo el cuerpo y al hacerlo se inclinó tanto hacia adelante, que acabó derribando estruendosamente la mesa con todas las bebidas, colillas y cartas mugrientas, cayendo él de espaldas y clavándose en el espinazo el pico de una silla.
- - ¡¡¡ Ja ja ja ja ja ja ja ja...!!!!- La carcajada general hizo vibrar los sucios cristales de las ventanas. Las arañas, asustadas, treparon pos sus telas hacia los agujeros de las jambas. La gente que pasaba por la acera en dirección a la oficina del paro, se detenía y asomaba el hocico por la puerta, como perros famélicos olfateando el interior de una charcutería.
- - ¡¡¡Ja ja ja ja ja ja ja.....!!- Rió el Chaparro de Jaén, un banderillero que olía siempre a mierda, más negro y retaco que el propio Dioni, y con un solo diente en la boca espatarrada, derrengado y medio podrido como una higuera moribunda presa de las termitas.
- - ¡¡¡Ja ja ja ja ja....!!- Rió Pascual Capilla, un informático en paro con cara de pájaro carpintero, que vendía lencería y tabaco de contrabando por los puticlubs del polígono.
- - ¡ Hip hip hip hip...!- Rió también el pobre Dioni, con una especie de hipo, los labios leporinos como un chimpancé tras un cristal, disimulando el dolor de su espalda rota y mirando con ojos llorosos hacia todas partes.
A miles de kilómetros de allí, en ese mismo instante, en su aldea natal, alrededor de un fuego, una especie de rapsoda ciego que era medio pariente suyo, hablaba de él a sus paisanos en términos heroicos.
En la tele, mientras tanto, la voluptuosa morena, siguiendo con su número ajena a todo aquel barullo, se contorsionaba como una fakir algo entrada en carnes.
¿HASTA cuando me tendrás preso?
Tu cuerpo de diosa aumenta mi condena cada vez que te miro.
Huele a ti hasta el humo de los coches
y tienen tu cara las palabras que escribo.
Diez años y un día hace ya que cumplo esta pena de lujuria
Y no sé si soy llama o ceniza,
si estoy muerto o estoy vivo.
Te quedas con mi cuerpo mientras mi corazón
se va volando por la ventana,
y convertido al volver en cenizas al viento,
te llamo, te maldigo y te sigo.