hijo del odio
PEREGRINO, deja en el suelo tu mochila de penas
y siéntate un momento a la sombra de este árbol.
Tienes los pies destrozados
de andar y andar buscando el camino perdido.
Ahora estás solo,
ya no ves aquella luz en la ventana
que te guió en las duras noches de invierno.
Caminas mientras el sol se va poniendo
sin saber lo que te encontrarás tras aquella colina
que parece una tumba esperándote.
Han sido tantas caídas, tantos soles, tantas lluvias,
tantos errores como jornadas.
No tienes con quien hablar,
oyes ecos de culpa que ululan en tu cabeza
como lamentos de los muertos que has amado.
Te preguntas para qué sirven tantos pasos en la oscuridad,
mientras a tu alrededor se levantan remolinos de polvo
y cenizas al viento.
¡Si por lo menos, peregrino sin fe,
pudieras encontrar el camino de regreso!
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AL doblar cada esquina del destino,
siempre me he topado con un tonto.
Miro a mi alrededor y sólo veo tontos.
Tontos con orejeras, tontos con capirote,
tontos nocivos, tontos peligrosos,
tontos que no se dan por aludidos,
tontos como moscas.
Una gran plaga de tontos que oscurece la luz del sol.
Busco un listo entre tantos tontos
como quien busca un diamante entre una montaña de carbón.
Veo tantos tontos cada día que ya tengo cara de tonto,
hablo a tontos, escucho a tontos,
y me he vuelto tonto de baba y de remate,
y me hago el tonto para sobrevivir entre los tontos,
y digo con santa resignación:
dejad que los tontos se acerquen a mí.
No espero nada de nadie,
sólo otra nube negra de tontos en el horizonte
dispuesta a descargar de la mañana a la noche.
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HIJO DEL ODIO
A Francisca Petrequín la violó Julián Madrigal en las fiestas de agosto. Mientras la banda municipal amenizaba la verbena con los popurrís del verano, Julián Madrigal, ciego de alcohol, de coca y de lujuria, introdujo a la fuerza en su Land rover a Francisca, Paca la panadera, y allí la forzó salvajemente mientras la pobre muchacha lloraba en silencio y clavaba las uñas en la piel de su agresor. Como Paca era un poco alegre, por así decirlo, para la obtusa mentalidad del pueblo, en verano paseaba en minifalda sin que pareciera importarle mucho las miradas reprobadoras de las viejas desde las ventanas con celosías, tampoco le extrañó a nadie que acabara como acabó, es más, se lo merecía, una chica decente como dios manda comete los pecados con discreción, sin que la mano izquierda se entere de lo que mueve la mano derecha.
El caso es que Paca, la apodaron La Chocholina desde entonces, quedó embarazada de aquella embestida, y marcada como una res con el estigma vergonzante de las rameras. Ni que decir tiene que todos se apartaron de ella como si tuviera la lepra, ni una mano amiga, ni un gesto valiente de apoyo por parte de nadie, todos, tanto los más conservadores como los más progresistas, la defenestraron desterrándola a un mundo de soledad y de vergüenza. Y como encima la pobre era en el fondo una muchacha de pueblo tímida y timorata, que vivía con su madre enferma y con su hermana tonta, no tuvo valor, ni medios, ni recursos para abortar, de suerte que después de nueve meses de calvario en los que no salió jamás a la calle, dio a luz en su casa a un niño sonrosado que no paraba de llorar, como si estuviera infectado por la rabia y violencia del padre. Julian Madrigal, que por recomendación del cura había encontrado trabajo de conserje en el instituto de Cuellar, no quiso saber nada del niño y negó a todo el mundo que fuera hijo suyo.
"Te arrepentirás de haber nacido" Murmuró entre dientes la doliente madre cuando vio al recién nacido llorando en los brazos de la comadrona, como si jurara vengarse en el niño del crimen que se había cometido contra ella. El niño rechazó siempre la teta y fue criado con biberones. Su madre no lo quería, o más bien creía que no lo quería, porque cuando se fue del pueblo y lo llevaba en su regazo en el coche de línea, hubo un momento en que un rayo de sol que entraba por la ventanilla le dio en la cara, y el niño, que iba dormido, en un acto reflejo sonrió. La madre sintió un escalofrío en la espina dorsal.
De aquello había pasado mucho tiempo, muchísimo, varias vidas tal vez. Ahora estaba allí, sentada en la grada del patio del cuartel de guardias jóvenes de Valdemoro, viendo cómo su hijo juraba bandera para convertirse en un guardia civil de verdad. Era tal vez el final de un duro y arduo camino de sufrimiento, una larga guerra donde el amor y el odio luchaban como bestias sanguinarias de sol a sol en el barrizal de la miseria.
El odio había puesto el estiércol, ella el agua y el sol.
"Dichosa vida" Murmuró entre dientes con cierto tono de cansancio. Mira, es aquel, parece que el uniforme le queda grande.
Había algo cómico en aquellas largas zancadas para alcanzar al compañero de delante, con las perneras del pantalón al viento, con esos mismos ojos hueros y esa misma cara de bobo alucinado y leporino que tenía su padre. Se había dejado incluso un bigotito al estilo Cantinflas, para impresionar a las putas cuando se escapaba por las tardes al puticlub Kokimbo que estaba cruzando la carretera general, donde las chicas recibían a los guardias con los brazos abiertos y, juguetonas y un poco hastiadas, que todo hay que decirlo, hacían tricornios con las tapas de los paquetes de Malboro.
Al finalizar el desfile se puso a llover y los guardias corrieron a refugiarse bajo la uralita del aparcamiento, riendo divertidos como niños jugando en el patio del colegio.
Todavía en la grada, le llegó una ráfaga de viento con olor a lluvia, y de repente sintió que en su interior se levantaba también un suave oleaje que fue creciendo poco a poco hasta convertirse en una gran ola que lo anegaba todo, una ola gigante de luz que sepultaba en un instante al odio y a la miseria que la habían acompañado durante toda su vida. Oleadas de amor, mares, océanos de amor, un mar de amor bajo el que quedaba sepultado para siempre aquel pueblo miserable y sus gentes ruines. Era su hijo, a pesar del estiércol paterno que ensuciaba su sangre, era su hijo, con su vida propia, con un futuro de esperanzas y decepciones por delante, sus propias esperanzas, sus propias decepciones, aunque ella, mientras pudiera, siempre estaría allí, y anegada por aquel resplandeciente oleaje de amor, por aquella revelación de fuerza, sintió que la guerra por fin había acabado.